Be woman, my friend

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Llevo unos días que no paro de encontrarme gente escribiendo y opinando en Internet (hombres, mujeres, indefinidos) sobre temas de género. Ya sabéis, que si las chicas sois tal, que si los chicos cual, que si esta serie está sobrevalorada porque no representa la feminidad como pretende, que si la ficción es sexista y poco realista en los roles que plantea y blablabla. Me resulta difícil especificar un tema, autor o artículo concreto porque creo que se trata más de una nube de información en mi cabeza que de un algo determinado, pero lo cierto es que de tanto leer las opiniones de unos y de otros y ver que, en general, están tan alejadas de mi manera general de percibir, sentir e idear el mundo, he llegado a una conclusion: el género como etiqueta es una herramienta útil a la hora de organizar el mundo, pero muy mal gestionada.

Relax. Esta no va a ser una entrada feminista reivindicando mi mundo interior como mujer ni shit like that porque eso no me interesa (o porque hoy no estoy de ese humor, que también podría). Lo que busco es reflexionar un poco sobre por qué las mujeres de hoy en día tenemos tal cacao mental sobre nosotras mismas que al final ya no sabemos ni dónde catalogarnos y, lo que es peor, creyéndonos rompedoras incurrimos en prácticas abusivas hacia otras mujeres por el mero hecho de que no encajan en nuestro esquema de lo que una mujer moderna debería ser.

Por poner un ejemplo práctico: he aquí una entrada de blog de una supuesta feminista que me dejó anonadada. Básicamente se dedica a poner a caldo a Valèrie Tirerweiler, ex Primera Dama francesa, por no haber mantenido la calma cuando se enteró de que su marido le ponía los cuernos delante de todo el país y permitirse el lujo de sufrir una crisis nerviosa. Según su punto de vista, ese tipo de comportamiento tan sólo refuerza la idea pasada de moda de que las mujeres somos unas “histéricas” y unas “flojas”, cuando en realidad somos fuertes y debemos obligarnos a mantener la calma. Para empezar, resulta bastante irónico que sea ella misma la que cataloga de histérica a Tierweiler, reforzando así ella misma la noción que intenta rebatir. En segundo lugar, sus exigencias hacia esta mujer humillada y emocionalmente maltratada son tan reaccionarias como las ideas que tanto parecen molestarle. La autora se esfuerza mucho en recordarnos que las mujeres no necesitamos para nada a los hombres (osado pero engañoso) y que, si nos ponen los cuernos, tampoco pasa nada porque nos tenemos a nosotras mismas. Lo que parece olvidar esta muchacha (tanto ella como varios de los energúmenos que nos deleitan más abajo con sus comentarios), es que para empezar este nunca fue un asunto de género, sino más bien un problema de confianza. El dolor de una traición, de un compromiso roto, de una decepción, es igual de terrible para hombres y mujeres, tanto más si están enamorados, y poco o nada tiene que ver con la cursi flojera emocional que tanto parece molestarle a la autora. Si alguien te miente te va a doler, sea tu marido, tu amigo o tu casero. Si lo hace delante de todo un país, durante varios años, te duele más. Y si supone la tuptura de tu mundo, de tu ritmo de vida, de lo que eres o creías que eras, pues más todavía. En cuyo caso es normal desfallecer. En cuyo caso, da igual qué tipo de genitales tengas y si tus cromosomas son XX o XY, porque te va a joder igual. Y por lo tanto, juzgar está fuera de lugar.

Pero ahí reside el quid de la cuestión: las personas juzgamos, y las mujeres más. No solo a los hombres, también nos juzgamos unas a otras sin piedad. Es un vicio que tenemos muy arraigado, ya sea de origen social o biológico, y que no me importa admitir porque me parece que es verdad. No es algo que hagamos necesariamente con fines destructivos, pero no podemos evitarlo. Sacamos conclusiones, buenas o malas, mirando cómo viste la gente, cómo anda, lo que dice, cómo lo dice, etc. Quizá porque somos más receptivas al lenguaje en todas sus expresiones, o quizá porque es una manía aprendida, no lo sé, pero ahí está. Y por supuesto, nos juzgamos a nosotras mismas. Nos miramos al espejo y nos preguntamos por qué no tenemos ya un trabajo, un sueldo estable, un novio, una casa, un coche, la cinturita de Audrey Hepburn o los Pómulos de Jennifer Lawrence. Nos preguntamos por qué nunca terminamos ese libro, por qué aún no hemos compuesto esa canción, y si es normal que nos den asco los niños y en especial los bebés. Lo cual nos lleva en cierto modo al fondo del asunto: la palabra “normal”.

