Preguntas absurdas que me hace la gente cuando digo que hago kárate

viñeta karate

Bueno, pues voy a hablar de kárate. Resulta que practico este deporte (sí, DEPORTE) desde hace unos tres años y, aunque no paso de mera aficionada, no solo me gusta sino que ha llegado a convertirse en una parte importante de mi vida. He hecho buenos amigos practicándolo, me permite liberarme un poco de la rutina y encima me ayuda a no engordar incluso yendo al McDonald’s una vez por semana. Que lo sepáis.

Podría ponerme pesada y hacer una entrada torro sobre lo que es el kárate, de dónde procede y todas esas cosas que no os interesan una mierda y que no se va a leer ni Dios, pero como quiero que me leáis aunque sea medio párrafo he pensado que mejor lo hago de otra manera. Voy a responder algunas de las preguntas absurdas que me hace la gente cuando digo que hago kárate. Así de paso ya sabréis la respuesta y dejaréis de preguntar y dejaré de odiaros :*. Ganamos todos.

¿En qué se diferencia el kárate del judo?

Esta pregunta es un clásico. Es bastante común que la gente tenga un batiburrillo de nociones en la cabeza respecto a lo que es un arte marcial, en parte por culpa de las pelis de Bruce Lee y compañía, en parte porque en occidente tendemos a rodearlas de una cierta mística que no ayuda a despejar las dudas. El kárate y el judo (quien dice judo dice taekwondo, aikido, etc.) se diferencian en lo mismo que el blues y el rock. Son dos géneros dentro de un mismo arte, en este caso las artes marciales. ¿Tienen cosas en común? Por supuesto. ¿Son lo mismo? NO. El judo se centra en utilizar la fuerza del contrario y su peso para controlarle e inmovilizarle mediante llaves. El kárate sin embargo tiene poderosas influencias del arte de la espada y se centra en lograr equilibrio entre velocidad, precisión y potencia de manera que aun peleando con manos desnudas un solo golpe sirva para decidir el combate. Dicho de otra manera para que nos entendamos: el judo es mucho de agarrar y forcejear y el kárate mucho de repartir hostias (aunque este último también contemple llaves, luxaciones e inmovilizaciones).

Así que haces kárate… ¿entonces ya podrías ganar en una pelea?

Vamos a ver, no; al contrario de lo que cree la mayoría de la gente saber artes marciales no es un factor determinante para ganar en una pelea. De hecho, la mayor parte de las personas que practican artes marciales jamás han peleado fuera de una competición porque son disciplinas que incitan precisamente a todo lo contrario: a tener paz interior, ser frío y no buscar jaleo. Las artes marciales parten de la base además de que tu oponente no te va a atacar por la espalda, ni te va a sacar una botella rota, ni va a pegarle a tu novio/a por poner algunos ejemplos. En una situación de violencia real no es realista esperar que alguien con conocimientos de artes marciales domine la situación a no ser que se trate de una persona de mucho nivel con muchos años de experiencia. E incluso así hay otros factores que influyen como el peso de la persona, su forma física, su tamaño, etc, etc. Así que no me seáis cafres y no vayáis buscando lío.

¿Y tú que cinturón eres? …Ah, ¿y para el negro cuánto te falta?

Esta pregunta también es muy típica, pero no tiene una respuesta única. Dependiendo de países, de estilos e incluso de la edad de la persona, los grados que hay que superar hasta llegar a cinturón negro varían. En España por ejemplo hay seis kyu o grados básicos antes de llegar a dan, que es cuando te dan el cinturón negro. Estos grados básicos son los famosos cinturones: blanco, amarillo, naranja, verde, azul y marrón. Se empieza con cinturón blanco, que es el sexto kyu hasta llegar marrón que es el primer kyu. Después te dan el cinturón negro y pasas a ser primer dan. A partir de ahí la escala es ascendente: segundo dan, tercer dan, etc. Para pasar de grado hay que hacer exámenes que demuestran conocimientos técnicos y teóricos de kárate. En el caso de los niños, además, hay grados intermedios de dos colores para que suban más gradualmente y les resulte menos frustrante (los famosos cinturones amarillo-naranja etc.).

¿Haces kárate? ¡Qué pasada, enséñame una técnica!

La mayoría de la gente hace esta petición con la esperanza de que pegues un salto mientras gritas presa de la enajenación mental y partas un tronco en dos con la tibia. Para que quede claro: el kárate NO es espectacular. O al menos no necesariamente. Un combate de kárate puede consistir perfectamente en dos tíos mirándose durante diez minutos hasta que uno se mueve, arrea un golpe de KO y gana sin que nadie se entere de qué ha pasado. Además, en kárate se usan poco las piernas para golpear y se evita saltar a toda costa porque, creedme, con los pies en el suelo es más difícil perder el equilibrio y que te tiren de un golpe. Sé que parece difícil de creer, pero sí.

Si eres cinturón azul, ¿por qué sigues llevando el blanco?

Porque practico kárate universitario y tradicionalmente en las universidades no se cambia el color del cinturón hasta marrón, cuando se considera que la diferencia de nivel ya es lo bastante importante como para remarcarla mediante un color.

¿Eres cinturón negro? ¡Entonces serás un crack!

Bueno… sí y no. Llegar a cinturón negro supone mucho esfuerzo y dedicación y es meritorio de por sí, pero como dice mi sensei, el kárate es igual que la universidad. Cuando te sacas el cinturón negro es como si te graduaras, luego sales al mercado laboral y te das cuenta de que no sabes nada. Pues con esto igual. El negro acredita que sabes lo básico y te defiendes en la materia, pero de ahí a ser un grande aún te queda mucho pero que mucho camino.

¿Y en kárate competís?

Sí, por supuesto que se compite, es un deporte. Pero depende de estilos. En el estilo shotokai que es el que yo practico, por ejemplo, no se compite porque está más centrado en la técnica. Pero hay muchos estilos de kárate que compiten y querrían que fuera considerado deporte olímpico. A día de hoy aún no lo es en parte debido a la amplia diversidad de estilos que se practican a nivel mundial. Sin embargo el kárate de competición ya está bastante estandarizado y se está luchando para que sea olímpico en 2020.

Be woman, my friend

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Llevo unos días que no paro de encontrarme gente escribiendo y opinando en Internet (hombres, mujeres, indefinidos) sobre temas de género. Ya sabéis, que si las chicas sois tal, que si los chicos cual, que si esta serie está sobrevalorada porque no representa la feminidad como pretende, que si la ficción es sexista y poco realista en los roles que plantea y blablabla. Me resulta difícil especificar un tema, autor o artículo concreto porque creo que se trata más de una nube de información en mi cabeza que de un algo determinado, pero lo cierto es que de tanto leer las opiniones de unos y de otros y ver que, en general, están tan alejadas de mi manera general de percibir, sentir e idear el mundo, he llegado a una conclusion: el género como etiqueta es una herramienta útil a la hora de organizar el mundo, pero muy mal gestionada.

