Jude the Obscure: el “haber si me muero” de Thomas Hardy

¡Cuidado, spoilers! Si no queréis saber detalles del argumento y desenlace de Jude the Obscure mejor no sigáis leyendo.

Ocurre que me compré esta novela en unas circunstancias un tanto extrañas. No había leído nada de Thomas Hardy y, estando de visita en La Central de Madrid en Callao, me encontré de pronto hojeando una edición particularmente bonita de otra novela suya: Tess of the d’Ubervilles. Había leído alguna cosa sobre este libro y me habían llegado opiniones de diversa índole al respecto de su contenido (está muy bien, está fatal). Pensando que era una buena ocasión para formarme mi propia opinión cogí el ejemplar de Tess y, justo en ese momento, una señora desconocida se me plantó al lado y empezó a hablarme de Thomas Hardy con todo el fervor del que es capaz una fan. Yo estaba decidida a llevarme Tess porque era el libro que conocía y suscitaba mi curiosidad, pero influenciada por esta vehemente lectora, acabé por añadir también al ticket de compra la última novela y quizá también la más controvertida de Thomas Hardy: Jude the Obscure.

Como he dicho, ese mismo día me llevé también Tess of the d’Ubervilles, novela que leí hace ya más de un año. Por diversas circunstancias no había podido ponerme con Jude the Obscure hasta ahora y tengo que decir que, donde Tess me pareció una mera tragedia griega moralista y pesada, Jude me ha parecido una lectura mucho más interesante por lo arriesgada, incluso rupturista que puede parecer si tenemos en cuenta la época en que fue escrita. Esta fue la historia cuya recepción por parte de público y crítica a finales del siglo XIX quitó para siempre a Thomas Hardy las ganas de escribir más novelas. En ella Hardy plasma su frustración evidente con los convencionalismos de la época, especialmente con el matrimonio, la religión y el clasismo. Algunas de las nociones e ideas que plasma en el texto, aunque de forma tímida y contradictoria, fueron percibidas por muchos como revolucionarias hasta el punto de que un obispo llegó a quemar un ejemplar del libro. Thomas Hardy declaró poco después: “imagino que ante la imposibilidad de quemarme a mí”. La escena crítica, tanto negativa como positiva, alcanzó tintes apasionados y Hardy se encontró con una polémica entre manos que jamás había querido. Como consecuencia decidió dejar de escribir novelas y centrarse en la poesía que, según él, le permitía expresar sus ideas y opiniones con mayor libertad.

Jude the Obscure, aunque aparentemente centrada en el protagonista masculino por su título, nos narra en realidad las aventuras y desventuras de dos almas gemelas que, por la naturaleza de sus ideas y aspiraciones, están condenadas al fracaso: Jude Fawley y Sue Bridehead. El primero es un joven de clase baja que sueña con estudiar en la Universidad de Christminster (el nombre que inventa Hardy para Oxford) y ser doctor en Las Escrituras. Pero Jude tiene un carácter contradictorio y, dónde su mente aspira a abrazar el conocimiento y la luz a través de la religión, su naturaleza humana se inclina hacia los vicios mundanos (las mujeres y el alcohol, básicamente). Un primer matrimonio fallido ya apunta a que Jude no será capaz de ganar la partida al destino. Cuando Christminster le cierra las puertas por mera razón de clase, Jude se encuentra atrapado por unos votos sin amor y condenado a una humilde vida de artesano para la que no está especialmente capacitado, siempre a dos aguas entre el mundo que aspira tocar algún día (el interior de los muros de la Universidad) y el mundo que habita y en el que no encaja (su clase social).

Por su parte la protagonista femenina, Sue Bridehead, es la prima de Jude y por tanto también de clase baja. Pero al contrario que él, se contenta con llevar una vida discreta e independiente renegando de la universidad y de la religión. Ve en la primera un pozo fastuoso de decadencia autoindulgente, y en la segunda un compendio de dogmas que no atienden ni al sentido común, ni a la razón, ni a sus propios instintos. Donde Jude busca encajar en la sociedad y ascender peldaños, Sue tiene la determinación de vivir según sus propias ideas, aún si esto la condena al ostracismo y al abandono. Sue se nos presenta como un personaje enigmático: guapa, pero inasible; brillante, pero errática; dulce, pero distante. Y por supuesto el infeliz de Jude no tarda en enamorarse de ella pese a tener todas las señales en contra: no sólo Sue es su prima, sino que además ésta no muestra indicio alguno de ser capaz de sentir algo parecido al deseo ni por Jude ni por ningún hombre conocido.

Ni que decir tiene que de los dos personajes principales la más interesante por lo complejo de su personalidad y por su independencia es Sue. Esto resulta todavía más reseñable si tenemos en cuenta que Hardy era un señor del siglo XIX que no podía evitar mirar a las mujeres a través de un velo patriarcal bastante espesito, como es común entre los escritores masculinos de su época. Sue no se libra en su libro de juicios de valor no pedidos por parte del narrador (que hacen alusión, cómo no, a su debilidad de sexo y otras frases dignas para enmarcar) pero al mismo tiempo es un personaje muy bien construido. Sue no se ve influenciada por las fuerzas dominantes a su alrededor tales como la convención o la censura social y tan solo confía en su propio instinto y sus convicciones para orientarse en la vida. De hecho, es Sue la que ejerce influencia sobre Jude y no al revés: él se enamora de ella, él la sigue allá dónde va (incluso cuando ella contrae un matrimonio por conveniencia y se muda de ciudad) y él muta sus convicciones religiosas e incluso sus aspiraciones por ideas de corte más humanista sencillamente porque esa es la influencia que la poderosa mente de Sue tiene sobre él. El propio Jude alude a la inteligencia superior de Sue como una de las razones de su amor por ella.

Obviamente Hardy no consigue estar a la altura de su personaje y en un giro argumental bastante absurdo se carga a los hijos de Sue, haciéndola flaquear en todas sus convicciones y convirtiéndola de la noche a la mañana en una mártir piadosa. Críticos del momento señalaron, no sin razón, que de haber sido Thomas Hardy una mujer jamás habría permitido que su personaje se derrumbara de esa manera, pasando de ser humana en una página a convertirse en un mero recurso narrativo en la siguiente.

