Symphony of the Goddesses: música para contar historias

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Recientemente he tenido la maravillosa oportunidad de asistir al concierto en directo de Symphony of the Goddesses en Madrid. Para los que no lo sepan, se trata de un espectáculo basado en la banda sonora de la saga de videojuegos The Legend of Zelda, en el que una orquesta filarmónica y un coro de voces mixtas interpretan una serie de canciones y medleys extraídos de los juegos mientras proyectan en una pantalla imágenes y vídeos de la propia saga. Para muchos un evento de este tipo sonará a chino, pero lo cierto es que se trata de un show que lleva dando la vuelta al mundo desde 2012 y que ha arrastrado a miles de fans a las salas de conciertos desde que empezó. Para que os hagáis una idea más aproximada del tema, aquí dejo un video del concierto de mayo de 2013 en Toronto.

La verdad es que estar de cuerpo presente en este concierto y poder constatar de primera mano la enorme cantidad de gente que asistió (el Palacio Vista Alegre estaba hasta los topes) me hizo reflexionar sobre el papel importantísimo que juega la música a la hora de anclar nuestras experiencias a emociones concretas. Es evidente que la mayoría de las personas allí presentes, si no todos, éramos fans de la saga. Aún así me parece interesante señalar el hecho que se trata de una saga de videojuegos y nadie había ido allí con la idea de compartir la dimensión lúdica del asunto. No; se trataba más bien de compartir las emociones que los juegos nos habían provocado. La gente suspiraba, gritaba, reía, casi lloraba cada vez que reconocía un fragmento concreto de melodía. Pero reconocerlo no era el fin de todo esto, más bien era girarse hacia tus acompañantes y descubrir, con una ilusión casi infantil, que a ellos les estaba provocando el mismo sentimiento inequívoco de profundo disfrute.

¿Pero cómo puede producir emociones tan intensas y reales un videojuego, que no deja de ser un producto de entretenimiento en su máxima expresión? Para mí la respuesta a esta pregunta no supone ningún misterio, aunque sé que para mucha gente es algo incomprensible. Pero lo cierto es que los videojuegos se valen de las mismas herramientas que la narrativa clásica lleva siglos empleando en otros géneros y que, de la misma manera que funcionan en el cine, la literatura o el teatro, funcionan también en estos injustamente denostados productos digitales. La diferencia fundamental es que en el caso de los videojuegos el jugador es un agente más y por tanto sus decisiones influyen en lo que se quiere comunicar. La manera en la que el jugador asiste al fenómeno de la narrativa en un videojuego es por todo esto mucho más desordenada, errática y confusa, pero no por ello menos potente. Y la música, por descontando, es un factor fundamental para lograr esa conexión emocional de la que hablo.

Utilizo la saga de Zelda y el ejemplo de Symphony of the Goddesses para ilustrar todo esto no solo porque los juegos tengan una banda sonora increíble compuesta por un brillante Koji Kondo, sino porque el uso que hacen de la música para comunicar es profundamente acertado e inteligente. No me refiero únicamente al hecho de que empleen música triste cuando quieren enfatizar el dramatismo de un instante o música épica en las batallas contra un enemigo importante, algo que por supuesto se da en esta saga como en muchas otras. Los ejemplos en los que estoy pensando van más allá y son mucho más sutiles.

Pongamos por caso los dos videojuegos de Zelda que salieron para Nintendo 64 entre 1998 y 2000: Ocarina of Time y Majora’s Mask. El primero es una aventura heroica al uso y cuenta con una banda sonora a la altura de las circunstancias, que se regodea en la épica. El segundo es un relato sicológico al estilo de Alicia a Través del Espejo y la dimensión que crea su música, si bien recuerda a la de su predecesor, es muchísimo más profunda y oscura. En Majora’s Mask Koji Kondo jugó con el sentido de las melodías, invirtiendo motivos de Ocarina of Time para crear nuevas canciones, utilizando conceptos extraídos del propio mundo del juego para inspirarlas o empleando los ritmos y las armonías para sugerir el significado emocional de lo que estaba ocurriendo. El ejemplo más significativo de esto es la propia intro del juego, en la que Kondo emplea unos acordes disonantes que intercala en la melodía para poco a poco ir dirigiéndola hacia un final aciago que es una metáfora perfecta del arco narrativo de toda la historia, en el que los habitantes de un mundo pacífico se esfuerzan por ignorar la terrible realidad de que la Luna amenaza con desplomarse sobre sus cabezas.