¿Y qué es normal? Digo yo que esta debe ser la pregunta más vieja desde que el hombre aprendió a vivir en sociedad. En realidad es una pregunta sin respuesta, porque la gente nunca es normal, solo lo aparenta. Lo que quiero decir es que no hay un solo ser humano vivo que encaje al 100% en la norma que su sociedad ha inventado para él. Porque de ahí viene la palabra “normal”, adjetiivo referido a lo que encaja en la norma. Yo siempre he tenido muy claro que no encajo en la norma, algo que no creo que sea especial, ni siquiera original, puesto que como ya he dicho creo que nadie lo hace. Pero tener conciencia de esas diferencias y, más peculiar aún, aceptarlas y protegerlas desde pequeña, me ha dado siempre más de un problema. Durante mucho tiempo me preocupaba no ser una “chica normal”.

De pequeña no era un tema que me agobiara. Por ejemplo, prefería disfrazarme de héroe a ser la princesa, y como los héroes siempre eran chicos pues nunca iba de chica. No había un motivo detrás de esto más allá de que los héroes eran los que llevaban la espada, el arco y todo eso, que a mí me parecía lo más porque te daba sensación de poder y de estar a punto de embarcarte en una aventura sin igual. Los vestidos de princesa pues no eran más que eso… vestidos. Y esos ya los llevaba todos los días (y me flipaban igual, con muchos lazos). Con los muñecos, jugar a papás y mamás y cosas así tres cuartos de lo mismo. Me parecían un rollo. A mí me gustaba jugar como si estuviera dentro de un libro y todo pudiera pasar. Con un muñeco con forma de bebé sólo podías hacer dos o tres cosas: arroparlo, darle de comer, dormirlo… no había magia y el desarrollo del juego era tan predecible que no me interesaba para nada. Prefería mil veces pasarme la tarde leyendo, jugando a videojuegos o corriendo con una pistola por dentro de casa. Ahora, los peluchas me encantaban porque eran blanditos y supercucos y los quería abrazar.

Me acuerdo que un día, con cinco años o así, pensé que prefería ser un chico a una chica. Supongo que miré a mi alrededor y vi a los chicos divirtiéndose con gamberradas y haciendo el bruto y a las chicas con sus vestiditos jugando a papás y a mamás y pensé que me había tocado el bando aburrido. Al año siguiente los chicos descubrieron el fútbol, que me parecía lo peor de coñazo, y no hacían otra cosa. Entonces pensé que ser chico era igual o más aburrido que ser chica y se me reequilibró el karma. Aunque me di cuenta de una cosa: no encajaba en ninguno de los dos lados tal y como me los estaban presentando. Como era pequeña, lejos de agobiarme, esto me hizo pensar: soy superguay. Y me reafirmé en mi cabezonería de llevar la contraria.

Fue en la adolescencia cuando empezaron los problemas que he venido arrastrando hasta hoy. Como para cualquier otro ser humano, encajar es algo importante para mí. Yo era una adolescente inencajable, y la gente no ayudaba. Estuvieron muchos años empeñados en hacerme “entrar en razón”, que debía interesarme más por ir guapa, por los chicos, las compras, ser femenina y esas mierdas. Yo estaba firmemente convencida que tocar el piano, leer a Tolkien y a Dumas y saber un montón de manga y videojuegos era muchísimo más cool que comprar trapitos, pero al parecer la sociedad opinaba lo contrario. Un adulto llegó a decirme con todas sus letras “mira que eres rara”, algo que entonces me desubicó muchísimo y que agradecería que se hubiera ahorrado. Porque la idea de destacar y llamar la atención por mis rarezas me aterraba.

Lo curioso es que con el tiempo dejaron de darme la brasa y entonces descubrí por mí misma que hay muchas “cosas de chicas” que me encantan, comprar trapitos inclusive. Se ve que conforme te haces adulto adquieres la capacidad de mirarte a ti mismo con un filtro de realidad, aceptarte e incluso reírte de tus flaquezas. He aprendido que conocerse a uno mismo es la herramienta más poderosa que tenemos las personas para evitarnos este sufrimiento normalizador que no nos aporta nada más allá de simplificar nuestros juicios de valor hasta la imbecilidad.