Pero dejando de lado las decisiones narrativas de Hardy, aún más interesante que su enigmática personalidad lo verdaderamente revolucionario de Sue como personaje es su total desapego del deseo sexual. Contrario a lo que podría parecer, Hardy no pinta a un personaje asexuado por lo angelical, intangible en su santidad, como también es frecuente en este tipo de personajes femeninos. Lo curioso es que Sue es perfectamente humana, es capaz de sentir amor romántico y celos, y es capaz de sufrir por Jude de la forma en que un amante sufre por el otro. Sin embargo Sue no siente deseo sexual, ni siquiera tolera demasiado bien los besos de su supuesto amado. Sin saber realmente que existía un término para ello, Thomas Hardy creó a un personaje asexual perfectamente humano y creíble. Sue Bridehead quiere a Jude, pero una vez se confiesan su amor, ambos se divorcian de sus respectivos cónyuges y conceden en vivir juntos, ve la necesidad de acostarse con él como un mero trámite para mantenerlo a su lado. Sue mantiene este rechazo al sexo y lo carnal hasta el final del libro, en el que voluntariamente vuelve junto a su primer marido como una forma perversa de redención de lo que ella cree que han sido sus pecados (negar a Dios, vivir con Jude y concebir hijos fuera del matrimonio) y se entrega a él en un acto de sacrificio personal que resulta entre trágico y cómico por lo hiperbólico de su rechazo.

Otro punto a tener en cuenta es la relación entre Jude y Sue. Su amor evoluciona primero de una fijación platónica por parte de Jude hacia Sue hacia una comprensión más profunda entre ambos que deriva, finalmente, en la unión de sus almas. Este concepto de amor, de un mismo ser dividido en dos, fue representado por primera vez en ficción en la revolucionaria novela de Emily Brontë, Cumbres Borrascosas, publicada en 1847. Hardy hace referencia a esta cualidad de Jude y Sue de ser “dos que forman uno” en repetidas ocasiones, imagen que se atribuye a su lectura de la novela de Emily un tiempo antes de empezar a escribir Jude.

Si bien el argumento de Jude the Obscure es la típica tragedia de Thomas Hardy con su destino inapelable, sus sentimientos exacerbados y sus decisiones extremas que no llevan a ningún lado, lo que me ha parecido reseñable del libro es la sensación constante de hartazgo que transmite el autor a través de sus líneas. Camuflada bajo una trama de aparente superación personal y lucha contra el destino subyace una reivindicación de la liberación del individuo frente a las convenciones. Hardy arremete contra el matrimonio (tanto Jude como Sue consideran los sagrados lazos como un trámite ridículo y exagerado en sus condiciones), contra el clasismo (el propio Jude, con su deseo de estudiar para ganar poder social, es un símbolo de esta protesta) e incluso contra la religión. Las ideas humanistas de Sue permean al beato Jude hasta el punto en que éste decide abandonar su carrera (de todas formas fallida) como estudiante de las escrituras y empieza a cuestionar su fe. Al final es la religión la que propicia la tragedia cuando Sue, rota por la muerte de sus hijos, decide mirar otra vez hacia Dios para buscar un camino. Algo que por supuesto no hace más que acabar de estropear las cosas.

Para concluir diré que, si bien esta novela no se ha ganado un puesto entre mis favoritas porque como es costumbre en Thomas Hardy carece de la pasión y honestidad que me enamoran en otros autores, sí que me resultó curiosa de leer por sus tintes de denuncia social y por la complejidad de sus personajes. Sobre todo me pareció muy interesante por el tono de lamento del autor, a quien es inevitable imaginar por detrás de las páginas pataleando muy fuerte contra el suelo. Y por supuesto por la polémica que despertó en el momento de su publicación. Que sea subversivo en algún sentido es lo mínimo que, hoy por hoy, le pido a un libro para que me apetezca reseñarlo.

Me fascinan los tarados (II): Severus Snape

CUIDADO: Este post contiene spoilers de gran parte de la saga de Harry Potter, si no la has leído y quieres hacerlo, te recomiendo no seguir.

Aquí traigo una nueva entrega de mi serie de tarados, esta vez con mención especial a toda esa gente (grandes amigos la mayoría) que me lee y sé que es súper fan de Harry Potter, porque siempre me apoyan mucho con todo el tema de escribir y creo que un post sobre este personaje les va a hacer ilusión :). Así que nada, adelante con otro entrañable post orientado a ensalzar la belleza de la imperfección humana, esta vez con protagonismo de un peso pesado.

Severus Snape
Harry Potter, de J.K. Rowling

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Severus Snape. Dibujo oficial de Jim Kay.

Severus Snape es probabalemente el personaje más gris de los cientos que pueblan las innumerables páginas que configuran los siete volúmenes de Harry Potter y, quizá, también el más interesante. Si bien el grado de interés hacia este personaje de los lectores oscila desde la adoración absoluta al odio más profundo (yo me inclino más hacia una posición imprecisa entre estos dos puntos), lo cierto es que no deja a nadie indiferente. Y es que ya desde los primeros capítulos del primer libro Severus Snape se revela como uno de esos personajes enigma que, intuyes, acabarán por monopolizar gran parte de los momentos sorprendentes de la saga.

En un primer momento Severus Snape parece poco más que un villano. J.K.Rowling pone mucho empeño en describirlo como uno de esos magos clásicos de aspecto siniestro y gesto mezquino, obsesionados con sus matraces y sus frascos de animales en formol, que traman sus maquiavélicos planes desde las tripas de una fría mazmorra.

Este inquietante ser humano, profesor de pociones del colegio y jefe de la casa Slytherin (conocida por haber dado más magos tenebrosos que ninguna otra, entre ellos al mismo Lord Voldemort) es, además, el peor enemigo de Harry desde el minuto uno. Si bien Lord Voldemort debe odiar a Harry por tratarse del antagonista de la historia y ser Harry el niño que involuntariamente causó su caída, la certeza su amenaza no deja de ser un foco de alarma impreciso en el horizonte, algo lejano y ambiguo como una sombra. Es Severus Snape el que, en un primer momento, se convierte en la peor pesadilla para Harry (y por extensión para el lector) porque está siempre presente, es una autoridad dentro del colegio, su lengua viperina no da tregua y lo que es más, su odio visceral y casi obsesivo hacia el protagonista es del todo incomprensible.

Al comenzar el banquete de la primera noche, Harry había pensado que no
le caía bien al profesor Snape. Pero al final de la primera clase de Pociones
supo que no se había equivocado. No era sólo que a Snape no le gustara
Harry: lo detestaba.

-Harry Potter y la Piedra Filosofal, J.K. Rowling.