Otro mecanismo que emplea esta saga y que me encanta (no es ni mucho menos la única que lo usa, aunque sí lo hace con mucho acierto) es el de la repetición de temas para despertar emociones antiguas en situaciones nuevas. Mi ejemplo favorito es probablemente el de Hyrule Castle Theme. Esta canción fue compuesta originalmente para The Legend of Zelda: A Link to the Past en 1992 y sonaba así:

Aparte de que me parece un tema cojonudo, lo que más me gusta es la manera en la que se ha empleado en ocasiones posteriores para provocar reminiscencias a ese tema primigenio y las sensaciones que inspiró la primera vez. En The Legend of Zelda: Twilight Princess (2006) se volvió a utilizar como banda sonora del Castillo de Hyrule, pero esta vez como un eco lejano en las inmensas salas vacías de un castillo asediado. Lo más icónico de esta fase es que, mientras avanzas por el inmenso castillo hasta el lugar donde te espera el enemigo final, la melodía principal va variando sutilmente hasta convertirse en el Ganondorf Theme, la canción propia del antagonista del juego. Es un toque sutil, pero que transmite muchísimas cosas imposibles de contar de otra forma. Te están diciendo que este es un lugar en que ya has estado en otro juego (¿en otra vida?), un castillo emblemático de la saga, pero que sin embargo ya no es el mismo castillo. Es un mensaje potentísimo para el jugador, que ha tenido que sudar la gota gorda para llegar hasta esa parte del juego y, en lugar de encontrarse con una melodía épica, se topa con un eco distante y nostálgico que muda poco a poco hacia lo ominoso y desazonador. Me parece sencillamente brillante.

Otro uso magnífico de este tema es el que hace The Legend of Zelda: Wind Waker (2001) en una de sus escenas finales, cuando el Rey de Hyrule decide sumergirse en el mar junto a su reino perdido y se despide para siempre de los dos protagonistas. El tema que suena en ese momento, Farewell Hyrule King es una preciosa reintepretación al piano del Hyrule Castle Theme que de nuevo despierta ecos en la mente y refuerza la cohesión y continuidad de la historia a lo largo del tiempo y de las diferentes entregas.

Como estos ejemplos hay muchísimos más, toda la saga está plagada de momentos que cobran especial trascendencia gracias al uso que se ha hecho de la música como una herramienta comunicativa más. Y como Zelda, otros muchos videojuegos cuentan con bandas sonoras maravillosas que los hacen inolvidables (¿quién no siente un escalofrío de gustillo al escuchar la melodía del Tetris? Confesad) y les dotan del poder de trascender su aspecto lúdico y calar en lo emocional.

Personalmente me gusta tanto la música y me interesan tanto las bandas sonoras que me cuesta entender que haya gente que juega a videojuegos con el volumen quitado… imagino que la música no tiene el mismo poder comunicativo para todo el mundo, igual que sucede con las palabras o las imágenes. Me parece un tema interesantísimo para explorar en otros muchos campos como la televisión o el cine y que daría para largo.

En cualquier caso yo me quedo encantada con la experiencia de Symphony of the Godesses y con la sensación de que la capacidad de las personas para conectar y dotar de sentido hasta las cosas más nimias es algo fantástico y una fuente constante de diversión. ¿Qué puede haber mejor en la vida que encontrar algo que te apasiona y poder compartirlo con otras personas? ¡Pues eso mismo digo yo!

Habitica: sé un friki organizado

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Hola, ¿sabéis cuando digo que voy a actualizar más a menudo pero luego nunca lo hago? Bien, pues tengo dos excusas para ello: una, dependo demasiado de la engañosa sensación de estar inspirada, cuando generalmente lo más efectivo es SENTARSE Y PONERSE A ESCRIBIR. Y dos, soy un puto desastre organizándome. Sé que os cuesta creerlo porque me colmáis de admiración, pero sí, así es la vida.

Por suerte desde que entramos en la era 2.0. ya no hay excusas que valgan. Alguien, en algún lugar, está siempre trabajando para crear un complejo sistema interactivo que podrá ayudarte en tu desespero cotidiano particular. ¿Que quieres salir a correr pero necesitas que todo el mundo lo sepa o no te animas? Sin problema, descárgate esa app de running de la que todo el mundo habla y a tirar. ¿Que quieres ligar pero sin salir de casa porque si eso ya otro día? ¡No pasa nada! Tinder es la solución. O si, como es mi caso, necesitas una ayudita extra con eso de optimizar tu tiempo y cumplir con una lista de tareas, puedes probar con la extensa lista de aplicaciones de productividad que Internet tiene que ofrecer. Sí además, como es también mi caso, eres un friki adicto a los juegos de rol, tendrás que probar Habitica.