Así que sí, me revienta encontrarme con artículos feministas que insisten en decirle a una mujer lo que debería ser o dejar de ser. Me revienta encontrarme personajes femeninos en la ficción que no sólo no se acercan ni por asomo a una mujer real (lo que yo soy), sino que pretenden hacer creer a la humanidad que eso es a lo que debemos aspirar. Me molesta que llenen los videojuegos de explosiones gratuitas y perazas neumáticas asumiendo que el público objetivo es masculino, cuando yo soy una consumidora habitual. Me irrita encontrarme con mujeres que critican a otras por no ir depiladas o ser sexualmente muy activas. Son prácticas excluyentes que se suman poco a poco y acaban por crearte cacao mental sobre lo que es y lo que no es, lo que está bien y lo que está mal. Y entonces tienes que volver a mirarte de puertas para adentro y pensar: ¿y qué mierdas importa lo que digan estos gilipollas? YO soy una mujer, y sé lo que ES una mujer.

O puedes ver una película como Frances Ha y recordar que ahí fuera, en algún lugar, hay gente que también lo sabe y está dispuesta a contarlo.

Gracias, A. por recomendarme la peli 😉

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El momento creativo

img_blog2Hace tiempo que quería escribir algo relacionado con la creatividad y lo extraño que resulta, si se analiza objetivamente, ese impulso que sienten algunas personas y que les impele a materializar, de una manera o de otra, el mundo que llevan dentro. Me refiero a las personas creativas, un grupo heterogéneo entre el que humildemente me incluyo, compuesto de seres que si bien pueden ser totalmente dispares entre sí, comparten un rasgo fundamental: la necesidad de dar forma a aquello que imaginan para convertirlo en algo accesible a otros seres humanos.

Hace poco leí un artículo relacionado con el tema, específicamente sobre la fiebre del escritor. Como soy muy fan de los por qués y de los cómos pero del todo indiferente hacia los quiénes, los cuándos y los dóndes, no recuerdo ni de quién era el artículo, ni de cuándo era, ni dónde lo leí. De nada. Pero sí que recuerdo perfectamente la idea que transmitía y que, por cierto, era muy interesante: el autor defendía que un escritor de pura cepa no escribe porque le guste escribir, sino porque necesita hacerlo. Igual que los antiguos griegos definían ese momento especial en que la mente se abre y necesita vomitar lo que lleva dentro como “el rapto de las musas”, nosotros, en al actualidad, no podemos dejar de asombrarnos ante la elección que hacen algunas personas de dedicar horas y horas de un tiempo valioso e irrepetible, a la pura e incluso dramática soledad de la creación.

Yo misma no puedo responder nada coherente cuando la gente me pregunta que por qué me gusta escribir. O dibujar. O tocar el piano. O todas las cosas absurdas que hago sin órdenes ni metas, que consumen gran parte de mi día y que están únicamente orientadas a saciar la necesidad de sacarme ideas de la cabeza. Es como cuando alguien se asombra de que te guste leer. Es imposible explicarle qué tiene de bueno pasar horas en soledad, embebido en el mundo de otra persona, en algo que a priori debería parecernos del todo ajeno y resultarnos indiferente. Pero resulta que no lo es. Y es ahí, precisamente, donde se halla el quid de la cuestión.

El ser humano es un ser social, eso es algo que sabe todo el mundo. Desde sus primeros y torpes pasos bípedos, nuestra especie ha buscado maneras cada vez más sofisticadas de comunicarse ocn el otro. Al principio con un fin meramente utilitario: la supervivencia. Con el tiempo, con un objeto mucho más vano e insignificante que, sin embargo, motiva prácticamente todo lo que hacemos y decimos: el de hacernos oír. La naturaleza nos ha dotado con la capacidad de inventar, de tomar cosas del mundo que nos rodea, pasarlas por la conctelera de nuestro cerebro y sacar nuevas conclusiones. Nos ha dado algo que es inherente a nosotros y probablemente único entre los seres vivos: la imaginación. Tenemos pues ya los dos ingredientes principales que propician el momento creativo: la capacidad de imaginar y la necesidad de contarlo. Y añadiría incluso un tercer factor que no es para nada desestimable: la sed de información del que está destinado a escuchar (o leer) lo que decimos.