Relax. Esta no va a ser una entrada feminista reivindicando mi mundo interior como mujer ni shit like that porque eso no me interesa (o porque hoy no estoy de ese humor, que también podría). Lo que busco es reflexionar un poco sobre por qué las mujeres de hoy en día tenemos tal cacao mental sobre nosotras mismas que al final ya no sabemos ni dónde catalogarnos y, lo que es peor, creyéndonos rompedoras incurrimos en prácticas abusivas hacia otras mujeres por el mero hecho de que no encajan en nuestro esquema de lo que una mujer moderna debería ser.

Por poner un ejemplo práctico: he aquí una entrada de blog de una supuesta feminista que me dejó anonadada. Básicamente se dedica a poner a caldo a Valèrie Tirerweiler, ex Primera Dama francesa, por no haber mantenido la calma cuando se enteró de que su marido le ponía los cuernos delante de todo el país y permitirse el lujo de sufrir una crisis nerviosa. Según su punto de vista, ese tipo de comportamiento tan sólo refuerza la idea pasada de moda de que las mujeres somos unas “histéricas” y unas “flojas”, cuando en realidad somos fuertes y debemos obligarnos a mantener la calma. Para empezar, resulta bastante irónico que sea ella misma la que cataloga de histérica a Tierweiler, reforzando así ella misma la noción que intenta rebatir. En segundo lugar, sus exigencias hacia esta mujer humillada y emocionalmente maltratada son tan reaccionarias como las ideas que tanto parecen molestarle. La autora se esfuerza mucho en recordarnos que las mujeres no necesitamos para nada a los hombres (osado pero engañoso) y que, si nos ponen los cuernos, tampoco pasa nada porque nos tenemos a nosotras mismas. Lo que parece olvidar esta muchacha (tanto ella como varios de los energúmenos que nos deleitan más abajo con sus comentarios), es que para empezar este nunca fue un asunto de género, sino más bien un problema de confianza. El dolor de una traición, de un compromiso roto, de una decepción, es igual de terrible para hombres y mujeres, tanto más si están enamorados, y poco o nada tiene que ver con la cursi flojera emocional que tanto parece molestarle a la autora. Si alguien te miente te va a doler, sea tu marido, tu amigo o tu casero. Si lo hace delante de todo un país, durante varios años, te duele más. Y si supone la tuptura de tu mundo, de tu ritmo de vida, de lo que eres o creías que eras, pues más todavía. En cuyo caso es normal desfallecer. En cuyo caso, da igual qué tipo de genitales tengas y si tus cromosomas son XX o XY, porque te va a joder igual. Y por lo tanto, juzgar está fuera de lugar.

Pero ahí reside el quid de la cuestión: las personas juzgamos, y las mujeres más. No solo a los hombres, también nos juzgamos unas a otras sin piedad. Es un vicio que tenemos muy arraigado, ya sea de origen social o biológico, y que no me importa admitir porque me parece que es verdad. No es algo que hagamos necesariamente con fines destructivos, pero no podemos evitarlo. Sacamos conclusiones, buenas o malas, mirando cómo viste la gente, cómo anda, lo que dice, cómo lo dice, etc. Quizá porque somos más receptivas al lenguaje en todas sus expresiones, o quizá porque es una manía aprendida, no lo sé, pero ahí está. Y por supuesto, nos juzgamos a nosotras mismas. Nos miramos al espejo y nos preguntamos por qué no tenemos ya un trabajo, un sueldo estable, un novio, una casa, un coche, la cinturita de Audrey Hepburn o los Pómulos de Jennifer Lawrence. Nos preguntamos por qué nunca terminamos ese libro, por qué aún no hemos compuesto esa canción, y si es normal que nos den asco los niños y en especial los bebés. Lo cual nos lleva en cierto modo al fondo del asunto: la palabra “normal”.

¿Y qué es normal? Digo yo que esta debe ser la pregunta más vieja desde que el hombre aprendió a vivir en sociedad. En realidad es una pregunta sin respuesta, porque la gente nunca es normal, solo lo aparenta. Lo que quiero decir es que no hay un solo ser humano vivo que encaje al 100% en la norma que su sociedad ha inventado para él. Porque de ahí viene la palabra “normal”, adjetiivo referido a lo que encaja en la norma. Yo siempre he tenido muy claro que no encajo en la norma, algo que no creo que sea especial, ni siquiera original, puesto que como ya he dicho creo que nadie lo hace. Pero tener conciencia de esas diferencias y, más peculiar aún, aceptarlas y protegerlas desde pequeña, me ha dado siempre más de un problema. Durante mucho tiempo me preocupaba no ser una “chica normal”.

De pequeña no era un tema que me agobiara. Por ejemplo, prefería disfrazarme de héroe a ser la princesa, y como los héroes siempre eran chicos pues nunca iba de chica. No había un motivo detrás de esto más allá de que los héroes eran los que llevaban la espada, el arco y todo eso, que a mí me parecía lo más porque te daba sensación de poder y de estar a punto de embarcarte en una aventura sin igual. Los vestidos de princesa pues no eran más que eso… vestidos. Y esos ya los llevaba todos los días (y me flipaban igual, con muchos lazos). Con los muñecos, jugar a papás y mamás y cosas así tres cuartos de lo mismo. Me parecían un rollo. A mí me gustaba jugar como si estuviera dentro de un libro y todo pudiera pasar. Con un muñeco con forma de bebé sólo podías hacer dos o tres cosas: arroparlo, darle de comer, dormirlo… no había magia y el desarrollo del juego era tan predecible que no me interesaba para nada. Prefería mil veces pasarme la tarde leyendo, jugando a videojuegos o corriendo con una pistola por dentro de casa. Ahora, los peluchas me encantaban porque eran blanditos y supercucos y los quería abrazar.

Me acuerdo que un día, con cinco años o así, pensé que prefería ser un chico a una chica. Supongo que miré a mi alrededor y vi a los chicos divirtiéndose con gamberradas y haciendo el bruto y a las chicas con sus vestiditos jugando a papás y a mamás y pensé que me había tocado el bando aburrido. Al año siguiente los chicos descubrieron el fútbol, que me parecía lo peor de coñazo, y no hacían otra cosa. Entonces pensé que ser chico era igual o más aburrido que ser chica y se me reequilibró el karma. Aunque me di cuenta de una cosa: no encajaba en ninguno de los dos lados tal y como me los estaban presentando. Como era pequeña, lejos de agobiarme, esto me hizo pensar: soy superguay. Y me reafirmé en mi cabezonería de llevar la contraria.

Fue en la adolescencia cuando empezaron los problemas que he venido arrastrando hasta hoy. Como para cualquier otro ser humano, encajar es algo importante para mí. Yo era una adolescente inencajable, y la gente no ayudaba. Estuvieron muchos años empeñados en hacerme “entrar en razón”, que debía interesarme más por ir guapa, por los chicos, las compras, ser femenina y esas mierdas. Yo estaba firmemente convencida que tocar el piano, leer a Tolkien y a Dumas y saber un montón de manga y videojuegos era muchísimo más cool que comprar trapitos, pero al parecer la sociedad opinaba lo contrario. Un adulto llegó a decirme con todas sus letras “mira que eres rara”, algo que entonces me desubicó muchísimo y que agradecería que se hubiera ahorrado. Porque la idea de destacar y llamar la atención por mis rarezas me aterraba.