El odio de Snape hacia Harry es constante, abrasivo, indiscriminado y del todo injusto, puesto que Harry ni siquiera entiende la razón de su inquina. Se trata, además, de una maniobra de distracción muy inteligente por parte de la autora, que en repetidas ocasiones lo aprovecha para poner al lector de parte de Harry, aun cuando éste pueda estar equivocado en sus percepciones, y utilizar a Snape para dar un giro a la historia. Es el caso por ejemplo del primer libro, Harry Potter y la Piedra Filosofal, donde el empeño de Rowling por construir la odiosa personalidad de Severus Snape es constante y acaba por revelarse como un intento de desviar la atención de Quirrell, el nervioso profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, que pasa inadvertido por su aparente pequeñez pero al final resulta ser el verdadero villano del libro.

—¿Quién es el que está hablando con el profesor Quirrell? —preguntó a
Percy.
—Oh, ¿ya conocías a Quirrell, entonces? No es raro que parezca tan
nervioso, ése es el profesor Snape. Su materia es Pociones, pero no le gusta…Todo el mundo sabe que quiere el puesto de Quirrell. Snape sabe muchísimo sobre las Artes Oscuras.

-Harry Potter y la Piedra Filosofal, J.K. Rowling.

snape

Severus Snape es interpretado en las películas de Harry Potter por un acertadísimo Alan Rickman.

Pero si bien durante los primeros libros Snape aparenta ser poco más que un manchurrón en la ensoñadora percepción que Harry tiene del mundo mágico, pronto se revela como un personaje con muchos más niveles. Primero, en el tercer libro, el lector pasa de sentir desasosiego hacia el personaje a odiarlo profundamente, cuando por su desacertada intervención fruto del despecho, impide que Harry pueda irse a vivir con su padrino Sirius y provoca la expulsión del profesor Remus Lupin. A partir de ese momento Rowling da rienda suelta al rencor de Harry, que impregna todas las páginas y llega como es inevitable hasta el lector, al tiempo que empieza a revelar más detalles sobre el personaje y confirma su antigua adhesión a la causa de Lord Voldemort.

—¡No! —gritó Karkarov, desesperado—. ¡Espere, tengo más!
A la luz de las antorchas, Harry pudo verlo sudar. Su blanca piel contrastaba claramente con el negro del cabello y la barba.
—¡Snape! —gritó—. ¡Severus Snape!
—Snape ha sido absuelto por esta Junta —replicó el señor Crouch con
frialdad—. Albus Dumbledore ha respondido por él.
—¡No! —gritó Karkarov, tirando de las cadenas que lo ataban a la silla—.
¡Se lo aseguro! ¡Severus Snape es un mortífago!
Dumbledore se puso en pie.
—Ya he declarado sobre este asunto —dijo con calma—. Es cierto que
Severus Snape fue un mortífago. Sin embargo, se pasó a nuestro lado antes de
la caída de lord Voldemort y se convirtió en espía a nuestro servicio, asumiendo
graves riesgos personales. Ahora no tiene de mortífago más que yo
mismo.
Harry se volvió para mirar a Ojoloco Moody. A espaldas de Dumbledore, su
expresión era de escepticismo.

-Harry Potter y el Cáliz de Fuego, J.K. Rowling.

Es a partir de ese momento cuando una empieza a sospechar que hay gato encerrado y cuando Rowling se lanza a jugar las cartas para generar dudas sobre las lealtades de Severus Snape. Porque su actitud hacia Harry (y en general hacia cualquiera que le resulte antipático) es deplorable, pero Albus Dumbledore, que es el director de Hogwarts y representa en estos libros todo lo que es bueno, sabio y justo, no deja de defenderlo. Una empieza entonces a dudar de verdad sobre este personaje: ¿es bueno? ¿Es malo? Pues bien, como la misma Rowling dice cuando le preguntan, ni una cosa ni la otra. A lo largo de los siete libros Snape se va construyendo poco a poco, tomando su verdadera forma ante los ojos del lector muy lentamente para llegar a la configuración final: la de un personaje moralmente ambiguo pero definitivamente trágico. Inteligente, pero atormentado por una infancia triste. Leal, pero torturado por el dolor de un amor imposible. Y al mismo ritmo lento con el que se desarrolla la historia se desarrolla el personaje de Snape, que pasa de ser ese villano insufrible y casi caricaturesco del primer libro a convertirse por fin en un ser humano. A veces odioso, a veces conmovedor.

Uno de los momentos más dramáticos y recordados de este personaje tiene lugar al final de sexto libro, cuando contra todo pronóstico Albus Dumbledore muere asesinado a manos del propio Snape y Harry corre tras él para acusarle, lleno de odio.

En el pálido semblante de Snape, iluminado por la cabaña en llamas, se reflejaba el odio de la misma forma que antes de echarle la maldición al anciano profesor.
—¿Cómo te atreves a utilizar mis propios hechizos contra mí, Potter? ¡Yo los inventé! ¡Yo soy en Príncipe Mestizo! Y tú pretendes atacarme con mis inventos, como tu asqueroso padre, ¿eh? ¡No lo permitiré! ¡No!
Harry se lanzó para recuperar la varita, pero Snape le arrojó un maleficio y la varita salió volando y se perdió en la oscuridad.
—Pues máteme —dijo Harry resoplando; no sentía miedo, sólo rabia y desprecio-. Máteme como lo mató a él, cobarde de…
—¡¡No me llames cobarde!! —bramó Snape, y su cara adoptó una expresión enloquecida, inhumana, como si estuviera sufriendo tanto como el perro que ladraba y aullaba sin cesar en la cabaña incendiada.

—Harry Potter y el Misterio del Príncipe, J.K. Rowling.

En definitiva Severus Snape es brillante, valiente y leal, pero también es vengativo, ambicioso y propenso a la inquina. Extiende el desprecio y los celos que siente por James Potter, el padre de Harry, hacia su hijo sin que exista justificación posible, simplemente poque le recuerda a él. Y son precisamente su odio y su despecho fruto de un amor frustrado los que le llevan a tomar decisiones terribles cuyas consecuencias se ve obligado a acarrear durante toda la historia y que acabarán por matarlo al final. Pero también son su valentía y su lealtad las que en última instancia le redimen y le dan la fuerza para sacrificarse por la seguridad del mundo mágico.

Es por esto que Harry, en el epílogo de la historia, nombra a su hijo mediano Albus Severus en honor de su antiguo profesor de pociones. Y es por esto también que Severus Snape es, ente los fans, el personaje de Harry Potter que más entusiasmo despierta, más fanfictions inspira y más lealtades levanta.