Las personas creativas, desde mi punto de vista, tienen hiperdesarrolladas las dos primeras cualidades. Su inquieta imaginación no les da tregua, y a menudo viven más embebidas en su propio mundo interior que en el exterior, porque su mente no puede evitar fantasear con la información que obtiene del entorno. Al mismo tiempo, todo lo que imaginan les quema dentro, y necesitan sacarlo porque de lo contrario tienen la sensación de no terminar lo empezado, de estar desaprovechando un tremendo potencial. Así se produce el momento creativo: el instante en que una persona se lanza a escribir, pintar, componer, esquematizar o esbozar, no porque le apetezca o quiera o le guste, sino porque lo necesita de la misma manera que necesita comer, dormir o tener sexo.

Así que la próxima vez que alguien me pregunte “¿pero como te puede gustar escribir?” le responderé que para mí lo sorprendente no es que yo lo haga, sino que los demás puedan vivir sin hacerlo.

Sing the song, Vern

Pauler cantando

Ultimamente ando muy musical. Los que me conocéis probablemente ya sabréis que la música es una de mis grandes pasiones. Desde pequeña toco el piano, canto en un coro, estudio solfeo y todas esas cosas renacentistas que a los padres les encanta que hagan sus hijos. Hace ya años que no doy clase de nada de esto porque yo en cuanto algo deja de divertirme lo aparco sin contemplaciones. Lo que no quiere decir que deje de hacerlo, simplemente dejo de insistir en mejorar para poder dar cabida en mi cerebro a otras cosas nuevas. Lo cierto es que, a base de ser un culo de mal asiento, he conseguido picotear de aquí y allá hasta convertirme en un estrafalario cóctel de aficiones entre cursis y jactanciosas de las que me gusta hacer gala de vez en cuando. Por ejemplo en este post.

La música es una de esas aficiones. Paradójicamente nunca he tenido la curiosidad suficiente como para ponerme en serio y descubrirla. A ver si nos entendemos, para mí la música ha sido una constante en la vida desde muy pequeña. Me ha gustado siempre, la he estudiado y he vivido rodeada de música, pero no ha sido hasta muy mayor que me he dado cuenta de que en realidad la música es algo excepcional. Algo realmente mágico, con un gran poder, y difícil de hacer bien. Y es entonces cuando he empezado a disfrutarla de verdad, intentando mejorar mis limitadas dotes al piano, buscando grupos y autores nuevos para escuchar (alabado sea Spotify), procurando entender la lógica detrás de cada pieza (¿es mayor? ¿Es menor? ¿Bebe del blues o del folk? ¿De qué década es? Y tal y cual).

Todo esto nos lleva a mi pasión por el canto y al último proyecto absurdo al que me he sumado sin dudar. La cosa es que hacía ya tiempo que estaba un poco picadilla con eso de echar de menos el coro. Lo dejé por agotamiento, pero nunca he dejado de cantar, aunque sea en la ducha. Y en una de estas, una gran amiga mía que se dejó el coro casi a la vez que yo y que ahora ha vuelto por estar también picadilla, supongo, me llamó y me ofreció cantar en una boda por un sueldecillo risible. Ella, otra amiga y yo. Soprano1, soprano 2 y contralto. Así de risas. Y sin pensármelo mucho dije que sí. A ver, es una gran responsabilidad, y siendo solo tres no vale eso de “ya afinará el de al lado las partes chungas”. Pero coño, es que suena tan DIBERTIDO.

Bueno, de esto hace ya un mes. Hemos ensayado unas cuantas veces y la cosa va más o menos, aunque aún no nos sale todo bien. Pero como la boda es en octubre hay tiempo. Ah, y ayer dimos un recital en casa de la novia para que escucharan las canciones y tal y nos amaron. Aunque por supuesto, no tienen ni idea de música. Si la tuvieran nos habrían echado tomates al segundo de perderme en mi voz y no conseguir terminar la primera canción. En nuestra defensa diré que el Ave María de Schubert sale decente, que la solista lo peta y que la compi que hace de pianista lo toca de muerte.

Ah, y me tengo que aprender la marcha nupcial al piano para rockear the party después de eso de “podéis ir en paz”. Al igual me la grabo y hago playback, por si los sudores fríos. No puede una estropearle la marcha nupcial a nadie sin merecer pena de muerte lenta. Es mi modesta opinión.

P.D: como todo tiene un origen, he aquí el del título de mi post.