Lo curioso es que con el tiempo dejaron de darme la brasa y entonces descubrí por mí misma que hay muchas “cosas de chicas” que me encantan, comprar trapitos inclusive. Se ve que conforme te haces adulto adquieres la capacidad de mirarte a ti mismo con un filtro de realidad, aceptarte e incluso reírte de tus flaquezas. He aprendido que conocerse a uno mismo es la herramienta más poderosa que tenemos las personas para evitarnos este sufrimiento normalizador que no nos aporta nada más allá de simplificar nuestros juicios de valor hasta la imbecilidad.

Así que sí, me revienta encontrarme con artículos feministas que insisten en decirle a una mujer lo que debería ser o dejar de ser. Me revienta encontrarme personajes femeninos en la ficción que no sólo no se acercan ni por asomo a una mujer real (lo que yo soy), sino que pretenden hacer creer a la humanidad que eso es a lo que debemos aspirar. Me molesta que llenen los videojuegos de explosiones gratuitas y perazas neumáticas asumiendo que el público objetivo es masculino, cuando yo soy una consumidora habitual. Me irrita encontrarme con mujeres que critican a otras por no ir depiladas o ser sexualmente muy activas. Son prácticas excluyentes que se suman poco a poco y acaban por crearte cacao mental sobre lo que es y lo que no es, lo que está bien y lo que está mal. Y entonces tienes que volver a mirarte de puertas para adentro y pensar: ¿y qué mierdas importa lo que digan estos gilipollas? YO soy una mujer, y sé lo que ES una mujer.

O puedes ver una película como Frances Ha y recordar que ahí fuera, en algún lugar, hay gente que también lo sabe y está dispuesta a contarlo.

Gracias, A. por recomendarme la peli 😉

Jane Eyre

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Tengo que reconocer que no soy una persona de favoritos. Quiero decir que normalmente, cuando alguien me pregunta cuál es mi esto o aquello favorito, me veo obligada a recitar una retahíla de títulos o a iniciar una aburrida argumentación sobre por qué no puedo decantarme por una cosa ni la otra. La verdad es que tiendo a pensar que en cuestión de gustos no hay valores absolutos, y que mi canción favorita puede ser hoy una y mañana otra, en función de las experiencias que viva y los conocimientos que vaya adquiriendo. De hecho, eso es lo que me pasa con casi todo.

Con casi todo, porque si me preguntan cuál es mi libro favorito respondo sin dudar: Jane Eyre. Llevo haciéndolo desde que lo leí la primera vez, hace seis años, por recomendación de una amiga. Desde entonces había olvidado por qué me gusta tanto, aunque recordaba tener una vaga idea, una explicación bien argumentada en mi cabeza que esgrimir si alguien me preguntaba. Sin embargo había olvidado del todo los sentimientos en los que se apoya esa explicación hasta que, a raíz de ver la película de 2011, decidí releer el libro. De esto hará poco más de una semana, y desde entonces no puedo sacarme este maravilloso libro de la cabeza. He recordado por qué me gusta tanto, y aunque ni a mí misma deje de sorprenderme esta pasión que siento por una novela que escribió una joven victoriana hace casi dos siglos, os voy a contar por qué. Además, he pensado que ya que en un post anterior me dediqué a poner a parir un libro, qué mejor que equilibrar la balanza del universo y del karma alabando hoy otro título que, si bien es totalmente diferente, no deja de tener muchas similitudes argumentales con 50 Sombras de Grey.

1. El estilo

Partiendo de la mismísima base, lo primero que diré es que este libro está maravillosamente bien escrito. La prosa es fluida y evocadora, los personajes consiguen vivir fuera de las páginas y hacerse reales y el ritmo narrativo es particularmente ameno para la época. Los clásicos no son clásicos por nada, y lo cierto es que Jane Eyre fue un éxito de crítica y público ya desde el mismo momento de su publicación (estamos hablando de 1847, ahí es nada). Fue la primera novela que consiguió publicar Charlotte Brontë, y lo hizo bajo el seudónimo de Currer Bell. Brontë llevaba tiempo intentando publicar otra novela, The Professor, que como Jane Eyre tenía una fuerte carga autobiográfica pero era realista y, para la opinión de algunos, demasiado controvertida. Con Jane Eyre sin embargo, la autora encontró el equilibrio perfecto entre realismo y romanticismo, rozando los límites de la fantasía a veces y la crudeza de la realidad otras tantas. De hecho el libro empieza siendo casi dickensiano (y no me refiero al Dickens de Cuento de Navidad, sino al de Oliver Twist), pero acaba recordando a autores como Poe o Becquer en muchos fragmentos y sobre todo en el tramo final.

2. La historia

La historia de Jane Eyre no tiene nada de original en primera instancia. Una joven huérfana, pobre y poco agraciada aunque muy inteligente, supera una vicisitud tras otra hasta encontrar su lugar en el mundo al lado del hombre al que ama. En su aspecto más básico, Jane Eyre es el cuento de la Cenicienta reintrepretado y elevado a la máxima potencia de la literatura. Sin embargo el hecho de que la premisa sea sencilla a mí no me parece nunca una desventaja, sino más bien todo lo contrario. Como he dicho ya en otras ocasiones, lo que a mí me interesa no suele ser lo que me cuentan, sino cómo me lo cuentan. En este sentido Charlotte Brontë fue inteligente, porque escogió un formato que sabía que funcionaba y lo utilizó como recipiente para cocinar un libro que aún hoy resulta revelador, que fue pionero en muchos aspectos y que derrocha sensibilidad.

3. El mensaje

Jane Eyre es mundialmente conocida por ser abogada del protofeminismo. Más allá del argumento, la idea que trasciende de esta novela me cala muy hondo no sólo por la importancia que creo que tiene, sino por el valor añadido de haber sido planteada en el momento en que fue planteada. Cuando una lee esta novela lo que percibe sobre todo es la convicción de que la autodeterminación y los propios principios son lo más valioso que tiene el ser humano, sin importar su sexo y su posición social. De esta manera, siempre fiel a sus convicciones, Jane nos guía a través de las páginas siendo siempre, con sus propias decisiones, el motor de la historia, sin que otra fuerza humana la doblegue o la desvíe del camino que ella misma se ha marcado. Un ejemplo de la filosofía de esta novela queda perfectamente clarificado en este maravilloso párrafo que nunca deja de asombrarme cada vez que lo leo:

Es inútil decir que los seres humanos deberíamos sentirnos satisfechos de tener tranquilidad; necesitamos acción, y, si no la encontramos, la creamos. Hay millones de personas condenadas a una sentencia más tediosa que la mía, y hay millones que se rebelan en silencio contra su suerte. Nadie sabe cuántas rebeliones, además de políticas, se fermentan entre los seres que pueblan la tierra. Se supone que las mujeres hemos de ser serenas por lo general, pero nosotras tenemos sentimientos igual que los hombres. Necesitamos ejercitar nuestras facultades y necesitamos espacio para nuestros esfuerzos tanto como ellos. Sufrimos de las restricciones demasiado severas y de un estancamiento demasiado total igual que los hombres. Demuestra estrechez de miras por parte de nuestros más afortunados congéneres decir que deberíamos limitarnos a preparar postres y tejer medias, a tocar el piano y bordar bolsos. Es imprudente condenarnos, o reírse de nosotras, si pretendemos elevarnos por encima de lo que dictan las costumbres de nuestro sexo.