Seré honesta, no he descubierto esta aplicación por mí misma. Mi amiga F., que es una gran aficionada a hacer listas de cosas para ticar las que ya ha hecho / adquirido / leído visto, me la enseñó hace unos días y decidí que tenía que probarla. Habitica es una aplicación de productividad en la que tu mismo te marcas tus tareas pendientes, hábitos saludables y no saludables y las tareas diarias, y las vas ticando según lo que vas haciendo. En esto no se diferencia mucho de otras aplicaciones de productividad, lo realmente interesante es que añade un factor de gamificación.

Habitica es una aplicación de productividad, sí, pero también es un juego de rol a la antigua usanza. Hasta imita los simpáticos gráficos pixelados de la era dorada de este tipo de juegos (años 80 y 90). Tu avatar irá ganando experiencia y subiendo de nivel en función de las tareas que cumplas y perderá salud siempre que incurras en hábitos no saludables o dejes tareas diarias sin cumplir. No sólo eso, sino que con el oro obtenido por cumplir tareas puedes comprar euipación y objetos y participar en misiones con amigos que también usen Habitica, de manera que sus rutinas también perjudicarán o favorecerán a tu avatar, y viceversa. Por supuesto tú pones las reglas sobre qué tareas debes hacer cada día y qué hábitos cumplir o evitar, así que la honestidad es un factor clave para que este sistema, además de ser divertido, resulte verdaderamente útil.

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En mi mundo paralelo de Habitica soy una vikinga a lomos de un fénix defensora del reciclaje y preocupada por el calzado de invierno.

Llevo unos días probando Habitica y la verdad es que no sólo me está enganchando, sino que me divierte y me pico a cumplir las tareas. Si he de ser del todo sincera, el hecho de que esté aquí ahora escribiendo esta entrada de blog tiene del todo que ver con esta aplicación, porque es una de mis tareas y ME DABA MUCHA RABIA PERDER SALUD POR NO TICARLA :D. Pero es que sí, soy bastante dispersa y eso hace que sea mala cumpliendo obligaciones así en abstracto, pero si veo un objetivo claro (en este caso, la gratificación de hacer click en la casilla y ver cómo mi barrita de experiencia sube), soy un hacha. Para funcionar necesito metas muy definidas y como a mí sola me cuesta definirlas este tipo de sistemas me vienen muy bien.

En definitiva, que estoy contenta con la experiencia y la recomiendo para los que, como yo, consideren que necesitan un empujoncillo para rendir más. No os va a solucionar la vida pero oye, una pequeña ayuda nunca viene mal 😉

Me fascinan los tarados (I)

De acuerdo, lo admito. Tengo dos cosas que confesar. La primera, que tenía unas ganas locas de hacer esto. La segunda, quizá poco sorpresiva para algunos, es que siento una atracción irrefrenable y en ciertos aspectos incluso malsana hacia los inadaptados de la literatura. Sí, me refiero a esos personajes ficticios que se balancean entre la luz y la sombra, que rozan los extremos con el mismo desparpajo con el que se regodean en su mediocridad, que resultan imprevisibles a veces, misteriosos otras, profundamente queribles siempre porque, en su evidente imperfección, nos identificamos con ellos y acaban por resultarnos simpáticos. Es el caso de los locos, los miserables, los redimidos, los perdedores, los melancólicos, los patéticos, los genios, los caídos. En definitiva, los tarados.

Quiero mucho a los tarados porque me han proporcionado algunos de los momentos más álgidos de la literatura y me han catapultado al éxtasis puro con sus devaneos y miserias. Los tarados son interesantes, los tarados siempre tienen escenas que lo molan todo. Los tarados son la literatura y, la mayoría de las veces, la razón de que valga la pena leer. Con sinceridad lo digo, ¿quién quiere tragarse 200, 300, 500 páginas relatando lo estupendo y anodinamente normal que es alguien? No, leemos porque queremos, ansiamos, necesitamos esa dosis de locura políticamente incorrecta que nos libera e incluso nos responde algunas preguntas

Por todo esto y con el fin de darle un poco de vidilla al blog, he decidido iniciar una serie. Tendrá por título me fascinan los tarados y cada post versará sobre un personaje distinto. Héroes, villanos, antihéroes, antivillanos, secundarios de oro, Sancho Panzas entrañables, me da igual con tal de que cumplan una regla inapelable: que en mayor o menor medida tengan su puntito borderline.

