Jude the Obscure: el “haber si me muero” de Thomas Hardy

¡Cuidado, spoilers! Si no queréis saber detalles del argumento y desenlace de Jude the Obscure mejor no sigáis leyendo.

Ocurre que me compré esta novela en unas circunstancias un tanto extrañas. No había leído nada de Thomas Hardy y, estando de visita en La Central de Madrid en Callao, me encontré de pronto hojeando una edición particularmente bonita de otra novela suya: Tess of the d’Ubervilles. Había leído alguna cosa sobre este libro y me habían llegado opiniones de diversa índole al respecto de su contenido (está muy bien, está fatal). Pensando que era una buena ocasión para formarme mi propia opinión cogí el ejemplar de Tess y, justo en ese momento, una señora desconocida se me plantó al lado y empezó a hablarme de Thomas Hardy con todo el fervor del que es capaz una fan. Yo estaba decidida a llevarme Tess porque era el libro que conocía y suscitaba mi curiosidad, pero influenciada por esta vehemente lectora, acabé por añadir también al ticket de compra la última novela y quizá también la más controvertida de Thomas Hardy: Jude the Obscure.

Como he dicho, ese mismo día me llevé también Tess of the d’Ubervilles, novela que leí hace ya más de un año. Por diversas circunstancias no había podido ponerme con Jude the Obscure hasta ahora y tengo que decir que, donde Tess me pareció una mera tragedia griega moralista y pesada, Jude me ha parecido una lectura mucho más interesante por lo arriesgada, incluso rupturista que puede parecer si tenemos en cuenta la época en que fue escrita. Esta fue la historia cuya recepción por parte de público y crítica a finales del siglo XIX quitó para siempre a Thomas Hardy las ganas de escribir más novelas. En ella Hardy plasma su frustración evidente con los convencionalismos de la época, especialmente con el matrimonio, la religión y el clasismo. Algunas de las nociones e ideas que plasma en el texto, aunque de forma tímida y contradictoria, fueron percibidas por muchos como revolucionarias hasta el punto de que un obispo llegó a quemar un ejemplar del libro. Thomas Hardy declaró poco después: “imagino que ante la imposibilidad de quemarme a mí”. La escena crítica, tanto negativa como positiva, alcanzó tintes apasionados y Hardy se encontró con una polémica entre manos que jamás había querido. Como consecuencia decidió dejar de escribir novelas y centrarse en la poesía que, según él, le permitía expresar sus ideas y opiniones con mayor libertad.

Jude the Obscure, aunque aparentemente centrada en el protagonista masculino por su título, nos narra en realidad las aventuras y desventuras de dos almas gemelas que, por la naturaleza de sus ideas y aspiraciones, están condenadas al fracaso: Jude Fawley y Sue Bridehead. El primero es un joven de clase baja que sueña con estudiar en la Universidad de Christminster (el nombre que inventa Hardy para Oxford) y ser doctor en Las Escrituras. Pero Jude tiene un carácter contradictorio y, dónde su mente aspira a abrazar el conocimiento y la luz a través de la religión, su naturaleza humana se inclina hacia los vicios mundanos (las mujeres y el alcohol, básicamente). Un primer matrimonio fallido ya apunta a que Jude no será capaz de ganar la partida al destino. Cuando Christminster le cierra las puertas por mera razón de clase, Jude se encuentra atrapado por unos votos sin amor y condenado a una humilde vida de artesano para la que no está especialmente capacitado, siempre a dos aguas entre el mundo que aspira tocar algún día (el interior de los muros de la Universidad) y el mundo que habita y en el que no encaja (su clase social).

Por su parte la protagonista femenina, Sue Bridehead, es la prima de Jude y por tanto también de clase baja. Pero al contrario que él, se contenta con llevar una vida discreta e independiente renegando de la universidad y de la religión. Ve en la primera un pozo fastuoso de decadencia autoindulgente, y en la segunda un compendio de dogmas que no atienden ni al sentido común, ni a la razón, ni a sus propios instintos. Donde Jude busca encajar en la sociedad y ascender peldaños, Sue tiene la determinación de vivir según sus propias ideas, aún si esto la condena al ostracismo y al abandono. Sue se nos presenta como un personaje enigmático: guapa, pero inasible; brillante, pero errática; dulce, pero distante. Y por supuesto el infeliz de Jude no tarda en enamorarse de ella pese a tener todas las señales en contra: no sólo Sue es su prima, sino que además ésta no muestra indicio alguno de ser capaz de sentir algo parecido al deseo ni por Jude ni por ningún hombre conocido.