Harry se puso en cuclillas y su cara quedó a la altura de la de Albus. El chico era el único de sus tes hijos que había heredado los ojos de Lily.
—Albus Severus —susurró Harry para que no los oyera nadie más que Ginny, y ella fue lo bastante discreta para fingir que estaba diciéndole adiós con la mano a Rose, que ya había subido al tren—, te pusimos los nombres de dos directores de Hogwarts. Uno de ellos era de Slytherin, y seguramente era el hombre más valiente que jamás he conocido.

—Harry Potter y las Reliquias de la Muerte, J.K. Rowling.

Nota: por si os lo estabais preguntando no, Severus Snape no es mi personaje favorito de Harry Potter, pero ya hablaremos más adelante de esto :D.

 

Me fascinan los tarados (I)

De acuerdo, lo admito. Tengo dos cosas que confesar. La primera, que tenía unas ganas locas de hacer esto. La segunda, quizá poco sorpresiva para algunos, es que siento una atracción irrefrenable y en ciertos aspectos incluso malsana hacia los inadaptados de la literatura. Sí, me refiero a esos personajes ficticios que se balancean entre la luz y la sombra, que rozan los extremos con el mismo desparpajo con el que se regodean en su mediocridad, que resultan imprevisibles a veces, misteriosos otras, profundamente queribles siempre porque, en su evidente imperfección, nos identificamos con ellos y acaban por resultarnos simpáticos. Es el caso de los locos, los miserables, los redimidos, los perdedores, los melancólicos, los patéticos, los genios, los caídos. En definitiva, los tarados.

Quiero mucho a los tarados porque me han proporcionado algunos de los momentos más álgidos de la literatura y me han catapultado al éxtasis puro con sus devaneos y miserias. Los tarados son interesantes, los tarados siempre tienen escenas que lo molan todo. Los tarados son la literatura y, la mayoría de las veces, la razón de que valga la pena leer. Con sinceridad lo digo, ¿quién quiere tragarse 200, 300, 500 páginas relatando lo estupendo y anodinamente normal que es alguien? No, leemos porque queremos, ansiamos, necesitamos esa dosis de locura políticamente incorrecta que nos libera e incluso nos responde algunas preguntas

Por todo esto y con el fin de darle un poco de vidilla al blog, he decidido iniciar una serie. Tendrá por título me fascinan los tarados y cada post versará sobre un personaje distinto. Héroes, villanos, antihéroes, antivillanos, secundarios de oro, Sancho Panzas entrañables, me da igual con tal de que cumplan una regla inapelable: que en mayor o menor medida tengan su puntito borderline.

Aviso importante: esta serie contendrá muchos spoilers de diferentes obras literarias y puede que otros campos de la ficción, así que fijaos bien en qué pesonaje y obra me centro y ¡no leáis si no queréis destriparos cosas!

Dicho esto doy paso al primer tarado de la lista.

Edmond Dantès
El Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas

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Ah, por supuesto. Cómo no empezar esta lista con uno de los inadaptados más intensos, magnéticos y célebres de la literatura. El misterioso y amargo protagonista de El Conde de Montecristo ya encandiló a mi yo de 14 años la primera vez que leí el libro (he leído esas malditas 1145 páginas varias veces, sí, estoy enferma) y me sigue encandilando porque, ¿cómo no quererlo? ¿Cómo no sentir magnetismo por ese hombre sombrío e indescifrable que decide, desde la posición de superioridad moral que él mismo se otorga, tomarse la justicia por su mano y vengarse cruelmente de los que le hirieron en el pasado? Joder, la mera premisa de la historia te obliga a quererlo, no hay vuelta atrás. Pero vamos a empezar por el principio que me voy por las ramas.

Edmond Dantès es probablemente el arquetipo más famoso de antihéroe que existe. Es el protagonista de la historia y como tal, es el encargado de hacerla avanzar. Lo interesante sin embargo no es tanto lo que le ocurre a él si no su evolución a lo largo del libro. Edmond pasa de ser un jovenzuelo ingenuo a convertirse en un millonario cruel y amargado por el pasado con delirios de grandeza para finalmente arrepentirse y, de manera un tanto torpe y atolondrada, buscar la redención. Edmond tiene por tanto tres ingredientes básicos para ser un buen tarado literario: es complejo, se mueve en la gama de los grises morales rozando apenas el blanco y el negro y está obsesionado con una meta que, según su sesgadísimo punto de vista, está por encima del bien y del mal. Vamos, un cóctel ganador para mis caprichosas papilas gustativas de lo estético, extremo e innecesario.

La historia de El Conde de Montecristo es emocionante y novelesca en el más puro sentido de la palabra, pero está increíblemente bien contada y, a medida que avanza, se convierte en un libro poderosamente absorbente. El argumento empieza con Edmond Dantès, un brillante aunque algo ingenuo jovenzuelo que trabaja en los astilleros de Marsella, a punto de sellar su felicidad eterna casándose con Mercedes, una joven catalana de tan humilde procedencia como él. Edmond tiene un futuro brillante a ojos vista: va a casarse con la mujer que ama, tiene numerosos amigos y bienhechores y, para colmo, está a punto de conseguir una merecida promoción a capitán de barco. Como muchos ya sabéis el hecho de que el protagonista sea feliz es algo que relaja pero que propicia historias de mierda, así que la adversidad no tarda en ceñirse sobre él. Una serie de conocidos que, ya sea por envidia, desamor o miedo están interesados en que Edmond desaparezca, conspiran contra él de tal manera que, en el colmo de las desgracias, el alegre chavalín acaba dando con sus huesos en la prisión política más fría e inexpuignable de toda Francia: El Castillo de If.

El Castillo de If es básicamente la crisálida de Edmond Dantès. Si bien Edmond entra en la cárcel siendo joven y confiado, cuando consigue escapar tras 14 años entre sus muros sale convertido en un hombre sombrío, misántropo y obsesionado con la venganza. Al principio de la historia Edmond representa al bien y sus enemigos al mal, pero una vez pasa por el Castillo de If, nuestro protagonista toma el nombre de Conde de Montecristo y se convierte en la representación viva de la justicia. O eso insiste en afirmar él mismo en repetidas ocasiones. En cualquier caso Edmond sale de la prisión más sabio, más decidido e infinitamente más rico gracias a la ayuda de su compañero de encierro y mentor el ábate Faria, que le desvela el emplazamiento de un tesoro oculto. Pero sobre todo, sale dispuesto a liarla muy parda. Algunas de sus perlas:

Y ahora adiós bondad, humanidad, reconocimiento… ¡Adiós todos los sentimientos que ensanchan el corazón! Me he sustituido a la Providencia para recomensar a los buenos… ¡Que el Dios vengador me ceda su puesto para castigar a los malvados!

