Los ofendidos

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He oído decir y he leído a menudo, últimamente cada vez más, que vivimos en la cultura de “los ofendidos”. Seguro que sabéis a qué me refiero porque por fuerza lo habéis tenido que escuchar vosotros también. Humoristas, periodistas, escritores, creadores de opinión, tendencia y discurso de todos los colores bromean con esto a menudo en redes sociales y medios de comunicación. Que ya no se puede decir nada, que es imposibe manifestar una opinión inocente sin que se te llene el Twitter o el Facebook de radicales enfadados y que estamos perdiendo la perspectiva porque no se le pueden poner límites al humor.

Bueno. La verdad es que podría ponerme a reproducir este discurso convencional y ahorrarme muchos caracteres, porque para qué insistir en lo que ya han dicho otros antes que yo, pero no lo voy a hacer. No puedo hacerlo porque hace ya bastante tiempo que reflexiono sobre este tema y creo que desde un análisis algo más profundo podríamos aprender todos mucho más, tanto “ofendidos” como “políticamente incorrectos”.

A la cuestión de la incorrección política ya volveré luego, que trae cola. De momento voy a intentar desarrollar una idea que creo que es central cuando hablamos de los ofendidos y que nadie menciona nunca: la idea de contexto. No se puede intentar entender una tendencia social sin fijarnos en la realidad que nos rodea. A día de hoy, mediados de 2018, vivimos en un mundo donde todos estamos mucho más expuestos porque, de hecho, nos exponemos voluntariamente en las redes sociales. Compartimos vivencias, ideas, bromas, opiniones. Lo hacemos porque sabemos que hay alguien al otro lado, alguien que escuchará, y porque esperamos un feedback.

En una era donde todos estamos conectados lanzar mensajes al vacío ya no es una opción. Pero muchas de las personas que se sorprenden de que sus mensajes no sean siempre bien recibidos por todo tipo de gente parecen no darse cuenta de que las redes sociales funcionan en dos direcciones. Esto añade a la comunicación de masas un factor revolucionario: nuestros receptores ahora son interlocutores. También tienen la posibilidad de hacerse oír.

Si nos detenemos un momento a pensar nos daremos cuenta inmediatamente de que esto nunca antes había pasado. Los espacios mediáticos eran, hasta hace apenas dos décadas, bienes escasos y muy codiciados. Solo los elegidos podían acceder a un altavoz desde el que lanzar sus mensajes. Académicos, periodistas, estrellas, todos ellos tenían asegurado su micrófono por encima del resto de nosotros, pobres mortales, que solo podíamos limitarnos a escuchar y a reproducir o descartar sus puntos de vista en el ámbito privado. Pero ahora resulta que no solo ellos pueden acceder a una vía de comunicación de masas, ahora también tú puedes hacerlo. Y contigo puede acceder tu vecino Juan, su hermana Carlota y la abuela de tu amigo el de Cantavieja.

¿De verdad creíamos que este nuevo modelo, revolucionario en todos los sentidos, no iba a acabar por influir en los mensajes y en cómo se reciben? La idea de que podemos seguir funcionando como antes, lanzando mensajes a un hipotético vacío donde siempre van a ser bien recibidos y nos va a llegar un feedback filtrado y seleccionado es bastante ridícula. Toda opinión suele venir acompañada de una réplica. Si te pones a opinar delante de miles de personas, ¿qué esperas, sino miles de réplicas? Y si ya habías contemplado esto, ¿por qué das por sentado que todo lo que te digan debe ser, no solo ya bienintencionado, sino acorde a tu modo de pensamiento?

A menudo veo quejas de que “la gente ya no aguanta nada” pero sinceramente, creo que es una manera totalmente equivocada de enfocar esta cuestión. La gente aguanta exactamente lo mismo que aguantaba antes solo que ahora, si no está de acuerdo contigo o directamente le irrita tu postura, tiene medios para hacértelo saber. ¿Quiere esto decir que toda réplica, por mala que sea, es válida y por tanto deberíamos darle crédito? Por supuesto que no. De hecho, esta pregunta nos lleva al siguiente punto que quería tratar: el del mensaje y la responsabilidad social.

Puede que a algunas personas les sorprenda lo que voy a decir a continuación pero creo firmemente que, en función de dónde procedan las quejas, se les debería otorgar más o menos crédito. Y cuando digo dónde también quiero decir quién. Voy a poner un ejemplo manido pero fácil de entender: no es lo mismo que un montón de gente negra, que ha tenido que sufrir lo inimaginable solo por el mero hecho de existir en una sociedad que las racializa y margina, proteste ante el chiste racista de un nazi que que ese mismo nazi se queje de la opinión de una persona negra que reclama derechos que le son sistemáticamente negados. No es lo mismo, no puede serlo y no lo será nunca.

Equiparar al nazi, cuya ideología es activamente dañina y resulta en asesinatos, con las víctimas de esa misma ideología bajo un término paraguas como “ofendidos” es tremendamente reduccionista e irresponsable. Y lo peor es que lo hacemos a todas horas, muchas veces sin darnos cuenta.

El ejemplo que he puesto es muy extremo porque en el momento que leemos la palabra “nazi” se nos encienden todas las alarmas. Pero la realidad es mucho más sutil y engañosa. A veces nos encontramos con un montón de opiniones negativas por un chiste que nos parece aparentemente inocuo y, por mucho que nos expliquen por qué no es tan inocente, no podemos comprenderlo. En estas ocasiones es cuando hay que mirar a nuestros interlocutores: si la gente que protesta lo hace porque ve vulnerado algún derecho propio o ajeno, lo menos que podemos hacer es escuchar y pararnos a pensar. Puede que no lo entendamos en ese momento, incluso que no lleguemos a entenderlo nunca, pero siempre será mejor que quejarse de “lo mucho que se ofende la gente”. Porque por mi experiencia, las personas que te piden más considertación y empatía a la hora de manifestar tus opiniones suelen tener razón.

Personalmente, tengo mucho  que agradecer a gente que, cuando dije algo problemático o defendí una postura equivocada, tuvieron la paciencia y los arrestos de llevarme la contraria y explicarme por qué no podían estar de acuerdo con mi postura. Gracias a eso he crecido como persona y he aprendido a distanciarme de mis propios prejuicios a la hora de comunicarme con otras personas. Y de verdad os lo digo, esto me ha hecho más libre y más feliz.

Sin prejuicios se vive mejor, de verdad os lo digo. Los prejuicios son lo que generalmente te va a llevar a enrocarte en tu postura y a descartar cualquier opinión que choque frontalmente con ellos. Es más, los prejuicios que tenemos sobre otras personas distorsionan también la imagen que tenemos de nosotros mismos y nos llenan de miedos. De hecho, son muy peligrosos porque normalemente son invisibles para el que los esgrime. Solo una postura firme y desafiante de otra persona puede volverlos visibles para ti, y te hace capaz de derribarlos. Por eso ya no me molesta que la gente se ofenda. En todo caso me preocupa y me hace pensar.

Podría acabar el texto aquí, con esta nota buenrollista y casi de autoayuda, pero voy a seguir un poco más porque tengo alguna que otra cosa que decir sobre los límites del humor. Os voy a decir una cosa: el humor tiene límites, por supuesto que sí. Pero es que todo derecho tiene sus límites donde empiezan los derechos y libertades del otro, y la libertad de expresión no es una excepción a esta regla. Si haces una broma de mierda (perdón por la expresión) sobre gente en silla de ruedas y alguien en silla de ruedas te dice que te calles, pues gual te has extralimitado ejerciendo tu derecho a expresarte. Aunque no fuera tu intención ofender, en serio. No vale decir “era broma” y convertir tu metedura de pata en un problema ajeno. Los derechos vienen con responsabilidades, y en la vida cuando uno la caga tiene que pedir perdón. Y no hay más.

A lo mejor algunas personas al leer esto pensarán que es imposible hacer humor sin ofender y molestar a alguien, pero no es así. ¿Qué es difícil? Claro. El humor es una herramienta poderosísima, pero nadie dijo que fuera fácil de usar. Si tu humor consiste en hacer chistes de negros y gays el 80% de veces que abres la boca para decir algo “gracioso” pues tengo una mala noticia: lo que haces no es humor.