Ni que decir tiene que de los dos personajes principales la más interesante por lo complejo de su personalidad y por su independencia es Sue. Esto resulta todavía más reseñable si tenemos en cuenta que Hardy era un señor del siglo XIX que no podía evitar mirar a las mujeres a través de un velo patriarcal bastante espesito, como es común entre los escritores masculinos de su época. Sue no se libra en su libro de juicios de valor no pedidos por parte del narrador (que hacen alusión, cómo no, a su debilidad de sexo y otras frases dignas para enmarcar) pero al mismo tiempo es un personaje muy bien construido. Sue no se ve influenciada por las fuerzas dominantes a su alrededor tales como la convención o la censura social y tan solo confía en su propio instinto y sus convicciones para orientarse en la vida. De hecho, es Sue la que ejerce influencia sobre Jude y no al revés: él se enamora de ella, él la sigue allá dónde va (incluso cuando ella contrae un matrimonio por conveniencia y se muda de ciudad) y él muta sus convicciones religiosas e incluso sus aspiraciones por ideas de corte más humanista sencillamente porque esa es la influencia que la poderosa mente de Sue tiene sobre él. El propio Jude alude a la inteligencia superior de Sue como una de las razones de su amor por ella.

Obviamente Hardy no consigue estar a la altura de su personaje y en un giro argumental bastante absurdo se carga a los hijos de Sue, haciéndola flaquear en todas sus convicciones y convirtiéndola de la noche a la mañana en una mártir piadosa. Críticos del momento señalaron, no sin razón, que de haber sido Thomas Hardy una mujer jamás habría permitido que su personaje se derrumbara de esa manera, pasando de ser humana en una página a convertirse en un mero recurso narrativo en la siguiente.

Pero dejando de lado las decisiones narrativas de Hardy, aún más interesante que su enigmática personalidad lo verdaderamente revolucionario de Sue como personaje es su total desapego del deseo sexual. Contrario a lo que podría parecer, Hardy no pinta a un personaje asexuado por lo angelical, intangible en su santidad, como también es frecuente en este tipo de personajes femeninos. Lo curioso es que Sue es perfectamente humana, es capaz de sentir amor romántico y celos, y es capaz de sufrir por Jude de la forma en que un amante sufre por el otro. Sin embargo Sue no siente deseo sexual, ni siquiera tolera demasiado bien los besos de su supuesto amado. Sin saber realmente que existía un término para ello, Thomas Hardy creó a un personaje asexual perfectamente humano y creíble. Sue Bridehead quiere a Jude, pero una vez se confiesan su amor, ambos se divorcian de sus respectivos cónyuges y conceden en vivir juntos, ve la necesidad de acostarse con él como un mero trámite para mantenerlo a su lado. Sue mantiene este rechazo al sexo y lo carnal hasta el final del libro, en el que voluntariamente vuelve junto a su primer marido como una forma perversa de redención de lo que ella cree que han sido sus pecados (negar a Dios, vivir con Jude y concebir hijos fuera del matrimonio) y se entrega a él en un acto de sacrificio personal que resulta entre trágico y cómico por lo hiperbólico de su rechazo.

Otro punto a tener en cuenta es la relación entre Jude y Sue. Su amor evoluciona primero de una fijación platónica por parte de Jude hacia Sue hacia una comprensión más profunda entre ambos que deriva, finalmente, en la unión de sus almas. Este concepto de amor, de un mismo ser dividido en dos, fue representado por primera vez en ficción en la revolucionaria novela de Emily Brontë, Cumbres Borrascosas, publicada en 1847. Hardy hace referencia a esta cualidad de Jude y Sue de ser “dos que forman uno” en repetidas ocasiones, imagen que se atribuye a su lectura de la novela de Emily un tiempo antes de empezar a escribir Jude.

Si bien el argumento de Jude the Obscure es la típica tragedia de Thomas Hardy con su destino inapelable, sus sentimientos exacerbados y sus decisiones extremas que no llevan a ningún lado, lo que me ha parecido reseñable del libro es la sensación constante de hartazgo que transmite el autor a través de sus líneas. Camuflada bajo una trama de aparente superación personal y lucha contra el destino subyace una reivindicación de la liberación del individuo frente a las convenciones. Hardy arremete contra el matrimonio (tanto Jude como Sue consideran los sagrados lazos como un trámite ridículo y exagerado en sus condiciones), contra el clasismo (el propio Jude, con su deseo de estudiar para ganar poder social, es un símbolo de esta protesta) e incluso contra la religión. Las ideas humanistas de Sue permean al beato Jude hasta el punto en que éste decide abandonar su carrera (de todas formas fallida) como estudiante de las escrituras y empieza a cuestionar su fe. Al final es la religión la que propicia la tragedia cuando Sue, rota por la muerte de sus hijos, decide mirar otra vez hacia Dios para buscar un camino. Algo que por supuesto no hace más que acabar de estropear las cosas.

Para concluir diré que, si bien esta novela no se ha ganado un puesto entre mis favoritas porque como es costumbre en Thomas Hardy carece de la pasión y honestidad que me enamoran en otros autores, sí que me resultó curiosa de leer por sus tintes de denuncia social y por la complejidad de sus personajes. Sobre todo me pareció muy interesante por el tono de lamento del autor, a quien es inevitable imaginar por detrás de las páginas pataleando muy fuerte contra el suelo. Y por supuesto por la polémica que despertó en el momento de su publicación. Que sea subversivo en algún sentido es lo mínimo que, hoy por hoy, le pido a un libro para que me apetezca reseñarlo.