(…)yo no me ocupo jamás de mi prójimo, no procuro proteger nunca a la sociedad que no me protege, y diré aún más, que no se ocupa generalmente de mí sino para perjudicarme, y retirándole mi estimación, y guardando la neutralidad frente a frente de ella, es todavía la sociedad y mi prójimo quienes me deben agradecimiento.

Lo más curioso que hay en la vida es el espectáculo de la muerte.

Y cuando le preguntan sobre la experiencia de asistir a una tortura: El primer sentimiento fue el de la repugnancia, el segundo fue el de la indiferencia, y el tercero la curiosidad.

En definitiva, que el entrañable a la par que aburridísimo Edmond Dantès sufre una transformación providencial en términos literarios y nace el Conde de Montecristo, ese tarado que, te das cuenta de inmediato, va a hacer las delicias de todo lector desequilibrado desde ese mismo instante hasta el final.

Dumas, por supuesto, no es ajeno al potencial de su personaje y se encarga reiteradamente de incidir en la fascinación que provoca allá donde va. Lo describe como un hombre poderosamente atractivo aunque pálido en exceso (14 años sin ver la luz del Sol habrán tenido algo que ver, nos advierte), con un gusto exquisito, mente insondable, rica cultura y más pasta de la que se podría gastar Rupert Murdoch si viviera tres vidas. Es aparecer el Conde de Montecristo con su origen desconocido y su irritante aunque irresistible mueca de desdén en la decadente sociedad parisina y ponerla del revés. Todos quieren saber quién es, lo que hace, a dónde va, de quién es amigo, etc. etc. etc. Y él se aprovecha de esto alentando solo a medias el misterio, fingiendo que hasta le aburre, mientras entre bastidores planea su cruel venganza con obsesiva dedicación. Un aplauso Dumas, me quito el sombrero ante la maestría con la que construyes a tu perfecto tarado y el mimo con el que lo presentas, que hasta una se olvida de que el tío va por la vida soltando cosas como que es la mano de Dios y acaba enamoradica perdía.

Por supuesto, Edmond se venga. Se venga en plan destructivo e implacable, arruinando a uno, llevando a otro al suicidio y provocando la locura de un tercero. Ni siquiera las suplicas de su viejo amor Mercedes consiguen aplacar su ira. Sin embargo el propio destino es el que se encarga de poner a Edmond en su sitio porque al final se le va la mano. Se le va mucho la mano. Se le va tantísimo la mano que se carga a un crío inocente de manera tangencial porque vaya, eso de jugar a ser Dios como que no era tan fácil como parecía. Es entonces cuando se da cuenta de que incluso cuando uno tiene la balanza moral de su lado, existen límites. Y al traspasarlos Edmond se acojona. Se le ponen tan por corbata que dedica las últimas fases de su plan a frenar lo que ya ha puesto en marcha y así evitar llevarse a más incautos por delante. Al final consigue hacer un par de buenas obras, medio perdonarse a sí mismo y, al menos a ojos de Dumas que le otorga la concesión de volver a enamorarse, quedar redimido.

Edmond es humano, Edmond es falible, Edmond reconoce su pequeñez infinita ante la Divina Providencia y por lo tanto, Edmond se redime y obtiene su final feliz. Esto es una cosa muy decimonónica sobre la que no me voy a detener demasiado pero que los novelistas usaban mucho para justificar los actos de sus personajes. Vamos, el viejo rollo de “quiero escribir un personaje que sea interesante pero sin que me quemen por hereje”. Puede resultar un tanto ingenuo hoy en día pero alabado sea este tropo que nos ha permitido disfrutar de tantos y tantos personajes que valen la pena.

En definitiva Edmond Dantès es uno de esos tarados sobre los que quieres volver una y otra vez. Releer sus frases célebres, revivir sus alegrías y sus miserias y sobre todo fascinarte una y otra vez con él y su forma nada sana de lidiar con el dolor y la ofensa. Pero seamos honestos, ¿a quién le interesa lo sano?

¡Que vivan los tarados!

Jane Eyre

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Tengo que reconocer que no soy una persona de favoritos. Quiero decir que normalmente, cuando alguien me pregunta cuál es mi esto o aquello favorito, me veo obligada a recitar una retahíla de títulos o a iniciar una aburrida argumentación sobre por qué no puedo decantarme por una cosa ni la otra. La verdad es que tiendo a pensar que en cuestión de gustos no hay valores absolutos, y que mi canción favorita puede ser hoy una y mañana otra, en función de las experiencias que viva y los conocimientos que vaya adquiriendo. De hecho, eso es lo que me pasa con casi todo.

Con casi todo, porque si me preguntan cuál es mi libro favorito respondo sin dudar: Jane Eyre. Llevo haciéndolo desde que lo leí la primera vez, hace seis años, por recomendación de una amiga. Desde entonces había olvidado por qué me gusta tanto, aunque recordaba tener una vaga idea, una explicación bien argumentada en mi cabeza que esgrimir si alguien me preguntaba. Sin embargo había olvidado del todo los sentimientos en los que se apoya esa explicación hasta que, a raíz de ver la película de 2011, decidí releer el libro. De esto hará poco más de una semana, y desde entonces no puedo sacarme este maravilloso libro de la cabeza. He recordado por qué me gusta tanto, y aunque ni a mí misma deje de sorprenderme esta pasión que siento por una novela que escribió una joven victoriana hace casi dos siglos, os voy a contar por qué. Además, he pensado que ya que en un post anterior me dediqué a poner a parir un libro, qué mejor que equilibrar la balanza del universo y del karma alabando hoy otro título que, si bien es totalmente diferente, no deja de tener muchas similitudes argumentales con 50 Sombras de Grey.

1. El estilo

Partiendo de la mismísima base, lo primero que diré es que este libro está maravillosamente bien escrito. La prosa es fluida y evocadora, los personajes consiguen vivir fuera de las páginas y hacerse reales y el ritmo narrativo es particularmente ameno para la época. Los clásicos no son clásicos por nada, y lo cierto es que Jane Eyre fue un éxito de crítica y público ya desde el mismo momento de su publicación (estamos hablando de 1847, ahí es nada). Fue la primera novela que consiguió publicar Charlotte Brontë, y lo hizo bajo el seudónimo de Currer Bell. Brontë llevaba tiempo intentando publicar otra novela, The Professor, que como Jane Eyre tenía una fuerte carga autobiográfica pero era realista y, para la opinión de algunos, demasiado controvertida. Con Jane Eyre sin embargo, la autora encontró el equilibrio perfecto entre realismo y romanticismo, rozando los límites de la fantasía a veces y la crudeza de la realidad otras tantas. De hecho el libro empieza siendo casi dickensiano (y no me refiero al Dickens de Cuento de Navidad, sino al de Oliver Twist), pero acaba recordando a autores como Poe o Becquer en muchos fragmentos y sobre todo en el tramo final.