Con estas palabras Jane expresa su desazón por verse obligada a permanecer de institutriz en Thornfield Hall sin poder salir a ver mundo, mientras los hombres viajan a su antojo. Y aunque se siente culpable porque sabe que muchos la considerarían privilegiada al haber alcanzado esa posición, no puede evitar que su naturaleza hable por ella. En este sentido Brontë plantea ideas muy interesantes, porque no se limita a presentar a Jane como una beata convencida o como una rebelde empedernida, algo muy común a la hora de plantear personajes femeninos incluso hoy en día. Bajo mi punto de vista va mucho más allá, porque ante todo presenta a Jane como un ser humano. Una persona que busca hallar, como hacemos todos, ese difícil equilibrio entre el placer terrenal y los propios principios, entre la felicidad y la ética, los sentidos y la razón. Y creo que el feminismo de esta novela (si es que se le puede llamar feminismo; no me gusta nada esa palabra) es muchísimo más poderoso que el de muchos movimientos actuales, porque nos traslada a la mente de una mujer real, de su época, maravillosamente bien construida, y nos muestra cómo en realidad no hay más que un solo tipo de personas: las humanas.

4. Los personajes

Ya lo he dicho en alguna otra ocasión, los personajes suele ser lo que más me interesa de una novela. Y aunque Jane Eyre me gusta por muchos motivos, tengo que decir que sus personajes me conquistan. En su gran mayoría son poderosamente novelescos al tiempo que humanos e imperfectos. Empatizas con ellos, incluso con los que te repugnan, porque entiendes qué clase de personas son. Lo que quieren, lo que buscan. El lenguaje de Brontë a través de los ojos de Jane ayuda mucho, puesto que pone gran cuidado en elaborar sus personalidades y hacerlos memorables, pero llega un punto en que cobran vida propia y sus son sus acciones las que hablan por ellos. De todos, sin embargo, los que más se recuerdan son la propia Jane Eyre, sus dos contrapartes masculinas (el señor Rochester y el clérigo St John Rivers) y la demente Bertha Mason.

Jane es el personaje principal y la narradora de la historia. Es una joven inconformista, aunque no rebelde por naturaleza, con una gran personalidad y curiosidad por el mundo. Ansía conocer gente y lugares nuevos, y siente que su vida de confinamiento por culpa de ser mujer y encima huérfana es una condena injusta. Lo más interesante de ella es que no se rebela contra su situación de manera manifiesta, sino que lo hace a través de su autodeterminación, y no dejándose nunca manejar por los demás. Aun teniendo que conformarse con lo que la vida le ha dado, es ella la que elige la manera de vivirlo. La opinión de Jane respecto a la posición de cada uno en el mundo queda muy clara en una conversación que tiene con el señor Rochester, su patrón en Thornfield Hall, cuando él la sorprende al disculparse por el tono autoritario y a veces hasta impertinente de sus órdenes.

―Entonces, en primer lugar, ¿está usted de acuerdo conmigo en que tengo que ser un poco dominante y brusco, exigente, incluso, por los motivos que he nombrado? Es decir, que tengo edad para ser su padre y he experimentado muchas luchas con muchos hombres de muchos países y he deambulado por medio mundo, mientras que usted ha vivido tranquila con el mismo grupo de personas en la misma casa.
―Haga lo que quiera, señor.
―Esa no es una respuesta: o, mejor dicho, es una respuesta muy irritante por lo evasiva; conteste claramente.
―No creo, señor, que tenga usted derecho a darme órdenes simplemente porque es mayor que yo o porque ha visto más mundo que yo; su pretensión de superioridad se basa en el uso que ha hecho de su tiempo y su experiencia.

Acto seguido Jane le recuerda que él le paga treinta libras al año por acatar sus órdenes y que es solo bajo esa premisa, y no otra, que ella está dispuesta a hacerlo. Y que ni siquiera por el salario estaría dispuesta a tolerar una humillación. Con esto Jane deja claro de manera implícita que en su opinión la libertad de elegir y la dignidad están por delante de cualquier otra cosa, ya sea el dinero o las convenciones sociales. En el libro Jane es el personaje que mejor equilibra juicio y pasión, porque aunque llega a enamorarse febrilmente nunca pierde de vista sus prioridades. También se nos presenta como una cristiana convencida, una mujer de su tiempo, que considera aceptable desafiar las leyes humanas y de Dios cuando las cree injustas, pero no está dispuesta a negar sus creencias. Esto queda patente cuando, a pesar del amor que siente, decide abandonar al señor Rochester antes que vivir con él sin estar casada.

El señor Rochester, por su parte, representa los placeres y vanidades terrenales. Es un hombre inteligente, culto y apasionado, pero que se deja llevar demasiado por sus sentimientos y, por despecho hacia una vida que cree que le ha traicionado, peca con frecuencia. De hecho, en su relación con Jane, es el que más inseguro y contradictorio se muestra, el que urde artimañas de seducción para ponerla celosa y el que busca más la compañía y el contacto humano. Jane intenta siempre mantener la calma con él, porque es prudente por naturaleza y porque es evidente que es la que más tiene que perder por su condición de asalariada y, sobre todo, por su condición de mujer. Él, sin embargo, desde el mismo momento en que se confiesan sus sentimientos, deja toda discreción y toda prudencia a un lado y se lanza sin pensar a sus pasiones. Jane entonces se ve obligada a pararle los pies, no porque no sienta lo mismo, sino porque no quiere que el amor le cambie ni dejar de ser ella misma. En este fragmento, por ejemplo, Jane se siente avergonzada ante la efusividad del señor Rochester y sus palabras de amor, que la ponen nerviosa, e intenta hacerle entrar en razón:

―Haré que el mundo también te reconozca como una belleza ―prosiguió, causándome gran inquietud por su tono, ya que me parecía que o se engañaba a sí mismo o me quería engañar a mí―. Vestiré de raso y encaje a mi Jane, y le pondré rosas en el pelo, y cubriré la cabeza que más amo con un velo que no tiene precio.
―Y entonces no me conocerá, señor, y ya no seré su Jane Eyre, sino un simio vestido de arlequín, o un arrendajo con plumaje prestado. Casi me gustaría más verlo a usted, señor Rochester, ataviado de cómico que a mí misma vestida de dama de la corte, y no le llamo guapo a usted, señor, aunque lo quiero muchísimo: demasiado para halagarlo. ¡No me halague usted a mí!

