El momento creativo

img_blog2Hace tiempo que quería escribir algo relacionado con la creatividad y lo extraño que resulta, si se analiza objetivamente, ese impulso que sienten algunas personas y que les impele a materializar, de una manera o de otra, el mundo que llevan dentro. Me refiero a las personas creativas, un grupo heterogéneo entre el que humildemente me incluyo, compuesto de seres que si bien pueden ser totalmente dispares entre sí, comparten un rasgo fundamental: la necesidad de dar forma a aquello que imaginan para convertirlo en algo accesible a otros seres humanos.

Hace poco leí un artículo relacionado con el tema, específicamente sobre la fiebre del escritor. Como soy muy fan de los por qués y de los cómos pero del todo indiferente hacia los quiénes, los cuándos y los dóndes, no recuerdo ni de quién era el artículo, ni de cuándo era, ni dónde lo leí. De nada. Pero sí que recuerdo perfectamente la idea que transmitía y que, por cierto, era muy interesante: el autor defendía que un escritor de pura cepa no escribe porque le guste escribir, sino porque necesita hacerlo. Igual que los antiguos griegos definían ese momento especial en que la mente se abre y necesita vomitar lo que lleva dentro como “el rapto de las musas”, nosotros, en al actualidad, no podemos dejar de asombrarnos ante la elección que hacen algunas personas de dedicar horas y horas de un tiempo valioso e irrepetible, a la pura e incluso dramática soledad de la creación.

Yo misma no puedo responder nada coherente cuando la gente me pregunta que por qué me gusta escribir. O dibujar. O tocar el piano. O todas las cosas absurdas que hago sin órdenes ni metas, que consumen gran parte de mi día y que están únicamente orientadas a saciar la necesidad de sacarme ideas de la cabeza. Es como cuando alguien se asombra de que te guste leer. Es imposible explicarle qué tiene de bueno pasar horas en soledad, embebido en el mundo de otra persona, en algo que a priori debería parecernos del todo ajeno y resultarnos indiferente. Pero resulta que no lo es. Y es ahí, precisamente, donde se halla el quid de la cuestión.

El ser humano es un ser social, eso es algo que sabe todo el mundo. Desde sus primeros y torpes pasos bípedos, nuestra especie ha buscado maneras cada vez más sofisticadas de comunicarse ocn el otro. Al principio con un fin meramente utilitario: la supervivencia. Con el tiempo, con un objeto mucho más vano e insignificante que, sin embargo, motiva prácticamente todo lo que hacemos y decimos: el de hacernos oír. La naturaleza nos ha dotado con la capacidad de inventar, de tomar cosas del mundo que nos rodea, pasarlas por la conctelera de nuestro cerebro y sacar nuevas conclusiones. Nos ha dado algo que es inherente a nosotros y probablemente único entre los seres vivos: la imaginación. Tenemos pues ya los dos ingredientes principales que propician el momento creativo: la capacidad de imaginar y la necesidad de contarlo. Y añadiría incluso un tercer factor que no es para nada desestimable: la sed de información del que está destinado a escuchar (o leer) lo que decimos.

Las personas creativas, desde mi punto de vista, tienen hiperdesarrolladas las dos primeras cualidades. Su inquieta imaginación no les da tregua, y a menudo viven más embebidas en su propio mundo interior que en el exterior, porque su mente no puede evitar fantasear con la información que obtiene del entorno. Al mismo tiempo, todo lo que imaginan les quema dentro, y necesitan sacarlo porque de lo contrario tienen la sensación de no terminar lo empezado, de estar desaprovechando un tremendo potencial. Así se produce el momento creativo: el instante en que una persona se lanza a escribir, pintar, componer, esquematizar o esbozar, no porque le apetezca o quiera o le guste, sino porque lo necesita de la misma manera que necesita comer, dormir o tener sexo.

Así que la próxima vez que alguien me pregunte “¿pero como te puede gustar escribir?” le responderé que para mí lo sorprendente no es que yo lo haga, sino que los demás puedan vivir sin hacerlo.

Mai tailor is rich. Y mi asesor también.

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Vamos a ver. No es que tenga yo nada en contra de las señoras que son alcaldesas y salen a defender candidaturas con discursos millonarios preparados por otros señores per se. Es decir, a mí me gustaría que las señoras que son alcaldesas y salen a dar discursos fueran capaces, en primer lugar, de escribirlos ellas; y en segundo lugar, de darlos con un mínimo de carisma y encanto que para eso les pagan unos sueldazos de ahogue. Pero como sé que en este país eso es pedir demasiado, ya me conformaría con que la señora en cuestión (pongamos a Ana Botella como ejemplo pensado así a bote pronto) al menos hubiera tenido la santa preocupación de aprender a entonar en inglés como Dios manda. Porque en el tema de si sabe o deja de saber el idioma ya ni entro.

La cosa es esta: la señora Botella y todos los que trabajan con ella en el tema este de los juegos deciden pagarle un pastonaco a un señor americano para que les ayude con los preparativos. El señor americano se llama Terrence Burns y cobra la friolera de 25 millones de euros por poner todo a puntico. Entre las muchas tareas encomendadas al señor Burns (insertar chiste ingenioso sobre los Simpson aquí) se encuentra, precisamente, la de preparar el discurso de Ana Botella. Y a este señor tan profesional se le ocurren varias cosas súper de modernos, como por ejemplo meter frases en español en medio para que quede todo como más charming a la par que castizo e inviting. Todos conocemos ya el resultado. “Relaxin’ cup of café con leche” and so on. Ahora el pobre señor Burns tiene que salir en el Vanity Fair disculpándose por la ocurrencia, ya que más que charming e inviting la cosa se quedó más bien en torno a lo patético y carcajeable.

Ahora analicemos la cuestión. Bien podría ser que el señor Burns este de marras no sea más que un charlatán escandalosamente caro que, en sus mejores momentos, ha logrado alguna candidatura que otra. También podría ser que tuviera una mala ocurrencia o que, visto que la pasta se la iba a llevar igual, escribiera lo primero que se le pasara por la cabeza. Yo diría que un poco de todo hay. Pero también me planteo lo siguiente: ¿No habría tenido gracia el discurso si, en vez de ser entonado por Ana Botella encarnando a una estudiante de la E.S.O. con la presentación de inglés aprendida de memoria, hubiera sido leído por alguien con gracia, salero y un buen nivel de inglés? ¿Alguien como, por ejemplo, el príncipe? Ay señor donde vamos a llegar cuando la monarquía se apaña mejor que los políticos en lo que a cultura se refiere, por dioh.

Básicamente, el discurso estaba pensado por un americano que en su mente entonaba el inglés al más puro estilo JFK y visualizaba el triunfo en forma de delicadas consonantes fricativas, líquidas nasales y angostas vocales. En su lugar se encontró con Ana Botella y sus acento made in Calasparra del Cerro que lo siento pero NO. Porque en el contexto de un inglés pronunciado de la manera más amateur posible, con entonación puramente española, las frases en el idioma de Cervantes quedaban metidas con calzador y sonaban a gazapo. Y volvemos a lo de antes: si esta señora se hubiera molestado en aprender a pronunciar su discurso como lo haría un nativo, por mucho que no lo entendiera, no habría quedado como una tarada total delante de nosecientos millones de personas. Que no cuesta tanto, que tu asesor es americano maja, que le has pagado una millonada. Dile que se siente delante de ti y te enseñe a pronunciar el puto discurso COÑO, y practícalo hasta que entones como la puta Queen of England o como Michelle Obama o como quien te salga de los cojones, SÓLO ENTONA BIEN.

Pero se ve que ni para eso le pagamos.