2. La historia

La historia de Jane Eyre no tiene nada de original en primera instancia. Una joven huérfana, pobre y poco agraciada aunque muy inteligente, supera una vicisitud tras otra hasta encontrar su lugar en el mundo al lado del hombre al que ama. En su aspecto más básico, Jane Eyre es el cuento de la Cenicienta reintrepretado y elevado a la máxima potencia de la literatura. Sin embargo el hecho de que la premisa sea sencilla a mí no me parece nunca una desventaja, sino más bien todo lo contrario. Como he dicho ya en otras ocasiones, lo que a mí me interesa no suele ser lo que me cuentan, sino cómo me lo cuentan. En este sentido Charlotte Brontë fue inteligente, porque escogió un formato que sabía que funcionaba y lo utilizó como recipiente para cocinar un libro que aún hoy resulta revelador, que fue pionero en muchos aspectos y que derrocha sensibilidad.

3. El mensaje

Jane Eyre es mundialmente conocida por ser abogada del protofeminismo. Más allá del argumento, la idea que trasciende de esta novela me cala muy hondo no sólo por la importancia que creo que tiene, sino por el valor añadido de haber sido planteada en el momento en que fue planteada. Cuando una lee esta novela lo que percibe sobre todo es la convicción de que la autodeterminación y los propios principios son lo más valioso que tiene el ser humano, sin importar su sexo y su posición social. De esta manera, siempre fiel a sus convicciones, Jane nos guía a través de las páginas siendo siempre, con sus propias decisiones, el motor de la historia, sin que otra fuerza humana la doblegue o la desvíe del camino que ella misma se ha marcado. Un ejemplo de la filosofía de esta novela queda perfectamente clarificado en este maravilloso párrafo que nunca deja de asombrarme cada vez que lo leo:

Es inútil decir que los seres humanos deberíamos sentirnos satisfechos de tener tranquilidad; necesitamos acción, y, si no la encontramos, la creamos. Hay millones de personas condenadas a una sentencia más tediosa que la mía, y hay millones que se rebelan en silencio contra su suerte. Nadie sabe cuántas rebeliones, además de políticas, se fermentan entre los seres que pueblan la tierra. Se supone que las mujeres hemos de ser serenas por lo general, pero nosotras tenemos sentimientos igual que los hombres. Necesitamos ejercitar nuestras facultades y necesitamos espacio para nuestros esfuerzos tanto como ellos. Sufrimos de las restricciones demasiado severas y de un estancamiento demasiado total igual que los hombres. Demuestra estrechez de miras por parte de nuestros más afortunados congéneres decir que deberíamos limitarnos a preparar postres y tejer medias, a tocar el piano y bordar bolsos. Es imprudente condenarnos, o reírse de nosotras, si pretendemos elevarnos por encima de lo que dictan las costumbres de nuestro sexo.

Con estas palabras Jane expresa su desazón por verse obligada a permanecer de institutriz en Thornfield Hall sin poder salir a ver mundo, mientras los hombres viajan a su antojo. Y aunque se siente culpable porque sabe que muchos la considerarían privilegiada al haber alcanzado esa posición, no puede evitar que su naturaleza hable por ella. En este sentido Brontë plantea ideas muy interesantes, porque no se limita a presentar a Jane como una beata convencida o como una rebelde empedernida, algo muy común a la hora de plantear personajes femeninos incluso hoy en día. Bajo mi punto de vista va mucho más allá, porque ante todo presenta a Jane como un ser humano. Una persona que busca hallar, como hacemos todos, ese difícil equilibrio entre el placer terrenal y los propios principios, entre la felicidad y la ética, los sentidos y la razón. Y creo que el feminismo de esta novela (si es que se le puede llamar feminismo; no me gusta nada esa palabra) es muchísimo más poderoso que el de muchos movimientos actuales, porque nos traslada a la mente de una mujer real, de su época, maravillosamente bien construida, y nos muestra cómo en realidad no hay más que un solo tipo de personas: las humanas.

4. Los personajes

Ya lo he dicho en alguna otra ocasión, los personajes suele ser lo que más me interesa de una novela. Y aunque Jane Eyre me gusta por muchos motivos, tengo que decir que sus personajes me conquistan. En su gran mayoría son poderosamente novelescos al tiempo que humanos e imperfectos. Empatizas con ellos, incluso con los que te repugnan, porque entiendes qué clase de personas son. Lo que quieren, lo que buscan. El lenguaje de Brontë a través de los ojos de Jane ayuda mucho, puesto que pone gran cuidado en elaborar sus personalidades y hacerlos memorables, pero llega un punto en que cobran vida propia y sus son sus acciones las que hablan por ellos. De todos, sin embargo, los que más se recuerdan son la propia Jane Eyre, sus dos contrapartes masculinas (el señor Rochester y el clérigo St John Rivers) y la demente Bertha Mason.

Jane es el personaje principal y la narradora de la historia. Es una joven inconformista, aunque no rebelde por naturaleza, con una gran personalidad y curiosidad por el mundo. Ansía conocer gente y lugares nuevos, y siente que su vida de confinamiento por culpa de ser mujer y encima huérfana es una condena injusta. Lo más interesante de ella es que no se rebela contra su situación de manera manifiesta, sino que lo hace a través de su autodeterminación, y no dejándose nunca manejar por los demás. Aun teniendo que conformarse con lo que la vida le ha dado, es ella la que elige la manera de vivirlo. La opinión de Jane respecto a la posición de cada uno en el mundo queda muy clara en una conversación que tiene con el señor Rochester, su patrón en Thornfield Hall, cuando él la sorprende al disculparse por el tono autoritario y a veces hasta impertinente de sus órdenes.