El señor Rochester es también, desde mi punto de vista, el personaje más divertido. Es un héroe byroniano: poco atractivo físicamente pero magnético, imperfecto y misterioso. Desprecia las convenciones sociales y busca su satisfacción personal incurriendo más de una vez en tendencias autodestructivas más que cuestionables. Sin embargo es también un hombre original, con ocurrencias que a veces rayan en lo ridículo. Se podría decir que tiene ideas de bombero. Y aunque en un principio se presenta como alguien voluble, cínico y mordaz, cuando se enamora demuestra ser un tipo sentimental, soñador e idealista. Una de mis conversaciones favoritas de Rochester es la que mantiene con Adèle, su pupila de ocho años, a raíz de la relación que mantiene con Jane.

Adèle le oyó, y le preguntó si había de ir a la escuela “sans mademoiselle”.
―Sí ―contestó―, desde luego “sans mademoiselle”, porque yo voy a llevar a mademoiselle a la luna, y buscaré allí una cueva en uno de los blancos valles en medio de los volcanes, y allí vivirá mademoiselle conmigo y solo conmigo.
―No tendrá nada que comer; la matará de hambre ―comentó Adèle.
―Yo iré a recoger maná para ella mañana y tarde, pues las llanuras y colinas de la luna están cuajadas de maná, Adèle.
―Querrá calentarse; ¿qué utilizará en vez de fuego?
―Hay fuego en las montañas de la luna; cuando tenga frío, la llevaré a una cima y la tumbaré en el borde de un cráter.
―”Oh, qu’elle y será mal… peu confortable!”. Y sus ropas se desgastarán. ¿Dónde encontrará ropas nuevas?
El señor Rochester se confesó perplejo.
―¡Mm! ―dijo―. ¿Qué harías tú, Adèle? Hurga en tu cerebro en busca de una solución. ¿Qué tal te parece una nubecilla blanca y rosada como vestido? Y se podría hacer un bonito echarpe con un arco iris.
―Está mucho mejor tal como está ―concluyó Adèle, después de pensarlo un rato―, además, se cansaría de vivir sola con usted en la luna. Si yo fuera mademoiselle, nunca consentiría en ir con usted.

El tercero en discordia, St John Rivers, es primo hermano de Jane y clérigo en una parroquia modesta en un pueblo industrial. Es exactamente lo opuesto al señor Rochester: un hombre frío, moralista y tremendamente ambicioso, decidido a sacrificar su felicidad y su salud por lo que considera una causa justa, por la obra de Dios. Donde Rochester hace oídos sordos a Dios y sus leyes para encontrar una migaja de felicidad, St John hace precisamente todo lo contrario, negándose cualquier placer por nimio que sea en favor de su causa. Es el personaje que representa la fría razón, que antepone su carrera y sus logros a todo, incluso al amor. Así se describe a sí mismo:

― {…} Soy, sencillamente, en estado natural, desprovisto de la túnica sangrienta con la que la cristiandad cubre las deformidades humanas, un hombre frío, duro y ambicioso. De todos los sentimientos, el único que posee un poder duradero sobre mí es el afectgo natural. La Razón y no el Sentimiento es mi guía, tengo una ambición ilimitada y un deseo insaciable de elevarme por encima de los demás y superarlos. Venero la resistencia, la perseverancia, la industria y el talento porque son los medios con los que los grandes hombres logran grandes fines y consiguen la mayor eminencia.

Por su parte Jane le tiene aprecio, pero cuando él le propone matrimonio tiene que negarse porque no le ama, y sabe que él a ella tampoco. No puede amar a un hombre tan frío y calculador, cree que estar a su lado para siempre la mataría, y así se lo dice. Por supuesto St John se enfurece y nunca se lo perdona, pero una vez más Jane ejerce su poder de decisión. Porque igual que rechaza la excesiva laxitud de Rochester con la moral, refuta el envarado comportamiento de St John y su inexorabilidad. La felicidad terrenal tiene un valor evidente para Jane mucho más allá de los propios deberes y el propio orgullo.

De esta manera Brontë utiliza a Rochester para argumentar que una negación extrema de los valores cristianos y la moral solo puede acarrear desgracia y marginación, y a St John para esclarecer que, si bien ignorar las leyes divinas es peligroso y poco recomendable, tampoco es sensato ni juicioso despreciar los placeres mundanos por su causa.

Por último, Bertha Mason es quizá el personaje que mejor refleja la condición de Charlotte Brontë como una mujer de su época. Bertha es una mujer demente que causa estragos por las noches en Thornfield Hall, y que permanece confinada bajo vigilancia constante por orden del señor Rochester. Aparece muy poco, pero sus breves apariciones son tan contundentes que es imposible olvidarlas. Bertha acarrea tras de sí el drama, la violencia y la muerte. Hija de una criolla y un inglés, es inglesa nacida en Jamaica, aunque su raza no queda del todo clara. Brontë la describe como una mujer “pálida como la luna” y de “larga cabellera negra y enmarañada”. Sin embargo asocia su demencia y su alcoholismo, además de otros vicios carnales, a la rama materna de su familia, es decir, a la rama criolla. Brontë manifiesta en la novela la desconfianza propia de la época hacia todo lo no inglés en repetidas ocasiones a través de las opiniones de Jane, y el hecho de que el personaje más degenerado y triste del libro sea una mujer criolla se ha achacado muchas veces a la visión que se tenía por aquel entonces de los colonos. Sin embargo también es cierto que Brontë tenía un gran conocimiento de las colonias inglesas, y sentía interés por su gente y su forma de vida. El hecho de que Bertha Mason sea una mujer criolla es, en opinión de algunos, una respuesta furibunda de Brontë hacia la comparación que hacían muchos escritos de la época entre las mujeres esclavas de raza negra y las libres de raza blanca para establecer la dominación masculina.

Bertha Mason es el personaje más extraño y misterioso del libro, y sale indudablemente malparado ya que, al ser una enferma mental, nos es imposible conocer su punto de vista y tenemos que conformarnos con el perfil distorsionado que Rochester hace de ella. Quizá es por esto mismo que Jean Rhys escribió en 1939 la novela Wide Sargasso Sea, que relata la vida de Bertha desde que es una niña en Jamaica hasta los últimos acontecimientos de Jane Eyre en Thornfield Hall. En este libro Rhys plantea una interesante versión de los hechos, en la que Bertha aparece como una víctima de la intolerancia, la tiranía y los prejuicios hasta el punto de llegar a caer en la locura.