El humor requiere empatía. Si te ríes de otros, lo que haces es ser irrespetuoso y hacerte gracia a ti mismo o a ti misma. Y no, no es humor negro: el humor negro se ríe de tragedias universales, que incluyen a muchos de los interlocutores y siempre a la persona que hace la broma. Hacer un chiste sobre funerales, porque a todos nos va a tocar algún día esa movida, es humor negro. Hacer un chiste sobre cojos cuando tú no eres cojo ni vas a experimentar nunca ese impedimento no es hacer humor negro: es reírte de los cojos desde una posición privilegiada. Lo cual tiene sus problemas y está feo en general, así que sí, probablemente ofendas a mucha gente. Pero es que lo buscabas un poquito, ¿no? No lo niegues.

Que sí, que a todos nos tienta a menudo subirnos a nuestro pedestal de superioridad moral y decirles a los demás que tienen que respetar la libertad de expresión y que no aguantan nada, que total era una broma sin mala intención. Pero el humor no va de ser superior ni de disfrutar con la irritabilidad ajena. Eso es sociopatía, Manolo. El humor va de coger lo injusto, lo mundano, lo tedioso, lo universal, lo concreto, lo bueno, lo malo, lo propio, lo ajeno y hacerlo un bien compartido. El humor es una herramienta crítica y donde mejor funciona es ejercido contra el sistema y contra las ideas. Por eso se ejerce siempre con las personas y nunca contra ellas.

De hecho, alguien me dijo hace tiempo que las personas son las que tienen derechos, no las ideas. Por eso reírse de una religión o de un sistema pollítico, o de una economía o de un orden social o de una película o un libro no es problemático. Ofenderás a mucha gente, sí, porque la gente defiende sus esquemas mentales a muerte. Pero no tendrán razón.

De hecho, suele haber polémica cuando se hace humor con figuras religiosas por esto mismo. Pero es que aquí sí que voy a romper una lanza por los humoristas: si te ofendes porque alguien se mete con tu libro favorito, no tienes razón. De verdad que no. La tendrás cuando alguien se meta contigo por leer ese libro concreto, o si se meten contigo por profesar una fe determinada. Pero si yo digo “me cago en Dios” y eres creyente no puedes reprocharme nada, porque “Dios” es una idea y no tiene derechos. Y no estoy vulnerando ningún derecho tuyo por no compartir tus ideales. Así que si eres de los que se ofenden cuando alguien critica su videojuego favorito pero te hace gracia reírte de las personas trans, tengo una mala noticia para ti: no tienes razón y en algún momento de tu vida te hiciste la picha un lío. Revisa tus prioridades, Catalina.

Por último, la incorrección política: no sé por qué motivo ni razón esta expresión se ha vuelto cada vez más popular para describir a gente que, directamente, se comporta mal con los demás. Ser políticamente incorrecto solía tener un sentido subversivo. Se usaba para hacer referencia a actos y corrientes de opinión que desafiaban el orden establecido y buscaban disrupción en el pensamiento imperante. Hoy en día la gente la usa para describirse a si misma cuando una de sus actividades cotidianas es insultar a los demás. De verdad, no habéis entendido nada.

Os voy a explicar por qué cuando te ríes de los colectivos mal llamados minoritarios como mujeres, homosexuales o personas trans no estás siendo políticamente incorrecto. Mira, el sistema ya se encarga de machacar a estos colectivos continuamente desde las instituciones. Se les niegan espacios, visibilidad, voz, trabajo, libertad, todo lo que imagines que se le puede negar a una persona en una sociedad aparentemente organizada. Y lo que tú haces cuando te metes con ellos es dar la razón al sistema. Así que no estás siendo ni subversivo, ni insurrecto, ni interesante siquiera. Estás siendo puñeteramente convencional a costa de comportarte, para colmo, como una mala persona.

De verdad, si quieres meterte con los demás, adelante. Por suerte nadie te va a meter en la cárcel por hacer un par de bromas desafortunadas (a no ser que sean contra el sistema, en cuyo caso te pueden caer seis años por cantar un rap. ¿Ves lo que es incorrección política?), pero no esperes que la gente anule su derecho a réplica porque tú eres especial y políticamente incorrecto y solo unos pocos elegidos entienden tu humor. Lo entendemos todos Ricardo Antonio, no eres tan listo: lo que pasa es que a muchos nos parece deslavazado y dañino y no lo consideramos humor. Y tenemos maneras de hacértelo saber.

Así que la próxima vez que venga alguien a pedirte que reconsideres tus palabras, aunque sea de malos modos y sea una persona maleducada (esto pasa a menudo, la gente que tiene razón también puede ser maleducada), escucha primero. Después defiéndete si es necesario o pregunta si no lo entiendes, pero no te creas más listo o más lista por defecto. Incluso la persona más irritante puede tener razón, y nadie en este mundo súper conectado está libre de meter la pata o de ser el ofendido. Porque aquí los pedestales son de mentirijilla y se los fabrica cada uno al gusto. Piénsalo la próxima vez que te tiente subirte a uno.

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Random artístico

No sabéis la rabia que me da ser tan desoladoramente inconstante y no haber actualizado en CINCO MESES. La última vez que subí un post barajaba la idea de intentar subir al menos una entrada cada quince días y ya veis… fracaso estrepitoso jajajaja.

Tengo que decir en mi defensa que aunque no haya escrito no he parado de hacer cosas. En concreto llevo unos meses dbujando bastante y probando nuevos estilos y técnicas de dibujo digital. Y para qué mentir, me hacía ilusión enseñar algo :). No tengo tanto como querría porque el tiempo que tengo para dibujar entre el trabajo, el deporte y hacer vida social es poco y fragmentado, pero lo que tengo me gusta mucho.

En fin, esta entrada va a ser cortita. Sólo quería saludar, dejar aquí la prueba del delito y dar fe de que sigo viva y pensando a menudo en el blog, aunque esté poco activa.

¡Un beso y gracias!

conjuntillo

Preguntas absurdas que me hace la gente cuando digo que hago kárate

viñeta karate

Bueno, pues voy a hablar de kárate. Resulta que practico este deporte (sí, DEPORTE) desde hace unos tres años y, aunque no paso de mera aficionada, no solo me gusta sino que ha llegado a convertirse en una parte importante de mi vida. He hecho buenos amigos practicándolo, me permite liberarme un poco de la rutina y encima me ayuda a no engordar incluso yendo al McDonald’s una vez por semana. Que lo sepáis.

Podría ponerme pesada y hacer una entrada torro sobre lo que es el kárate, de dónde procede y todas esas cosas que no os interesan una mierda y que no se va a leer ni Dios, pero como quiero que me leáis aunque sea medio párrafo he pensado que mejor lo hago de otra manera. Voy a responder algunas de las preguntas absurdas que me hace la gente cuando digo que hago kárate. Así de paso ya sabréis la respuesta y dejaréis de preguntar y dejaré de odiaros :*. Ganamos todos.

¿En qué se diferencia el kárate del judo?

Esta pregunta es un clásico. Es bastante común que la gente tenga un batiburrillo de nociones en la cabeza respecto a lo que es un arte marcial, en parte por culpa de las pelis de Bruce Lee y compañía, en parte porque en occidente tendemos a rodearlas de una cierta mística que no ayuda a despejar las dudas. El kárate y el judo (quien dice judo dice taekwondo, aikido, etc.) se diferencian en lo mismo que el blues y el rock. Son dos géneros dentro de un mismo arte, en este caso las artes marciales. ¿Tienen cosas en común? Por supuesto. ¿Son lo mismo? NO. El judo se centra en utilizar la fuerza del contrario y su peso para controlarle e inmovilizarle mediante llaves. El kárate sin embargo tiene poderosas influencias del arte de la espada y se centra en lograr equilibrio entre velocidad, precisión y potencia de manera que aun peleando con manos desnudas un solo golpe sirva para decidir el combate. Dicho de otra manera para que nos entendamos: el judo es mucho de agarrar y forcejear y el kárate mucho de repartir hostias (aunque este último también contemple llaves, luxaciones e inmovilizaciones).