―Entonces, en primer lugar, ¿está usted de acuerdo conmigo en que tengo que ser un poco dominante y brusco, exigente, incluso, por los motivos que he nombrado? Es decir, que tengo edad para ser su padre y he experimentado muchas luchas con muchos hombres de muchos países y he deambulado por medio mundo, mientras que usted ha vivido tranquila con el mismo grupo de personas en la misma casa.
―Haga lo que quiera, señor.
―Esa no es una respuesta: o, mejor dicho, es una respuesta muy irritante por lo evasiva; conteste claramente.
―No creo, señor, que tenga usted derecho a darme órdenes simplemente porque es mayor que yo o porque ha visto más mundo que yo; su pretensión de superioridad se basa en el uso que ha hecho de su tiempo y su experiencia.

Acto seguido Jane le recuerda que él le paga treinta libras al año por acatar sus órdenes y que es solo bajo esa premisa, y no otra, que ella está dispuesta a hacerlo. Y que ni siquiera por el salario estaría dispuesta a tolerar una humillación. Con esto Jane deja claro de manera implícita que en su opinión la libertad de elegir y la dignidad están por delante de cualquier otra cosa, ya sea el dinero o las convenciones sociales. En el libro Jane es el personaje que mejor equilibra juicio y pasión, porque aunque llega a enamorarse febrilmente nunca pierde de vista sus prioridades. También se nos presenta como una cristiana convencida, una mujer de su tiempo, que considera aceptable desafiar las leyes humanas y de Dios cuando las cree injustas, pero no está dispuesta a negar sus creencias. Esto queda patente cuando, a pesar del amor que siente, decide abandonar al señor Rochester antes que vivir con él sin estar casada.

El señor Rochester, por su parte, representa los placeres y vanidades terrenales. Es un hombre inteligente, culto y apasionado, pero que se deja llevar demasiado por sus sentimientos y, por despecho hacia una vida que cree que le ha traicionado, peca con frecuencia. De hecho, en su relación con Jane, es el que más inseguro y contradictorio se muestra, el que urde artimañas de seducción para ponerla celosa y el que busca más la compañía y el contacto humano. Jane intenta siempre mantener la calma con él, porque es prudente por naturaleza y porque es evidente que es la que más tiene que perder por su condición de asalariada y, sobre todo, por su condición de mujer. Él, sin embargo, desde el mismo momento en que se confiesan sus sentimientos, deja toda discreción y toda prudencia a un lado y se lanza sin pensar a sus pasiones. Jane entonces se ve obligada a pararle los pies, no porque no sienta lo mismo, sino porque no quiere que el amor le cambie ni dejar de ser ella misma. En este fragmento, por ejemplo, Jane se siente avergonzada ante la efusividad del señor Rochester y sus palabras de amor, que la ponen nerviosa, e intenta hacerle entrar en razón:

―Haré que el mundo también te reconozca como una belleza ―prosiguió, causándome gran inquietud por su tono, ya que me parecía que o se engañaba a sí mismo o me quería engañar a mí―. Vestiré de raso y encaje a mi Jane, y le pondré rosas en el pelo, y cubriré la cabeza que más amo con un velo que no tiene precio.
―Y entonces no me conocerá, señor, y ya no seré su Jane Eyre, sino un simio vestido de arlequín, o un arrendajo con plumaje prestado. Casi me gustaría más verlo a usted, señor Rochester, ataviado de cómico que a mí misma vestida de dama de la corte, y no le llamo guapo a usted, señor, aunque lo quiero muchísimo: demasiado para halagarlo. ¡No me halague usted a mí!

El señor Rochester es también, desde mi punto de vista, el personaje más divertido. Es un héroe byroniano: poco atractivo físicamente pero magnético, imperfecto y misterioso. Desprecia las convenciones sociales y busca su satisfacción personal incurriendo más de una vez en tendencias autodestructivas más que cuestionables. Sin embargo es también un hombre original, con ocurrencias que a veces rayan en lo ridículo. Se podría decir que tiene ideas de bombero. Y aunque en un principio se presenta como alguien voluble, cínico y mordaz, cuando se enamora demuestra ser un tipo sentimental, soñador e idealista. Una de mis conversaciones favoritas de Rochester es la que mantiene con Adèle, su pupila de ocho años, a raíz de la relación que mantiene con Jane.

Adèle le oyó, y le preguntó si había de ir a la escuela “sans mademoiselle”.
―Sí ―contestó―, desde luego “sans mademoiselle”, porque yo voy a llevar a mademoiselle a la luna, y buscaré allí una cueva en uno de los blancos valles en medio de los volcanes, y allí vivirá mademoiselle conmigo y solo conmigo.
―No tendrá nada que comer; la matará de hambre ―comentó Adèle.
―Yo iré a recoger maná para ella mañana y tarde, pues las llanuras y colinas de la luna están cuajadas de maná, Adèle.
―Querrá calentarse; ¿qué utilizará en vez de fuego?
―Hay fuego en las montañas de la luna; cuando tenga frío, la llevaré a una cima y la tumbaré en el borde de un cráter.
―”Oh, qu’elle y será mal… peu confortable!”. Y sus ropas se desgastarán. ¿Dónde encontrará ropas nuevas?
El señor Rochester se confesó perplejo.
―¡Mm! ―dijo―. ¿Qué harías tú, Adèle? Hurga en tu cerebro en busca de una solución. ¿Qué tal te parece una nubecilla blanca y rosada como vestido? Y se podría hacer un bonito echarpe con un arco iris.
―Está mucho mejor tal como está ―concluyó Adèle, después de pensarlo un rato―, además, se cansaría de vivir sola con usted en la luna. Si yo fuera mademoiselle, nunca consentiría en ir con usted.

El tercero en discordia, St John Rivers, es primo hermano de Jane y clérigo en una parroquia modesta en un pueblo industrial. Es exactamente lo opuesto al señor Rochester: un hombre frío, moralista y tremendamente ambicioso, decidido a sacrificar su felicidad y su salud por lo que considera una causa justa, por la obra de Dios. Donde Rochester hace oídos sordos a Dios y sus leyes para encontrar una migaja de felicidad, St John hace precisamente todo lo contrario, negándose cualquier placer por nimio que sea en favor de su causa. Es el personaje que representa la fría razón, que antepone su carrera y sus logros a todo, incluso al amor. Así se describe a sí mismo:

― {…} Soy, sencillamente, en estado natural, desprovisto de la túnica sangrienta con la que la cristiandad cubre las deformidades humanas, un hombre frío, duro y ambicioso. De todos los sentimientos, el único que posee un poder duradero sobre mí es el afectgo natural. La Razón y no el Sentimiento es mi guía, tengo una ambición ilimitada y un deseo insaciable de elevarme por encima de los demás y superarlos. Venero la resistencia, la perseverancia, la industria y el talento porque son los medios con los que los grandes hombres logran grandes fines y consiguen la mayor eminencia.