5. Sexualidad

Cuando leí Jane Eyre me sorprendió la naturalidad con la que trata las relaciones entre hombres y mujeres y la cantidad de contacto humano que buscan sus protagonistas. Aunque como cualquier novela del momento no es explícita en cuanto al sexo, los personajes se besan y acarician con frecuencia, se hablan apasionadamente y sucumben a veces ante la intensidad de sus sentimientos. También se mencionan repetidas veces los vacuos escarceos amorosos del señor Rochester por Europa, e incluso él mismo llega a dar un perfil bastante cumplido de cada una de sus amantes en un momento dado. Precisamente las relaciones entre los diferentes personajes es una de las cosas que más me gustan de este libro. La sensibilidad con la que Brontë describe los sentimientos humanos y la intensidad con la que plasma esa lucha interna entre cuerpo y mente me fascinan. Uno de mis soliloquios favoritos es el siguiente, en el que el señor Rochester, roto por la desesperación, se debate entre dejar marchar a Jane o forzarla contra su voluntad:

―Nunca ―dijo, apretando los dientes―, nunca ha habido nada tan frágil e indomable al mismo tiempo. ¡Si parece un junco en mi mano! ―y me sacudió con la fuerza de sus brazos―. Podría doblarla con el dedo y el pulgar, ¿pero de qué me serviría doblarla, romperla, aplastarla? Piensa en esos ojos, en el ser resuelto, feroz y libre que mira por ellos, desafiándome con algo más que valor: con un triunfo inflexible. Haga lo que haga con la jaula, ¡no puedo alcanzar a la criatura salvaje y bella de dentro! Si rompo la débil prisión, mi cólera sólo dejará en libertad a la cautiva. Podría conquistar la casa, pero su ocupante se escaparía al cielo antes de poseer yo su morada de barro. Y es a ti, espíritu, con tu voluntad y energía, tu virtud y tu pureza, es a ti a quien quiero, no sólo tu débil cuerpo. Por ti misma, podrías acudir volando contra mi corazón, si quisieras. Tomada contra tu voluntad, te escaparás de mis brazos como una esencia, te esfumarás antes de que aspire tu fragancia.

En resumen Jane Eyre es un libro intenso, lleno de personajes apasionados, de vida y de momentos memorables. Pero si tengo que elegir un solo motivo para explicar por qué disfruto tantísimo leyéndolo quizá diría que es porque Charlotte Brontë tiene la extraña capacidad de hablarme en mi propio idioma. Esta mujer, que vivió hace casi 200 años en otro país, consigue con transmitir mediante palabras todas esas cosas que yo misma he pensado y sentido respecto a la condición humana pero que a menudo no he sabido expresar. Es más, hay muy pocos fragmentos en el libro que no me interesen o me aburran, porque a veces siento que la voz de Jane (las cosas en las que se fija, sus valoraciones sobre la gente, sus pequeños placeres banales) es la mía propia. Tan identificada me siento con este personaje imaginario que es terminarme el libro y sentir ganas de volverlo a empezar, aun sabiéndome de memoria todo lo que ocurre.

Y tengo que decir que si me preguntaran cuál es mi entretenimiento favorito no diría que leer, porque sería mentira. No tendría más remedio que confesar que si hay algo que me gusta más que leer un buen libro en esta vida eso es, precisamente, la gran alegría de poder releerlo.

Haprender ha hezkrivir

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Resulta que el 94,5% de las cosas que escribo en este blog son consecuencia de cavilaciones absurdas que se me vienen a la cabeza cuando me encuentro inmersa en actividades tediosas como por ejemplo esperar al autobús. Y al proporcionaros este dato he utilizado un porcentaje tan aleatorio como escandalosamente falso porque alterar las estadísticas está muy de moda y me apetecía jactarme.

Párrafos introductorios aparte, pasa que últimamente estoy bastante creativa. No tengo tiempo para ejecutar prácticamente nada de lo que se me ocurre, pero mi cabeza está en plena y constante ebullición. Al mismo tiempo mi corta pero de momento satisfactoria relación con el mundo laboral me ha hecho darme cuenta de una verdad verdadera: ser bueno ideando no es lo mismo que ser bueno ejecutando. Parece una chorrada, pero no lo es. La mayoría de veces que tenemos una idea brillante (o que creemos brillante) e intentamos ponerla en práctica fracasamos estrepitosamente. O eso, o no llegamos ni a despegar porque no nos planteamos una pregunta de base: ¿somos la persona más indicada para llevarla a cabo?

No estoy hablando de negocios. Los negocios son un terreno inexplorado para mí, tan amenazante como misterioso, y dudo que nunca llegue a adentrarme en sus espinosos derroteros. O dicho de otra manera: que paso total del tema. Yo hablo más bien de las ideas creativas y de nuestra habilidad, muchas veces dudosa, para ser capaces de transmitirlas.

Pongamos por ejemplo la escritura. Escribir es algo que mucha gente (más de la que parece) hace por diversión. Escribir es relativamente fácil. Tener ideas también. Ahora, lo difícil es tener una buena idea y ser capaz de transmitirla exactamente como ésta lo pide. Esto vale para casi cualquier género, y de hecho no es complicado encontrar toda clase de escritos infumables elaborados por personas que creyeron tener una buena idea pero obviaron que su capacidad para transmitirla no estaba a la altura de su imaginación. Si entramos en el género de la narrativa de ficción las cifras de infumabilidad ya se disparan. Hay tanta gente que se cree capaz de escribir ficción simplemente porque es capaz de imaginarla, que el mercado está ninundado de auténtica mediocridad en forma de best-sellers.

A lo mejor tengo un concepto un tanto marginal de la literatura, pero para mí lo importante en una novela nunca ha sido lo que pasa, sino cómo me lo cuentan. Lo que pasa es importante, por supuesto, y si un libro además de ser interesante es emocionante, mejor que mejor. Pero he leído muchos libros en los que no pasa nada espectacular o fuera de lo normal y que igualmente consiguen ser una delicia. Es el caso de El Lobo Estepario de Herman Hesse, por poner un ejemplo, o de La Conjura de los Necios de John Kennedy Toole. Por otra parte existen libros como Harry Potter donde todo lo que ocurre oscila entre lo fantástico y lo surrealista y nunca para la acción, pero al mismo tiempo están tan bien contados, su trama tan bien hilada, que como lector uno siente que no puede pedir más.

Para resumir, a la hora de leer un libro yo ordeno mis prioridades de la siguiente manera: uso del lenguaje – personajes – trama – historia. Y cada vez me encuentro con más best-sellers que se convierten en una frustración para mí a las pocas líneas de empezar la historia. Porque muchas veces los escritores dan prioridad a la rocambolesca historia que han hilado en su cabeza y como consecuencia descuidan otros aspectos esenciales, lo que les lleva a caer en clichés tan odiosos como el típico personaje femenino que va de imperfecto pero en realidad cumple con todos los estereotipos habidos o por haber, o el irritante recurso del narrador omnisciente que no sólo sabe todo lo que ocurre, sino que también sabe lo que piensan, sienten y quieren TODOS los personajes y te lo cuenta incluso cuando es del todo innecesario. Kill. Them. All.