Así que haces kárate… ¿entonces ya podrías ganar en una pelea?

Vamos a ver, no; al contrario de lo que cree la mayoría de la gente saber artes marciales no es un factor determinante para ganar en una pelea. De hecho, la mayor parte de las personas que practican artes marciales jamás han peleado fuera de una competición porque son disciplinas que incitan precisamente a todo lo contrario: a tener paz interior, ser frío y no buscar jaleo. Las artes marciales parten de la base además de que tu oponente no te va a atacar por la espalda, ni te va a sacar una botella rota, ni va a pegarle a tu novio/a por poner algunos ejemplos. En una situación de violencia real no es realista esperar que alguien con conocimientos de artes marciales domine la situación a no ser que se trate de una persona de mucho nivel con muchos años de experiencia. E incluso así hay otros factores que influyen como el peso de la persona, su forma física, su tamaño, etc, etc. Así que no me seáis cafres y no vayáis buscando lío.

¿Y tú que cinturón eres? …Ah, ¿y para el negro cuánto te falta?

Esta pregunta también es muy típica, pero no tiene una respuesta única. Dependiendo de países, de estilos e incluso de la edad de la persona, los grados que hay que superar hasta llegar a cinturón negro varían. En España por ejemplo hay seis kyu o grados básicos antes de llegar a dan, que es cuando te dan el cinturón negro. Estos grados básicos son los famosos cinturones: blanco, amarillo, naranja, verde, azul y marrón. Se empieza con cinturón blanco, que es el sexto kyu hasta llegar marrón que es el primer kyu. Después te dan el cinturón negro y pasas a ser primer dan. A partir de ahí la escala es ascendente: segundo dan, tercer dan, etc. Para pasar de grado hay que hacer exámenes que demuestran conocimientos técnicos y teóricos de kárate. En el caso de los niños, además, hay grados intermedios de dos colores para que suban más gradualmente y les resulte menos frustrante (los famosos cinturones amarillo-naranja etc.).

¿Haces kárate? ¡Qué pasada, enséñame una técnica!

La mayoría de la gente hace esta petición con la esperanza de que pegues un salto mientras gritas presa de la enajenación mental y partas un tronco en dos con la tibia. Para que quede claro: el kárate NO es espectacular. O al menos no necesariamente. Un combate de kárate puede consistir perfectamente en dos tíos mirándose durante diez minutos hasta que uno se mueve, arrea un golpe de KO y gana sin que nadie se entere de qué ha pasado. Además, en kárate se usan poco las piernas para golpear y se evita saltar a toda costa porque, creedme, con los pies en el suelo es más difícil perder el equilibrio y que te tiren de un golpe. Sé que parece difícil de creer, pero sí.

Si eres cinturón azul, ¿por qué sigues llevando el blanco?

Porque practico kárate universitario y tradicionalmente en las universidades no se cambia el color del cinturón hasta marrón, cuando se considera que la diferencia de nivel ya es lo bastante importante como para remarcarla mediante un color.

¿Eres cinturón negro? ¡Entonces serás un crack!

Bueno… sí y no. Llegar a cinturón negro supone mucho esfuerzo y dedicación y es meritorio de por sí, pero como dice mi sensei, el kárate es igual que la universidad. Cuando te sacas el cinturón negro es como si te graduaras, luego sales al mercado laboral y te das cuenta de que no sabes nada. Pues con esto igual. El negro acredita que sabes lo básico y te defiendes en la materia, pero de ahí a ser un grande aún te queda mucho pero que mucho camino.

¿Y en kárate competís?

Sí, por supuesto que se compite, es un deporte. Pero depende de estilos. En el estilo shotokai que es el que yo practico, por ejemplo, no se compite porque está más centrado en la técnica. Pero hay muchos estilos de kárate que compiten y querrían que fuera considerado deporte olímpico. A día de hoy aún no lo es en parte debido a la amplia diversidad de estilos que se practican a nivel mundial. Sin embargo el kárate de competición ya está bastante estandarizado y se está luchando para que sea olímpico en 2020.

Be woman, my friend

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Llevo unos días que no paro de encontrarme gente escribiendo y opinando en Internet (hombres, mujeres, indefinidos) sobre temas de género. Ya sabéis, que si las chicas sois tal, que si los chicos cual, que si esta serie está sobrevalorada porque no representa la feminidad como pretende, que si la ficción es sexista y poco realista en los roles que plantea y blablabla. Me resulta difícil especificar un tema, autor o artículo concreto porque creo que se trata más de una nube de información en mi cabeza que de un algo determinado, pero lo cierto es que de tanto leer las opiniones de unos y de otros y ver que, en general, están tan alejadas de mi manera general de percibir, sentir e idear el mundo, he llegado a una conclusion: el género como etiqueta es una herramienta útil a la hora de organizar el mundo, pero muy mal gestionada.

Relax. Esta no va a ser una entrada feminista reivindicando mi mundo interior como mujer ni shit like that porque eso no me interesa (o porque hoy no estoy de ese humor, que también podría). Lo que busco es reflexionar un poco sobre por qué las mujeres de hoy en día tenemos tal cacao mental sobre nosotras mismas que al final ya no sabemos ni dónde catalogarnos y, lo que es peor, creyéndonos rompedoras incurrimos en prácticas abusivas hacia otras mujeres por el mero hecho de que no encajan en nuestro esquema de lo que una mujer moderna debería ser.

Por poner un ejemplo práctico: he aquí una entrada de blog de una supuesta feminista que me dejó anonadada. Básicamente se dedica a poner a caldo a Valèrie Tirerweiler, ex Primera Dama francesa, por no haber mantenido la calma cuando se enteró de que su marido le ponía los cuernos delante de todo el país y permitirse el lujo de sufrir una crisis nerviosa. Según su punto de vista, ese tipo de comportamiento tan sólo refuerza la idea pasada de moda de que las mujeres somos unas “histéricas” y unas “flojas”, cuando en realidad somos fuertes y debemos obligarnos a mantener la calma. Para empezar, resulta bastante irónico que sea ella misma la que cataloga de histérica a Tierweiler, reforzando así ella misma la noción que intenta rebatir. En segundo lugar, sus exigencias hacia esta mujer humillada y emocionalmente maltratada son tan reaccionarias como las ideas que tanto parecen molestarle. La autora se esfuerza mucho en recordarnos que las mujeres no necesitamos para nada a los hombres (osado pero engañoso) y que, si nos ponen los cuernos, tampoco pasa nada porque nos tenemos a nosotras mismas. Lo que parece olvidar esta muchacha (tanto ella como varios de los energúmenos que nos deleitan más abajo con sus comentarios), es que para empezar este nunca fue un asunto de género, sino más bien un problema de confianza. El dolor de una traición, de un compromiso roto, de una decepción, es igual de terrible para hombres y mujeres, tanto más si están enamorados, y poco o nada tiene que ver con la cursi flojera emocional que tanto parece molestarle a la autora. Si alguien te miente te va a doler, sea tu marido, tu amigo o tu casero. Si lo hace delante de todo un país, durante varios años, te duele más. Y si supone la tuptura de tu mundo, de tu ritmo de vida, de lo que eres o creías que eras, pues más todavía. En cuyo caso es normal desfallecer. En cuyo caso, da igual qué tipo de genitales tengas y si tus cromosomas son XX o XY, porque te va a joder igual. Y por lo tanto, juzgar está fuera de lugar.

Pero ahí reside el quid de la cuestión: las personas juzgamos, y las mujeres más. No solo a los hombres, también nos juzgamos unas a otras sin piedad. Es un vicio que tenemos muy arraigado, ya sea de origen social o biológico, y que no me importa admitir porque me parece que es verdad. No es algo que hagamos necesariamente con fines destructivos, pero no podemos evitarlo. Sacamos conclusiones, buenas o malas, mirando cómo viste la gente, cómo anda, lo que dice, cómo lo dice, etc. Quizá porque somos más receptivas al lenguaje en todas sus expresiones, o quizá porque es una manía aprendida, no lo sé, pero ahí está. Y por supuesto, nos juzgamos a nosotras mismas. Nos miramos al espejo y nos preguntamos por qué no tenemos ya un trabajo, un sueldo estable, un novio, una casa, un coche, la cinturita de Audrey Hepburn o los Pómulos de Jennifer Lawrence. Nos preguntamos por qué nunca terminamos ese libro, por qué aún no hemos compuesto esa canción, y si es normal que nos den asco los niños y en especial los bebés. Lo cual nos lleva en cierto modo al fondo del asunto: la palabra “normal”.