Por su parte Jane le tiene aprecio, pero cuando él le propone matrimonio tiene que negarse porque no le ama, y sabe que él a ella tampoco. No puede amar a un hombre tan frío y calculador, cree que estar a su lado para siempre la mataría, y así se lo dice. Por supuesto St John se enfurece y nunca se lo perdona, pero una vez más Jane ejerce su poder de decisión. Porque igual que rechaza la excesiva laxitud de Rochester con la moral, refuta el envarado comportamiento de St John y su inexorabilidad. La felicidad terrenal tiene un valor evidente para Jane mucho más allá de los propios deberes y el propio orgullo.

De esta manera Brontë utiliza a Rochester para argumentar que una negación extrema de los valores cristianos y la moral solo puede acarrear desgracia y marginación, y a St John para esclarecer que, si bien ignorar las leyes divinas es peligroso y poco recomendable, tampoco es sensato ni juicioso despreciar los placeres mundanos por su causa.

Por último, Bertha Mason es quizá el personaje que mejor refleja la condición de Charlotte Brontë como una mujer de su época. Bertha es una mujer demente que causa estragos por las noches en Thornfield Hall, y que permanece confinada bajo vigilancia constante por orden del señor Rochester. Aparece muy poco, pero sus breves apariciones son tan contundentes que es imposible olvidarlas. Bertha acarrea tras de sí el drama, la violencia y la muerte. Hija de una criolla y un inglés, es inglesa nacida en Jamaica, aunque su raza no queda del todo clara. Brontë la describe como una mujer “pálida como la luna” y de “larga cabellera negra y enmarañada”. Sin embargo asocia su demencia y su alcoholismo, además de otros vicios carnales, a la rama materna de su familia, es decir, a la rama criolla. Brontë manifiesta en la novela la desconfianza propia de la época hacia todo lo no inglés en repetidas ocasiones a través de las opiniones de Jane, y el hecho de que el personaje más degenerado y triste del libro sea una mujer criolla se ha achacado muchas veces a la visión que se tenía por aquel entonces de los colonos. Sin embargo también es cierto que Brontë tenía un gran conocimiento de las colonias inglesas, y sentía interés por su gente y su forma de vida. El hecho de que Bertha Mason sea una mujer criolla es, en opinión de algunos, una respuesta furibunda de Brontë hacia la comparación que hacían muchos escritos de la época entre las mujeres esclavas de raza negra y las libres de raza blanca para establecer la dominación masculina.

Bertha Mason es el personaje más extraño y misterioso del libro, y sale indudablemente malparado ya que, al ser una enferma mental, nos es imposible conocer su punto de vista y tenemos que conformarnos con el perfil distorsionado que Rochester hace de ella. Quizá es por esto mismo que Jean Rhys escribió en 1939 la novela Wide Sargasso Sea, que relata la vida de Bertha desde que es una niña en Jamaica hasta los últimos acontecimientos de Jane Eyre en Thornfield Hall. En este libro Rhys plantea una interesante versión de los hechos, en la que Bertha aparece como una víctima de la intolerancia, la tiranía y los prejuicios hasta el punto de llegar a caer en la locura.

5. Sexualidad

Cuando leí Jane Eyre me sorprendió la naturalidad con la que trata las relaciones entre hombres y mujeres y la cantidad de contacto humano que buscan sus protagonistas. Aunque como cualquier novela del momento no es explícita en cuanto al sexo, los personajes se besan y acarician con frecuencia, se hablan apasionadamente y sucumben a veces ante la intensidad de sus sentimientos. También se mencionan repetidas veces los vacuos escarceos amorosos del señor Rochester por Europa, e incluso él mismo llega a dar un perfil bastante cumplido de cada una de sus amantes en un momento dado. Precisamente las relaciones entre los diferentes personajes es una de las cosas que más me gustan de este libro. La sensibilidad con la que Brontë describe los sentimientos humanos y la intensidad con la que plasma esa lucha interna entre cuerpo y mente me fascinan. Uno de mis soliloquios favoritos es el siguiente, en el que el señor Rochester, roto por la desesperación, se debate entre dejar marchar a Jane o forzarla contra su voluntad:

―Nunca ―dijo, apretando los dientes―, nunca ha habido nada tan frágil e indomable al mismo tiempo. ¡Si parece un junco en mi mano! ―y me sacudió con la fuerza de sus brazos―. Podría doblarla con el dedo y el pulgar, ¿pero de qué me serviría doblarla, romperla, aplastarla? Piensa en esos ojos, en el ser resuelto, feroz y libre que mira por ellos, desafiándome con algo más que valor: con un triunfo inflexible. Haga lo que haga con la jaula, ¡no puedo alcanzar a la criatura salvaje y bella de dentro! Si rompo la débil prisión, mi cólera sólo dejará en libertad a la cautiva. Podría conquistar la casa, pero su ocupante se escaparía al cielo antes de poseer yo su morada de barro. Y es a ti, espíritu, con tu voluntad y energía, tu virtud y tu pureza, es a ti a quien quiero, no sólo tu débil cuerpo. Por ti misma, podrías acudir volando contra mi corazón, si quisieras. Tomada contra tu voluntad, te escaparás de mis brazos como una esencia, te esfumarás antes de que aspire tu fragancia.

En resumen Jane Eyre es un libro intenso, lleno de personajes apasionados, de vida y de momentos memorables. Pero si tengo que elegir un solo motivo para explicar por qué disfruto tantísimo leyéndolo quizá diría que es porque Charlotte Brontë tiene la extraña capacidad de hablarme en mi propio idioma. Esta mujer, que vivió hace casi 200 años en otro país, consigue con transmitir mediante palabras todas esas cosas que yo misma he pensado y sentido respecto a la condición humana pero que a menudo no he sabido expresar. Es más, hay muy pocos fragmentos en el libro que no me interesen o me aburran, porque a veces siento que la voz de Jane (las cosas en las que se fija, sus valoraciones sobre la gente, sus pequeños placeres banales) es la mía propia. Tan identificada me siento con este personaje imaginario que es terminarme el libro y sentir ganas de volverlo a empezar, aun sabiéndome de memoria todo lo que ocurre.

Y tengo que decir que si me preguntaran cuál es mi entretenimiento favorito no diría que leer, porque sería mentira. No tendría más remedio que confesar que si hay algo que me gusta más que leer un buen libro en esta vida eso es, precisamente, la gran alegría de poder releerlo.