El ejemplo más paradigmático y de relativa actualidad que se me ocurre ahora mismo es el caso de Cincuenta Sombras de Grey. He aquí una saga cuyo mayor logro ha sido ser beneficiaria de una publicidad más que sobresaliente. Las portadas de los libros son elegantes, los títulos enigmáticos, el tema morboso. Una llega a creer que va a encontrar algo de verdadera calidad entre sus páginas. Eso hasta que lo abre y lee el primer párrafo:

Me miro en el espejo y frunzo el ceño, frustrada. Qué asco de pelo. No hay manera con él. Y maldita sea Katherine Kavanagh, que se ha puesto enferma y me ha metido en este lío. Tendría que estar estudiando para los exámenes finales, que son la semana que viene, pero aquí estoy, intentando hacer algo con mi pelo. No debo meterme en la cama con el pelo mojado. No debo meterme en la cama con el pelo mojado. Recito varias veces este mantra mientras intento una vez más controlarlo con el cepillo. Me desespero, pongo los ojos en blanco, después observo a la chica pálida, de pelo castaño y ojos azules exageradamente grandes que me mira, y me rindo. Mi única opción es recogerme este pelo rebelde en una coleta y confiar en estar medio presentable.
-Cincuenta Sombras de Grey, E. L. James
Hay tantos estereotipos concentrados en estas 137 palabras que dan ganas de sacar una Pokéball y gritar “Cath ‘em all!”. Dejando al margen el hecho de que es más que evidente que la protagonista es tonta de remate (aunque la autora nos la quiere vender como una intelectual, con eso de que se está preparando los exámenes finales) lo primero que me irrita de esta introducción es lo ridículamente fría y vacua que es. Vale, cumple su objetivo, nos situa la acción. Una tarada mental peinándose delante de un espejo y preocupada por algo. Pero no aporta emoción, no aporta contexto, no aporta nada de nada. La autora se ha limitado a describir una imagen en su cabeza como el que recita de memoria un abecedario. Lo hace a través del personaje, sí, pero ni siquiera utiliza este recurso con un mínimo de gracia.
El segundo cliché agonioso es el de utilizar el espejo para poder describir a un personaje que cuenta la historia en primera pesona. La preocupación exagerada por describir el aspecto físico de los personajes con todo lujo de detalles es un error de principiante muy común, espeialmente en mi generación, tan afectada por la cultura de la imagen y condicionada por toda clase de géneros narrativos visuales. Describir a los personajes ayuda a plasmar el mundo que has creado pero difícilmente es algo relevante para lo que intentas transmitir, así que si quieres describirlos por lo menos busca una manera original o elegante de hacerlo. Pero el espejo. Es un cliché TAN pero TAN manido que meterlo en el primer párrafo de tu historia es poco más que cutre de cojones. No, en serio, me pone mala.
Por último: ella. Ella es la encarnación de todo lo que no debe ser un personaje femenino en una novela. Es la protagonista de la historia y como tal vas a tener que pasar mucho tiempo con ella si quieres acabarte esta infumable trilogía de principio a fin (cosa que yo he hecho con la vaga esperanza de que alguien reconociera mi mérito y me diera un premio, pero no) e incluso así ya desde el primer párrafo resulta cansina. Está peinándose delante de un espejo cual princesa de cuento (cliché), preocupada porque su pelo es rebelde (cliché) y agobiada porque tiene que hacerle un favor a alguien y no va a estar lo suficientemente presentable (cliché, cliché y más cliché). Para rematarlo, es repetitiva, predecibhle y en general poco interesante. Aquí creo que la autora se hizo un lío entre lo que consideraba debe ser un personaje femenino creíble y lo importante que era para ella que su protagonista fuera “absolutamente encantadora”. Writer, go home.

Podría seguir extendiéndome sobre mi odio visceral hacia la protagonista, el estilo narratino y la trama (o la ausencia de ella) de Cincuenta Sombras de Grey, pero no lo haré porque para ser justa tendría que detenerme sobre el protagonista masculino, lo único que verdaderamente vale la pena de todo el libro, y no acabaría en la vida esta entrada. Lo que quería, más bien, es ejemplificar cómo una buena idea puede ser ejecutada de la peor manera posible. En este ejemplo sólo tenemos historia, no hay literatura ni trama. Y de todos los personajes que aparecen en el libro sólo hay uno que parece más o menos real e interesamte, como mucho dos. Conclusión: MALA EJECUCIÓN, MAL LIBRO.

En lo que a mí respecta, soy escritora amateur y nunca he publicado nada, pero escribo mucho y sobre todo leo mucho. Sé lo difícil que es escribir una novela porque lo he intentado varias veces. Y sé que soy buena imaginando, decente usando el lenguaje, pero un auténtico desastre organizando la trama. De ahí que nunca termine lo que empiezo, pero igual que sé ver mis propios errores puedo reconocer fácilmente los de los demás. Y tngo que decir que no me cabrea que editen y publiquen cosas malas, si a la gente le gusta y lo lee me parece bien. Lo que me cabrea es que la gente baje sus estándares y dé por bueno lo que es pura mediocridad bien presentada. Y lamentablemente esto ocurre cada vez con más frecuencia.

Así que señores escritores aprendar a escribir. Pero sobre todo, señores lectores, ¡aprendan a leer!

El momento creativo

img_blog2Hace tiempo que quería escribir algo relacionado con la creatividad y lo extraño que resulta, si se analiza objetivamente, ese impulso que sienten algunas personas y que les impele a materializar, de una manera o de otra, el mundo que llevan dentro. Me refiero a las personas creativas, un grupo heterogéneo entre el que humildemente me incluyo, compuesto de seres que si bien pueden ser totalmente dispares entre sí, comparten un rasgo fundamental: la necesidad de dar forma a aquello que imaginan para convertirlo en algo accesible a otros seres humanos.

Hace poco leí un artículo relacionado con el tema, específicamente sobre la fiebre del escritor. Como soy muy fan de los por qués y de los cómos pero del todo indiferente hacia los quiénes, los cuándos y los dóndes, no recuerdo ni de quién era el artículo, ni de cuándo era, ni dónde lo leí. De nada. Pero sí que recuerdo perfectamente la idea que transmitía y que, por cierto, era muy interesante: el autor defendía que un escritor de pura cepa no escribe porque le guste escribir, sino porque necesita hacerlo. Igual que los antiguos griegos definían ese momento especial en que la mente se abre y necesita vomitar lo que lleva dentro como “el rapto de las musas”, nosotros, en al actualidad, no podemos dejar de asombrarnos ante la elección que hacen algunas personas de dedicar horas y horas de un tiempo valioso e irrepetible, a la pura e incluso dramática soledad de la creación.

Yo misma no puedo responder nada coherente cuando la gente me pregunta que por qué me gusta escribir. O dibujar. O tocar el piano. O todas las cosas absurdas que hago sin órdenes ni metas, que consumen gran parte de mi día y que están únicamente orientadas a saciar la necesidad de sacarme ideas de la cabeza. Es como cuando alguien se asombra de que te guste leer. Es imposible explicarle qué tiene de bueno pasar horas en soledad, embebido en el mundo de otra persona, en algo que a priori debería parecernos del todo ajeno y resultarnos indiferente. Pero resulta que no lo es. Y es ahí, precisamente, donde se halla el quid de la cuestión.

El ser humano es un ser social, eso es algo que sabe todo el mundo. Desde sus primeros y torpes pasos bípedos, nuestra especie ha buscado maneras cada vez más sofisticadas de comunicarse ocn el otro. Al principio con un fin meramente utilitario: la supervivencia. Con el tiempo, con un objeto mucho más vano e insignificante que, sin embargo, motiva prácticamente todo lo que hacemos y decimos: el de hacernos oír. La naturaleza nos ha dotado con la capacidad de inventar, de tomar cosas del mundo que nos rodea, pasarlas por la conctelera de nuestro cerebro y sacar nuevas conclusiones. Nos ha dado algo que es inherente a nosotros y probablemente único entre los seres vivos: la imaginación. Tenemos pues ya los dos ingredientes principales que propician el momento creativo: la capacidad de imaginar y la necesidad de contarlo. Y añadiría incluso un tercer factor que no es para nada desestimable: la sed de información del que está destinado a escuchar (o leer) lo que decimos.