¿Y qué es normal? Digo yo que esta debe ser la pregunta más vieja desde que el hombre aprendió a vivir en sociedad. En realidad es una pregunta sin respuesta, porque la gente nunca es normal, solo lo aparenta. Lo que quiero decir es que no hay un solo ser humano vivo que encaje al 100% en la norma que su sociedad ha inventado para él. Porque de ahí viene la palabra “normal”, adjetiivo referido a lo que encaja en la norma. Yo siempre he tenido muy claro que no encajo en la norma, algo que no creo que sea especial, ni siquiera original, puesto que como ya he dicho creo que nadie lo hace. Pero tener conciencia de esas diferencias y, más peculiar aún, aceptarlas y protegerlas desde pequeña, me ha dado siempre más de un problema. Durante mucho tiempo me preocupaba no ser una “chica normal”.

De pequeña no era un tema que me agobiara. Por ejemplo, prefería disfrazarme de héroe a ser la princesa, y como los héroes siempre eran chicos pues nunca iba de chica. No había un motivo detrás de esto más allá de que los héroes eran los que llevaban la espada, el arco y todo eso, que a mí me parecía lo más porque te daba sensación de poder y de estar a punto de embarcarte en una aventura sin igual. Los vestidos de princesa pues no eran más que eso… vestidos. Y esos ya los llevaba todos los días (y me flipaban igual, con muchos lazos). Con los muñecos, jugar a papás y mamás y cosas así tres cuartos de lo mismo. Me parecían un rollo. A mí me gustaba jugar como si estuviera dentro de un libro y todo pudiera pasar. Con un muñeco con forma de bebé sólo podías hacer dos o tres cosas: arroparlo, darle de comer, dormirlo… no había magia y el desarrollo del juego era tan predecible que no me interesaba para nada. Prefería mil veces pasarme la tarde leyendo, jugando a videojuegos o corriendo con una pistola por dentro de casa. Ahora, los peluchas me encantaban porque eran blanditos y supercucos y los quería abrazar.

Me acuerdo que un día, con cinco años o así, pensé que prefería ser un chico a una chica. Supongo que miré a mi alrededor y vi a los chicos divirtiéndose con gamberradas y haciendo el bruto y a las chicas con sus vestiditos jugando a papás y a mamás y pensé que me había tocado el bando aburrido. Al año siguiente los chicos descubrieron el fútbol, que me parecía lo peor de coñazo, y no hacían otra cosa. Entonces pensé que ser chico era igual o más aburrido que ser chica y se me reequilibró el karma. Aunque me di cuenta de una cosa: no encajaba en ninguno de los dos lados tal y como me los estaban presentando. Como era pequeña, lejos de agobiarme, esto me hizo pensar: soy superguay. Y me reafirmé en mi cabezonería de llevar la contraria.

Fue en la adolescencia cuando empezaron los problemas que he venido arrastrando hasta hoy. Como para cualquier otro ser humano, encajar es algo importante para mí. Yo era una adolescente inencajable, y la gente no ayudaba. Estuvieron muchos años empeñados en hacerme “entrar en razón”, que debía interesarme más por ir guapa, por los chicos, las compras, ser femenina y esas mierdas. Yo estaba firmemente convencida que tocar el piano, leer a Tolkien y a Dumas y saber un montón de manga y videojuegos era muchísimo más cool que comprar trapitos, pero al parecer la sociedad opinaba lo contrario. Un adulto llegó a decirme con todas sus letras “mira que eres rara”, algo que entonces me desubicó muchísimo y que agradecería que se hubiera ahorrado. Porque la idea de destacar y llamar la atención por mis rarezas me aterraba.

Lo curioso es que con el tiempo dejaron de darme la brasa y entonces descubrí por mí misma que hay muchas “cosas de chicas” que me encantan, comprar trapitos inclusive. Se ve que conforme te haces adulto adquieres la capacidad de mirarte a ti mismo con un filtro de realidad, aceptarte e incluso reírte de tus flaquezas. He aprendido que conocerse a uno mismo es la herramienta más poderosa que tenemos las personas para evitarnos este sufrimiento normalizador que no nos aporta nada más allá de simplificar nuestros juicios de valor hasta la imbecilidad.

Así que sí, me revienta encontrarme con artículos feministas que insisten en decirle a una mujer lo que debería ser o dejar de ser. Me revienta encontrarme personajes femeninos en la ficción que no sólo no se acercan ni por asomo a una mujer real (lo que yo soy), sino que pretenden hacer creer a la humanidad que eso es a lo que debemos aspirar. Me molesta que llenen los videojuegos de explosiones gratuitas y perazas neumáticas asumiendo que el público objetivo es masculino, cuando yo soy una consumidora habitual. Me irrita encontrarme con mujeres que critican a otras por no ir depiladas o ser sexualmente muy activas. Son prácticas excluyentes que se suman poco a poco y acaban por crearte cacao mental sobre lo que es y lo que no es, lo que está bien y lo que está mal. Y entonces tienes que volver a mirarte de puertas para adentro y pensar: ¿y qué mierdas importa lo que digan estos gilipollas? YO soy una mujer, y sé lo que ES una mujer.

O puedes ver una película como Frances Ha y recordar que ahí fuera, en algún lugar, hay gente que también lo sabe y está dispuesta a contarlo.

Gracias, A. por recomendarme la peli 😉

Jane Eyre

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Tengo que reconocer que no soy una persona de favoritos. Quiero decir que normalmente, cuando alguien me pregunta cuál es mi esto o aquello favorito, me veo obligada a recitar una retahíla de títulos o a iniciar una aburrida argumentación sobre por qué no puedo decantarme por una cosa ni la otra. La verdad es que tiendo a pensar que en cuestión de gustos no hay valores absolutos, y que mi canción favorita puede ser hoy una y mañana otra, en función de las experiencias que viva y los conocimientos que vaya adquiriendo. De hecho, eso es lo que me pasa con casi todo.

Con casi todo, porque si me preguntan cuál es mi libro favorito respondo sin dudar: Jane Eyre. Llevo haciéndolo desde que lo leí la primera vez, hace seis años, por recomendación de una amiga. Desde entonces había olvidado por qué me gusta tanto, aunque recordaba tener una vaga idea, una explicación bien argumentada en mi cabeza que esgrimir si alguien me preguntaba. Sin embargo había olvidado del todo los sentimientos en los que se apoya esa explicación hasta que, a raíz de ver la película de 2011, decidí releer el libro. De esto hará poco más de una semana, y desde entonces no puedo sacarme este maravilloso libro de la cabeza. He recordado por qué me gusta tanto, y aunque ni a mí misma deje de sorprenderme esta pasión que siento por una novela que escribió una joven victoriana hace casi dos siglos, os voy a contar por qué. Además, he pensado que ya que en un post anterior me dediqué a poner a parir un libro, qué mejor que equilibrar la balanza del universo y del karma alabando hoy otro título que, si bien es totalmente diferente, no deja de tener muchas similitudes argumentales con 50 Sombras de Grey.