Las personas creativas, desde mi punto de vista, tienen hiperdesarrolladas las dos primeras cualidades. Su inquieta imaginación no les da tregua, y a menudo viven más embebidas en su propio mundo interior que en el exterior, porque su mente no puede evitar fantasear con la información que obtiene del entorno. Al mismo tiempo, todo lo que imaginan les quema dentro, y necesitan sacarlo porque de lo contrario tienen la sensación de no terminar lo empezado, de estar desaprovechando un tremendo potencial. Así se produce el momento creativo: el instante en que una persona se lanza a escribir, pintar, componer, esquematizar o esbozar, no porque le apetezca o quiera o le guste, sino porque lo necesita de la misma manera que necesita comer, dormir o tener sexo.

Así que la próxima vez que alguien me pregunte “¿pero como te puede gustar escribir?” le responderé que para mí lo sorprendente no es que yo lo haga, sino que los demás puedan vivir sin hacerlo.

Sing the song, Vern

Pauler cantando

Ultimamente ando muy musical. Los que me conocéis probablemente ya sabréis que la música es una de mis grandes pasiones. Desde pequeña toco el piano, canto en un coro, estudio solfeo y todas esas cosas renacentistas que a los padres les encanta que hagan sus hijos. Hace ya años que no doy clase de nada de esto porque yo en cuanto algo deja de divertirme lo aparco sin contemplaciones. Lo que no quiere decir que deje de hacerlo, simplemente dejo de insistir en mejorar para poder dar cabida en mi cerebro a otras cosas nuevas. Lo cierto es que, a base de ser un culo de mal asiento, he conseguido picotear de aquí y allá hasta convertirme en un estrafalario cóctel de aficiones entre cursis y jactanciosas de las que me gusta hacer gala de vez en cuando. Por ejemplo en este post.

La música es una de esas aficiones. Paradójicamente nunca he tenido la curiosidad suficiente como para ponerme en serio y descubrirla. A ver si nos entendemos, para mí la música ha sido una constante en la vida desde muy pequeña. Me ha gustado siempre, la he estudiado y he vivido rodeada de música, pero no ha sido hasta muy mayor que me he dado cuenta de que en realidad la música es algo excepcional. Algo realmente mágico, con un gran poder, y difícil de hacer bien. Y es entonces cuando he empezado a disfrutarla de verdad, intentando mejorar mis limitadas dotes al piano, buscando grupos y autores nuevos para escuchar (alabado sea Spotify), procurando entender la lógica detrás de cada pieza (¿es mayor? ¿Es menor? ¿Bebe del blues o del folk? ¿De qué década es? Y tal y cual).

Todo esto nos lleva a mi pasión por el canto y al último proyecto absurdo al que me he sumado sin dudar. La cosa es que hacía ya tiempo que estaba un poco picadilla con eso de echar de menos el coro. Lo dejé por agotamiento, pero nunca he dejado de cantar, aunque sea en la ducha. Y en una de estas, una gran amiga mía que se dejó el coro casi a la vez que yo y que ahora ha vuelto por estar también picadilla, supongo, me llamó y me ofreció cantar en una boda por un sueldecillo risible. Ella, otra amiga y yo. Soprano1, soprano 2 y contralto. Así de risas. Y sin pensármelo mucho dije que sí. A ver, es una gran responsabilidad, y siendo solo tres no vale eso de “ya afinará el de al lado las partes chungas”. Pero coño, es que suena tan DIBERTIDO.

Bueno, de esto hace ya un mes. Hemos ensayado unas cuantas veces y la cosa va más o menos, aunque aún no nos sale todo bien. Pero como la boda es en octubre hay tiempo. Ah, y ayer dimos un recital en casa de la novia para que escucharan las canciones y tal y nos amaron. Aunque por supuesto, no tienen ni idea de música. Si la tuvieran nos habrían echado tomates al segundo de perderme en mi voz y no conseguir terminar la primera canción. En nuestra defensa diré que el Ave María de Schubert sale decente, que la solista lo peta y que la compi que hace de pianista lo toca de muerte.

Ah, y me tengo que aprender la marcha nupcial al piano para rockear the party después de eso de “podéis ir en paz”. Al igual me la grabo y hago playback, por si los sudores fríos. No puede una estropearle la marcha nupcial a nadie sin merecer pena de muerte lenta. Es mi modesta opinión.

P.D: como todo tiene un origen, he aquí el del título de mi post.

Semos eléctricos

Pues sí, lo semos. La vida moderna (¿moderna?) es tan tan tan eléctrica que el día que nos saltan los plomos no sabemos qué hacer con ella. Nos quedamos atontados cuales organismos procariotas flotando en la sopa primigenia, preguntándonos en qué momento todo salió mal, qué hicimos para merecernos esto. ¿Dónde se fue internet? (Intenneeeeee). ¿Dónde la tele? ¿Dónde mi querido microondas, mi amada Nespresso, mi fiel condensador de fluzo? Pues yo os lo diré: se fueron al limbo de la vida moderna (moderna, dice), ese vacío espeluznante en el que no funciona la electricidad.  Es que  como tengas una vitro en casa, por no poder no puedes ni cocinar. Vamos, que cuando se va la electricidad perdemos el rumbo del todo y nos entra la “paralís”, como decía una vieja conocida mía tiempo ha.

“Eso no es verdad -dirán algunos trollers con poca vida social-, yo si me quedo sin electricidad aún puedo hacer un montón de cosas. Me pongo a leer, a pintar, salgo por ahí…”

PUES NO, les contestaré yo con teatral vehemencia. No, porque eso está muy bien si se te va la luz a las doce del medio día y tienes plan, pero si te pasa como a mí la última vez (aún me entran escalofríos al recordarlo) y se te va la luz en invierno a las seis de la tarde un sábado en el que estás sola en casa, ya no hay libro que valga. Y sí, lo de las velitas es muy romántico y está estupendo para no irse de morros en medio de la ceguera provisional, pero hasta ahí.

Lo que vengo a decir es que estamos enchufados a tantas cosas que ya no sabemos ni cómo volver a desconectarnos del poderoso flujo de electrones que nos envuelve. Vas a la playa y estás mirando el WatsApp, vas al cine y estás pensando en el twit que escribirás la salir de la peli, vas a casa de tu amigo y lo primero que le preguntas es si te deja ver el YouTube un momentico, que quieres enseñarle una cosa que te partes. And so on.

Así que sí, semos eléctricos, y yo la que más. Por eso estoy aquí escribiendo la primera entrada de este mi ¿cuarto? blog y que, merced a la experiencia, espero sea un poquito más longevo que los anteriores. Por favol señor, dame constansia.

Sin más, me voy a pasear a mi perro, que es una de las pocas cosas sin enchufe que hay en mi casa y es un delicadico, todo hay que decirlo. Qué pereza, ¿cuándo inventarán un perro automático para que se pasee solo?