1. El estilo

Partiendo de la mismísima base, lo primero que diré es que este libro está maravillosamente bien escrito. La prosa es fluida y evocadora, los personajes consiguen vivir fuera de las páginas y hacerse reales y el ritmo narrativo es particularmente ameno para la época. Los clásicos no son clásicos por nada, y lo cierto es que Jane Eyre fue un éxito de crítica y público ya desde el mismo momento de su publicación (estamos hablando de 1847, ahí es nada). Fue la primera novela que consiguió publicar Charlotte Brontë, y lo hizo bajo el seudónimo de Currer Bell. Brontë llevaba tiempo intentando publicar otra novela, The Professor, que como Jane Eyre tenía una fuerte carga autobiográfica pero era realista y, para la opinión de algunos, demasiado controvertida. Con Jane Eyre sin embargo, la autora encontró el equilibrio perfecto entre realismo y romanticismo, rozando los límites de la fantasía a veces y la crudeza de la realidad otras tantas. De hecho el libro empieza siendo casi dickensiano (y no me refiero al Dickens de Cuento de Navidad, sino al de Oliver Twist), pero acaba recordando a autores como Poe o Becquer en muchos fragmentos y sobre todo en el tramo final.

2. La historia

La historia de Jane Eyre no tiene nada de original en primera instancia. Una joven huérfana, pobre y poco agraciada aunque muy inteligente, supera una vicisitud tras otra hasta encontrar su lugar en el mundo al lado del hombre al que ama. En su aspecto más básico, Jane Eyre es el cuento de la Cenicienta reintrepretado y elevado a la máxima potencia de la literatura. Sin embargo el hecho de que la premisa sea sencilla a mí no me parece nunca una desventaja, sino más bien todo lo contrario. Como he dicho ya en otras ocasiones, lo que a mí me interesa no suele ser lo que me cuentan, sino cómo me lo cuentan. En este sentido Charlotte Brontë fue inteligente, porque escogió un formato que sabía que funcionaba y lo utilizó como recipiente para cocinar un libro que aún hoy resulta revelador, que fue pionero en muchos aspectos y que derrocha sensibilidad.

3. El mensaje

Jane Eyre es mundialmente conocida por ser abogada del protofeminismo. Más allá del argumento, la idea que trasciende de esta novela me cala muy hondo no sólo por la importancia que creo que tiene, sino por el valor añadido de haber sido planteada en el momento en que fue planteada. Cuando una lee esta novela lo que percibe sobre todo es la convicción de que la autodeterminación y los propios principios son lo más valioso que tiene el ser humano, sin importar su sexo y su posición social. De esta manera, siempre fiel a sus convicciones, Jane nos guía a través de las páginas siendo siempre, con sus propias decisiones, el motor de la historia, sin que otra fuerza humana la doblegue o la desvíe del camino que ella misma se ha marcado. Un ejemplo de la filosofía de esta novela queda perfectamente clarificado en este maravilloso párrafo que nunca deja de asombrarme cada vez que lo leo:

Es inútil decir que los seres humanos deberíamos sentirnos satisfechos de tener tranquilidad; necesitamos acción, y, si no la encontramos, la creamos. Hay millones de personas condenadas a una sentencia más tediosa que la mía, y hay millones que se rebelan en silencio contra su suerte. Nadie sabe cuántas rebeliones, además de políticas, se fermentan entre los seres que pueblan la tierra. Se supone que las mujeres hemos de ser serenas por lo general, pero nosotras tenemos sentimientos igual que los hombres. Necesitamos ejercitar nuestras facultades y necesitamos espacio para nuestros esfuerzos tanto como ellos. Sufrimos de las restricciones demasiado severas y de un estancamiento demasiado total igual que los hombres. Demuestra estrechez de miras por parte de nuestros más afortunados congéneres decir que deberíamos limitarnos a preparar postres y tejer medias, a tocar el piano y bordar bolsos. Es imprudente condenarnos, o reírse de nosotras, si pretendemos elevarnos por encima de lo que dictan las costumbres de nuestro sexo.

Con estas palabras Jane expresa su desazón por verse obligada a permanecer de institutriz en Thornfield Hall sin poder salir a ver mundo, mientras los hombres viajan a su antojo. Y aunque se siente culpable porque sabe que muchos la considerarían privilegiada al haber alcanzado esa posición, no puede evitar que su naturaleza hable por ella. En este sentido Brontë plantea ideas muy interesantes, porque no se limita a presentar a Jane como una beata convencida o como una rebelde empedernida, algo muy común a la hora de plantear personajes femeninos incluso hoy en día. Bajo mi punto de vista va mucho más allá, porque ante todo presenta a Jane como un ser humano. Una persona que busca hallar, como hacemos todos, ese difícil equilibrio entre el placer terrenal y los propios principios, entre la felicidad y la ética, los sentidos y la razón. La novela resulta así como un manifiesto proto-feminista porque nos traslada a la mente de una mujer real, de su época, maravillosamente bien construida y cuyos problemas se convierten en parte de nuestra experiencia a través de sus ojos.

4. Los personajes

Ya lo he dicho en alguna otra ocasión, los personajes suele ser lo que más me interesa de una novela. Y aunque Jane Eyre me gusta por muchos motivos, tengo que decir que sus personajes me conquistan. En su gran mayoría son poderosamente novelescos al tiempo que humanos e imperfectos. Empatizas con ellos, incluso con los que te repugnan, porque entiendes qué clase de personas son. Lo que quieren, lo que buscan. El lenguaje de Brontë a través de los ojos de Jane ayuda mucho, puesto que pone gran cuidado en elaborar sus personalidades y hacerlos memorables, pero llega un punto en que cobran vida propia y sus son sus acciones las que hablan por ellos. De todos, sin embargo, los que más se recuerdan son la propia Jane Eyre, sus dos contrapartes masculinas (el señor Rochester y el clérigo St John Rivers) y la demente Bertha Mason.

Jane es el personaje principal y la narradora de la historia. Es una joven inconformista, aunque no rebelde por naturaleza, con una gran personalidad y curiosidad por el mundo. Ansía conocer gente y lugares nuevos, y siente que su vida de confinamiento por culpa de ser mujer y encima huérfana es una condena injusta. Lo más interesante de ella es que no se rebela contra su situación de manera manifiesta, sino que lo hace a través de su autodeterminación, y no dejándose nunca manejar por los demás. Aun teniendo que conformarse con lo que la vida le ha dado, es ella la que elige la manera de vivirlo. La opinión de Jane respecto a la posición de cada uno en el mundo queda muy clara en una conversación que tiene con el señor Rochester, su patrón en Thornfield Hall, cuando él la sorprende al disculparse por el tono autoritario y a veces hasta impertinente de sus órdenes.

―Entonces, en primer lugar, ¿está usted de acuerdo conmigo en que tengo que ser un poco dominante y brusco, exigente, incluso, por los motivos que he nombrado? Es decir, que tengo edad para ser su padre y he experimentado muchas luchas con muchos hombres de muchos países y he deambulado por medio mundo, mientras que usted ha vivido tranquila con el mismo grupo de personas en la misma casa.
―Haga lo que quiera, señor.
―Esa no es una respuesta: o, mejor dicho, es una respuesta muy irritante por lo evasiva; conteste claramente.
―No creo, señor, que tenga usted derecho a darme órdenes simplemente porque es mayor que yo o porque ha visto más mundo que yo; su pretensión de superioridad se basa en el uso que ha hecho de su tiempo y su experiencia.

Acto seguido Jane le recuerda que él le paga treinta libras al año por acatar sus órdenes y que es solo bajo esa premisa, y no otra, que ella está dispuesta a hacerlo. Y que ni siquiera por el salario estaría dispuesta a tolerar una humillación. Con esto Jane deja claro de manera implícita que en su opinión la libertad de elegir y la dignidad están por delante de cualquier otra cosa, ya sea el dinero o las convenciones sociales. En el libro Jane es el personaje que mejor equilibra juicio y pasión, porque aunque llega a enamorarse febrilmente nunca pierde de vista sus prioridades. También se nos presenta como una cristiana convencida, una mujer de su tiempo, que considera aceptable desafiar las leyes humanas y de Dios cuando las cree injustas, pero no está dispuesta a negar sus creencias. Esto queda patente cuando, a pesar del amor que siente, decide abandonar al señor Rochester antes que vivir con él sin estar casada.

El señor Rochester, por su parte, representa los placeres y vanidades terrenales. Es un hombre inteligente, culto y apasionado, pero que se deja llevar demasiado por sus sentimientos y, por despecho hacia una vida que cree que le ha traicionado, peca con frecuencia. De hecho, en su relación con Jane, es el que más inseguro y contradictorio se muestra, el que urde artimañas de seducción para ponerla celosa y el que busca más la compañía y el contacto humano. Jane intenta siempre mantener la calma con él, porque es prudente por naturaleza y porque es evidente que es la que más tiene que perder por su condición de asalariada y, sobre todo, por su condición de mujer. Él, sin embargo, desde el mismo momento en que se confiesan sus sentimientos, deja toda discreción y toda prudencia a un lado y se lanza sin pensar a sus pasiones. Jane entonces se ve obligada a pararle los pies, no porque no sienta lo mismo, sino porque no quiere que el amor le cambie ni dejar de ser ella misma. En este fragmento, por ejemplo, Jane se siente avergonzada ante la efusividad del señor Rochester y sus palabras de amor, que la ponen nerviosa, e intenta hacerle entrar en razón:

―Haré que el mundo también te reconozca como una belleza ―prosiguió, causándome gran inquietud por su tono, ya que me parecía que o se engañaba a sí mismo o me quería engañar a mí―. Vestiré de raso y encaje a mi Jane, y le pondré rosas en el pelo, y cubriré la cabeza que más amo con un velo que no tiene precio.
―Y entonces no me conocerá, señor, y ya no seré su Jane Eyre, sino un simio vestido de arlequín, o un arrendajo con plumaje prestado. Casi me gustaría más verlo a usted, señor Rochester, ataviado de cómico que a mí misma vestida de dama de la corte, y no le llamo guapo a usted, señor, aunque lo quiero muchísimo: demasiado para halagarlo. ¡No me halague usted a mí!

El señor Rochester es también, desde mi punto de vista, el personaje más divertido. Es un héroe byroniano: poco atractivo físicamente pero magnético, imperfecto y misterioso. Desprecia las convenciones sociales y busca su satisfacción personal incurriendo más de una vez en tendencias autodestructivas más que cuestionables. Sin embargo es también un hombre original, con ocurrencias que a veces rayan en lo ridículo. Se podría decir que tiene ideas de bombero. Y aunque en un principio se presenta como alguien voluble, cínico y mordaz, cuando se enamora demuestra ser un tipo sentimental, soñador e idealista. Una de mis conversaciones favoritas de Rochester es la que mantiene con Adèle, su pupila de ocho años, a raíz de la relación que mantiene con Jane.

Adèle le oyó, y le preguntó si había de ir a la escuela “sans mademoiselle”.
―Sí ―contestó―, desde luego “sans mademoiselle”, porque yo voy a llevar a mademoiselle a la luna, y buscaré allí una cueva en uno de los blancos valles en medio de los volcanes, y allí vivirá mademoiselle conmigo y solo conmigo.
―No tendrá nada que comer; la matará de hambre ―comentó Adèle.
―Yo iré a recoger maná para ella mañana y tarde, pues las llanuras y colinas de la luna están cuajadas de maná, Adèle.
―Querrá calentarse; ¿qué utilizará en vez de fuego?
―Hay fuego en las montañas de la luna; cuando tenga frío, la llevaré a una cima y la tumbaré en el borde de un cráter.
―”Oh, qu’elle y será mal… peu confortable!”. Y sus ropas se desgastarán. ¿Dónde encontrará ropas nuevas?
El señor Rochester se confesó perplejo.
―¡Mm! ―dijo―. ¿Qué harías tú, Adèle? Hurga en tu cerebro en busca de una solución. ¿Qué tal te parece una nubecilla blanca y rosada como vestido? Y se podría hacer un bonito echarpe con un arco iris.
―Está mucho mejor tal como está ―concluyó Adèle, después de pensarlo un rato―, además, se cansaría de vivir sola con usted en la luna. Si yo fuera mademoiselle, nunca consentiría en ir con usted.

El tercero en discordia, St John Rivers, es primo hermano de Jane y clérigo en una parroquia modesta en un pueblo industrial. Es exactamente lo opuesto al señor Rochester: un hombre frío, moralista y tremendamente ambicioso, decidido a sacrificar su felicidad y su salud por lo que considera una causa justa, por la obra de Dios. Donde Rochester hace oídos sordos a Dios y sus leyes para encontrar una migaja de felicidad, St John hace precisamente todo lo contrario, negándose cualquier placer por nimio que sea en favor de su causa. Es el personaje que representa la fría razón, que antepone su carrera y sus logros a todo, incluso al amor. Así se describe a sí mismo:

― {…} Soy, sencillamente, en estado natural, desprovisto de la túnica sangrienta con la que la cristiandad cubre las deformidades humanas, un hombre frío, duro y ambicioso. De todos los sentimientos, el único que posee un poder duradero sobre mí es el afectgo natural. La Razón y no el Sentimiento es mi guía, tengo una ambición ilimitada y un deseo insaciable de elevarme por encima de los demás y superarlos. Venero la resistencia, la perseverancia, la industria y el talento porque son los medios con los que los grandes hombres logran grandes fines y consiguen la mayor eminencia.

Por su parte Jane le tiene aprecio, pero cuando él le propone matrimonio tiene que negarse porque no le ama, y sabe que él a ella tampoco. No puede amar a un hombre tan frío y calculador, cree que estar a su lado para siempre la mataría, y así se lo dice. Por supuesto St John se enfurece y nunca se lo perdona, pero una vez más Jane ejerce su poder de decisión. Porque igual que rechaza la excesiva laxitud de Rochester con la moral, refuta el envarado comportamiento de St John y su inexorabilidad. La felicidad terrenal tiene un valor evidente para Jane mucho más allá de los propios deberes y el propio orgullo.

De esta manera Brontë utiliza a Rochester para argumentar que una negación extrema de los valores cristianos y la moral solo puede acarrear desgracia y marginación, y a St John para esclarecer que, si bien ignorar las leyes divinas es peligroso y poco recomendable, tampoco es sensato ni juicioso despreciar los placeres mundanos por su causa.

Por último, Bertha Mason es quizá el personaje que mejor refleja la condición de Charlotte Brontë como una mujer de su época. Bertha es una mujer demente que causa estragos por las noches en Thornfield Hall, y que permanece confinada bajo vigilancia constante por orden del señor Rochester. Aparece muy poco, pero sus breves apariciones son tan contundentes que es imposible olvidarlas. Bertha acarrea tras de sí el drama, la violencia y la muerte. Hija de una criolla y un inglés, es inglesa nacida en Jamaica, aunque su raza no queda del todo clara. Brontë la describe como una mujer “pálida como la luna” y de “larga cabellera negra y enmarañada”. Sin embargo asocia su demencia y su alcoholismo, además de otros vicios carnales, a la rama materna de su familia, es decir, a la rama criolla. Brontë manifiesta en la novela la desconfianza propia de la época hacia todo lo no inglés en repetidas ocasiones a través de las opiniones de Jane, y el hecho de que el personaje más degenerado y triste del libro sea una mujer criolla se ha achacado muchas veces a la visión que se tenía por aquel entonces de los colonos. Sin embargo también es cierto que Brontë tenía un gran conocimiento de las colonias inglesas, y sentía interés por su gente y su forma de vida. El hecho de que Bertha Mason sea una mujer criolla es, en opinión de algunos, una respuesta furibunda de Brontë hacia la comparación que hacían muchos escritos de la época entre las mujeres esclavas de raza negra y las libres de raza blanca para establecer la dominación masculina.

Bertha Mason es el personaje más extraño y misterioso del libro, y sale indudablemente malparado ya que, al ser una enferma mental, nos es imposible conocer su punto de vista y tenemos que conformarnos con el perfil distorsionado que Rochester hace de ella. Quizá es por esto mismo que Jean Rhys escribió en 1939 la novela Wide Sargasso Sea, que relata la vida de Bertha desde que es una niña en Jamaica hasta los últimos acontecimientos de Jane Eyre en Thornfield Hall. En este libro Rhys plantea una interesante versión de los hechos, en la que Bertha aparece como una víctima de la intolerancia, la tiranía y los prejuicios hasta el punto de llegar a caer en la locura.

5. Sexualidad

Cuando leí Jane Eyre me sorprendió la naturalidad con la que trata las relaciones entre hombres y mujeres y la cantidad de contacto humano que buscan sus protagonistas. Aunque como cualquier novela del momento no es explícita en cuanto al sexo, los personajes se besan y acarician con frecuencia, se hablan apasionadamente y sucumben a veces ante la intensidad de sus sentimientos. También se mencionan repetidas veces los vacuos escarceos amorosos del señor Rochester por Europa, e incluso él mismo llega a dar un perfil bastante cumplido de cada una de sus amantes en un momento dado. Precisamente las relaciones entre los diferentes personajes es una de las cosas que más me gustan de este libro. La sensibilidad con la que Brontë describe los sentimientos humanos y la intensidad con la que plasma esa lucha interna entre cuerpo y mente me fascinan. Uno de mis soliloquios favoritos es el siguiente, en el que el señor Rochester, roto por la desesperación, se debate entre dejar marchar a Jane o forzarla contra su voluntad:

―Nunca ―dijo, apretando los dientes―, nunca ha habido nada tan frágil e indomable al mismo tiempo. ¡Si parece un junco en mi mano! ―y me sacudió con la fuerza de sus brazos―. Podría doblarla con el dedo y el pulgar, ¿pero de qué me serviría doblarla, romperla, aplastarla? Piensa en esos ojos, en el ser resuelto, feroz y libre que mira por ellos, desafiándome con algo más que valor: con un triunfo inflexible. Haga lo que haga con la jaula, ¡no puedo alcanzar a la criatura salvaje y bella de dentro! Si rompo la débil prisión, mi cólera sólo dejará en libertad a la cautiva. Podría conquistar la casa, pero su ocupante se escaparía al cielo antes de poseer yo su morada de barro. Y es a ti, espíritu, con tu voluntad y energía, tu virtud y tu pureza, es a ti a quien quiero, no sólo tu débil cuerpo. Por ti misma, podrías acudir volando contra mi corazón, si quisieras. Tomada contra tu voluntad, te escaparás de mis brazos como una esencia, te esfumarás antes de que aspire tu fragancia.

En resumen Jane Eyre es un libro intenso, lleno de personajes apasionados, de vida y de momentos memorables. Pero si tengo que elegir un solo motivo para explicar por qué disfruto tantísimo leyéndolo quizá diría que es porque Charlotte Brontë tiene la extraña capacidad de hablarme en mi propio idioma. Esta mujer, que vivió hace casi 200 años en otro país, consigue con transmitir mediante palabras todas esas cosas que yo misma he pensado y sentido respecto a la condición humana pero que a menudo no he sabido expresar. Es más, hay muy pocos fragmentos en el libro que no me interesen o me aburran, porque a veces siento que la voz de Jane (las cosas en las que se fija, sus valoraciones sobre la gente, sus pequeños placeres banales) es la mía propia. Tan identificada me siento con este personaje imaginario que es terminarme el libro y sentir ganas de volverlo a empezar, aun sabiéndome de memoria todo lo que ocurre.

Y tengo que decir que si me preguntaran cuál es mi entretenimiento favorito no diría que leer, porque sería mentira. No tendría más remedio que confesar que si hay algo que me gusta más que leer un buen libro en esta vida eso es, precisamente, la gran alegría de poder releerlo.

Haprender ha hezkrivir

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Resulta que el 94,5% de las cosas que escribo en este blog son consecuencia de cavilaciones absurdas que se me vienen a la cabeza cuando me encuentro inmersa en actividades tediosas como por ejemplo esperar al autobús. Y al proporcionaros este dato he utilizado un porcentaje tan aleatorio como escandalosamente falso porque alterar las estadísticas está muy de moda y me apetecía jactarme.

Párrafos introductorios aparte, pasa que últimamente estoy bastante creativa. No tengo tiempo para ejecutar prácticamente nada de lo que se me ocurre, pero mi cabeza está en plena y constante ebullición. Al mismo tiempo mi corta pero de momento satisfactoria relación con el mundo laboral me ha hecho darme cuenta de una verdad verdadera: ser bueno ideando no es lo mismo que ser bueno ejecutando. Parece una chorrada, pero no lo es. La mayoría de veces que tenemos una idea brillante (o que creemos brillante) e intentamos ponerla en práctica fracasamos estrepitosamente. O eso, o no llegamos ni a despegar porque no nos planteamos una pregunta de base: ¿somos la persona más indicada para llevarla a cabo?

No estoy hablando de negocios. Los negocios son un terreno inexplorado para mí, tan amenazante como misterioso, y dudo que nunca llegue a adentrarme en sus espinosos derroteros. O dicho de otra manera: que paso total del tema. Yo hablo más bien de las ideas creativas y de nuestra habilidad, muchas veces dudosa, para ser capaces de transmitirlas.

Pongamos por ejemplo la escritura. Escribir es algo que mucha gente (más de la que parece) hace por diversión. Escribir es relativamente fácil. Tener ideas también. Ahora, lo difícil es tener una buena idea y ser capaz de transmitirla exactamente como ésta lo pide. Esto vale para casi cualquier género, y de hecho no es complicado encontrar toda clase de escritos infumables elaborados por personas que creyeron tener una buena idea pero obviaron que su capacidad para transmitirla no estaba a la altura de su imaginación. Si entramos en el género de la narrativa de ficción las cifras de infumabilidad ya se disparan. Hay tanta gente que se cree capaz de escribir ficción simplemente porque es capaz de imaginarla, que el mercado está ninundado de auténtica mediocridad en forma de best-sellers.

A lo mejor tengo un concepto un tanto marginal de la literatura, pero para mí lo importante en una novela nunca ha sido lo que pasa, sino cómo me lo cuentan. Lo que pasa es importante, por supuesto, y si un libro además de ser interesante es emocionante, mejor que mejor. Pero he leído muchos libros en los que no pasa nada espectacular o fuera de lo normal y que igualmente consiguen ser una delicia. Es el caso de El Lobo Estepario de Herman Hesse, por poner un ejemplo, o de La Conjura de los Necios de John Kennedy Toole. Por otra parte existen libros como Harry Potter donde todo lo que ocurre oscila entre lo fantástico y lo surrealista y nunca para la acción, pero al mismo tiempo están tan bien contados, su trama tan bien hilada, que como lector uno siente que no puede pedir más.

Para resumir, a la hora de leer un libro yo ordeno mis prioridades de la siguiente manera: uso del lenguaje – personajes – trama – historia. Y cada vez me encuentro con más best-sellers que se convierten en una frustración para mí a las pocas líneas de empezar la historia. Porque muchas veces los escritores dan prioridad a la rocambolesca historia que han hilado en su cabeza y como consecuencia descuidan otros aspectos esenciales, lo que les lleva a caer en clichés tan odiosos como el típico personaje femenino que va de imperfecto pero en realidad cumple con todos los estereotipos habidos o por haber, o el irritante recurso del narrador omnisciente que no sólo sabe todo lo que ocurre, sino que también sabe lo que piensan, sienten y quieren TODOS los personajes y te lo cuenta incluso cuando es del todo innecesario. Kill. Them. All.

El ejemplo más paradigmático y de relativa actualidad que se me ocurre ahora mismo es el caso de Cincuenta Sombras de Grey. He aquí una saga cuyo mayor logro ha sido ser beneficiaria de una publicidad más que sobresaliente. Las portadas de los libros son elegantes, los títulos enigmáticos, el tema morboso. Una llega a creer que va a encontrar algo de verdadera calidad entre sus páginas. Eso hasta que lo abre y lee el primer párrafo:

Me miro en el espejo y frunzo el ceño, frustrada. Qué asco de pelo. No hay manera con él. Y maldita sea Katherine Kavanagh, que se ha puesto enferma y me ha metido en este lío. Tendría que estar estudiando para los exámenes finales, que son la semana que viene, pero aquí estoy, intentando hacer algo con mi pelo. No debo meterme en la cama con el pelo mojado. No debo meterme en la cama con el pelo mojado. Recito varias veces este mantra mientras intento una vez más controlarlo con el cepillo. Me desespero, pongo los ojos en blanco, después observo a la chica pálida, de pelo castaño y ojos azules exageradamente grandes que me mira, y me rindo. Mi única opción es recogerme este pelo rebelde en una coleta y confiar en estar medio presentable.
-Cincuenta Sombras de Grey, E. L. James
Hay tantos estereotipos concentrados en estas 137 palabras que dan ganas de sacar una Pokéball y gritar “Cath ‘em all!”. Dejando al margen el hecho de que es más que evidente que la protagonista es tonta de remate (aunque la autora nos la quiere vender como una intelectual, con eso de que se está preparando los exámenes finales) lo primero que me irrita de esta introducción es lo ridículamente fría y vacua que es. Vale, cumple su objetivo, nos situa la acción. Una tarada mental peinándose delante de un espejo y preocupada por algo. Pero no aporta emoción, no aporta contexto, no aporta nada de nada. La autora se ha limitado a describir una imagen en su cabeza como el que recita de memoria un abecedario. Lo hace a través del personaje, sí, pero ni siquiera utiliza este recurso con un mínimo de gracia.
El segundo cliché agonioso es el de utilizar el espejo para poder describir a un personaje que cuenta la historia en primera pesona. La preocupación exagerada por describir el aspecto físico de los personajes con todo lujo de detalles es un error de principiante muy común, espeialmente en mi generación, tan afectada por la cultura de la imagen y condicionada por toda clase de géneros narrativos visuales. Describir a los personajes ayuda a plasmar el mundo que has creado pero difícilmente es algo relevante para lo que intentas transmitir, así que si quieres describirlos por lo menos busca una manera original o elegante de hacerlo. Pero el espejo. Es un cliché TAN pero TAN manido que meterlo en el primer párrafo de tu historia es poco más que cutre de cojones. No, en serio, me pone mala.
Por último: ella. Ella es la encarnación de todo lo que no debe ser un personaje femenino en una novela. Es la protagonista de la historia y como tal vas a tener que pasar mucho tiempo con ella si quieres acabarte esta infumable trilogía de principio a fin (cosa que yo he hecho con la vaga esperanza de que alguien reconociera mi mérito y me diera un premio, pero no) e incluso así ya desde el primer párrafo resulta cansina. Está peinándose delante de un espejo cual princesa de cuento (cliché), preocupada porque su pelo es rebelde (cliché) y agobiada porque tiene que hacerle un favor a alguien y no va a estar lo suficientemente presentable (cliché, cliché y más cliché). Para rematarlo, es repetitiva, predecibhle y en general poco interesante. Aquí creo que la autora se hizo un lío entre lo que consideraba debe ser un personaje femenino creíble y lo importante que era para ella que su protagonista fuera “absolutamente encantadora”. Writer, go home.

Podría seguir extendiéndome sobre mi odio visceral hacia la protagonista, el estilo narratino y la trama (o la ausencia de ella) de Cincuenta Sombras de Grey, pero no lo haré porque para ser justa tendría que detenerme sobre el protagonista masculino, lo único que verdaderamente vale la pena de todo el libro, y no acabaría en la vida esta entrada. Lo que quería, más bien, es ejemplificar cómo una buena idea puede ser ejecutada de la peor manera posible. En este ejemplo sólo tenemos historia, no hay literatura ni trama. Y de todos los personajes que aparecen en el libro sólo hay uno que parece más o menos real e interesamte, como mucho dos. Conclusión: MALA EJECUCIÓN, MAL LIBRO.

En lo que a mí respecta, soy escritora amateur y nunca he publicado nada, pero escribo mucho y sobre todo leo mucho. Sé lo difícil que es escribir una novela porque lo he intentado varias veces. Y sé que soy buena imaginando, decente usando el lenguaje, pero un auténtico desastre organizando la trama. De ahí que nunca termine lo que empiezo, pero igual que sé ver mis propios errores puedo reconocer fácilmente los de los demás. Y tngo que decir que no me cabrea que editen y publiquen cosas malas, si a la gente le gusta y lo lee me parece bien. Lo que me cabrea es que la gente baje sus estándares y dé por bueno lo que es pura mediocridad bien presentada. Y lamentablemente esto ocurre cada vez con más frecuencia.

Así que señores escritores aprendar a escribir. Pero sobre todo, señores lectores, ¡aprendan a leer!

El momento creativo

img_blog2Hace tiempo que quería escribir algo relacionado con la creatividad y lo extraño que resulta, si se analiza objetivamente, ese impulso que sienten algunas personas y que les impele a materializar, de una manera o de otra, el mundo que llevan dentro. Me refiero a las personas creativas, un grupo heterogéneo entre el que humildemente me incluyo, compuesto de seres que si bien pueden ser totalmente dispares entre sí, comparten un rasgo fundamental: la necesidad de dar forma a aquello que imaginan para convertirlo en algo accesible a otros seres humanos.

Hace poco leí un artículo relacionado con el tema, específicamente sobre la fiebre del escritor. Como soy muy fan de los por qués y de los cómos pero del todo indiferente hacia los quiénes, los cuándos y los dóndes, no recuerdo ni de quién era el artículo, ni de cuándo era, ni dónde lo leí. De nada. Pero sí que recuerdo perfectamente la idea que transmitía y que, por cierto, era muy interesante: el autor defendía que un escritor de pura cepa no escribe porque le guste escribir, sino porque necesita hacerlo. Igual que los antiguos griegos definían ese momento especial en que la mente se abre y necesita vomitar lo que lleva dentro como “el rapto de las musas”, nosotros, en al actualidad, no podemos dejar de asombrarnos ante la elección que hacen algunas personas de dedicar horas y horas de un tiempo valioso e irrepetible, a la pura e incluso dramática soledad de la creación.

Yo misma no puedo responder nada coherente cuando la gente me pregunta que por qué me gusta escribir. O dibujar. O tocar el piano. O todas las cosas absurdas que hago sin órdenes ni metas, que consumen gran parte de mi día y que están únicamente orientadas a saciar la necesidad de sacarme ideas de la cabeza. Es como cuando alguien se asombra de que te guste leer. Es imposible explicarle qué tiene de bueno pasar horas en soledad, embebido en el mundo de otra persona, en algo que a priori debería parecernos del todo ajeno y resultarnos indiferente. Pero resulta que no lo es. Y es ahí, precisamente, donde se halla el quid de la cuestión.

El ser humano es un ser social, eso es algo que sabe todo el mundo. Desde sus primeros y torpes pasos bípedos, nuestra especie ha buscado maneras cada vez más sofisticadas de comunicarse ocn el otro. Al principio con un fin meramente utilitario: la supervivencia. Con el tiempo, con un objeto mucho más vano e insignificante que, sin embargo, motiva prácticamente todo lo que hacemos y decimos: el de hacernos oír. La naturaleza nos ha dotado con la capacidad de inventar, de tomar cosas del mundo que nos rodea, pasarlas por la conctelera de nuestro cerebro y sacar nuevas conclusiones. Nos ha dado algo que es inherente a nosotros y probablemente único entre los seres vivos: la imaginación. Tenemos pues ya los dos ingredientes principales que propician el momento creativo: la capacidad de imaginar y la necesidad de contarlo. Y añadiría incluso un tercer factor que no es para nada desestimable: la sed de información del que está destinado a escuchar (o leer) lo que decimos.

Las personas creativas, desde mi punto de vista, tienen hiperdesarrolladas las dos primeras cualidades. Su inquieta imaginación no les da tregua, y a menudo viven más embebidas en su propio mundo interior que en el exterior, porque su mente no puede evitar fantasear con la información que obtiene del entorno. Al mismo tiempo, todo lo que imaginan les quema dentro, y necesitan sacarlo porque de lo contrario tienen la sensación de no terminar lo empezado, de estar desaprovechando un tremendo potencial. Así se produce el momento creativo: el instante en que una persona se lanza a escribir, pintar, componer, esquematizar o esbozar, no porque le apetezca o quiera o le guste, sino porque lo necesita de la misma manera que necesita comer, dormir o tener sexo.

Así que la próxima vez que alguien me pregunte “¿pero como te puede gustar escribir?” le responderé que para mí lo sorprendente no es que yo lo haga, sino que los demás puedan vivir sin hacerlo.