Aviso importante: esta serie contendrá muchos spoilers de diferentes obras literarias y puede que otros campos de la ficción, así que fijaos bien en qué pesonaje y obra me centro y ¡no leáis si no queréis destriparos cosas!

Dicho esto doy paso al primer tarado de la lista.

Edmond Dantès
El Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas

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Ah, por supuesto. Cómo no empezar esta lista con uno de los inadaptados más intensos, magnéticos y célebres de la literatura. El misterioso y amargo protagonista de El Conde de Montecristo ya encandiló a mi yo de 14 años la primera vez que leí el libro (he leído esas malditas 1145 páginas varias veces, sí, estoy enferma) y me sigue encandilando porque, ¿cómo no quererlo? ¿Cómo no sentir magnetismo por ese hombre sombrío e indescifrable que decide, desde la posición de superioridad moral que él mismo se otorga, tomarse la justicia por su mano y vengarse cruelmente de los que le hirieron en el pasado? Joder, la mera premisa de la historia te obliga a quererlo, no hay vuelta atrás. Pero vamos a empezar por el principio que me voy por las ramas.

Edmond Dantès es probablemente el arquetipo más famoso de antihéroe que existe. Es el protagonista de la historia y como tal, es el encargado de hacerla avanzar. Lo interesante sin embargo no es tanto lo que le ocurre a él si no su evolución a lo largo del libro. Edmond pasa de ser un jovenzuelo ingenuo a convertirse en un millonario cruel y amargado por el pasado con delirios de grandeza para finalmente arrepentirse y, de manera un tanto torpe y atolondrada, buscar la redención. Edmond tiene por tanto tres ingredientes básicos para ser un buen tarado literario: es complejo, se mueve en la gama de los grises morales rozando apenas el blanco y el negro y está obsesionado con una meta que, según su sesgadísimo punto de vista, está por encima del bien y del mal. Vamos, un cóctel ganador para mis caprichosas papilas gustativas de lo estético, extremo e innecesario.

La historia de El Conde de Montecristo es emocionante y novelesca en el más puro sentido de la palabra, pero está increíblemente bien contada y, a medida que avanza, se convierte en un libro poderosamente absorbente. El argumento empieza con Edmond Dantès, un brillante aunque algo ingenuo jovenzuelo que trabaja en los astilleros de Marsella, a punto de sellar su felicidad eterna casándose con Mercedes, una joven catalana de tan humilde procedencia como él. Edmond tiene un futuro brillante a ojos vista: va a casarse con la mujer que ama, tiene numerosos amigos y bienhechores y, para colmo, está a punto de conseguir una merecida promoción a capitán de barco. Como muchos ya sabéis el hecho de que el protagonista sea feliz es algo que relaja pero que propicia historias de mierda, así que la adversidad no tarda en ceñirse sobre él. Una serie de conocidos que, ya sea por envidia, desamor o miedo están interesados en que Edmond desaparezca, conspiran contra él de tal manera que, en el colmo de las desgracias, el alegre chavalín acaba dando con sus huesos en la prisión política más fría e inexpuignable de toda Francia: El Castillo de If.

El Castillo de If es básicamente la crisálida de Edmond Dantès. Si bien Edmond entra en la cárcel siendo joven y confiado, cuando consigue escapar tras 14 años entre sus muros sale convertido en un hombre sombrío, misántropo y obsesionado con la venganza. Al principio de la historia Edmond representa al bien y sus enemigos al mal, pero una vez pasa por el Castillo de If, nuestro protagonista toma el nombre de Conde de Montecristo y se convierte en la representación viva de la justicia. O eso insiste en afirmar él mismo en repetidas ocasiones. En cualquier caso Edmond sale de la prisión más sabio, más decidido e infinitamente más rico gracias a la ayuda de su compañero de encierro y mentor el ábate Faria, que le desvela el emplazamiento de un tesoro oculto. Pero sobre todo, sale dispuesto a liarla muy parda. Algunas de sus perlas:

Y ahora adiós bondad, humanidad, reconocimiento… ¡Adiós todos los sentimientos que ensanchan el corazón! Me he sustituido a la Providencia para recomensar a los buenos… ¡Que el Dios vengador me ceda su puesto para castigar a los malvados!

(…)yo no me ocupo jamás de mi prójimo, no procuro proteger nunca a la sociedad que no me protege, y diré aún más, que no se ocupa generalmente de mí sino para perjudicarme, y retirándole mi estimación, y guardando la neutralidad frente a frente de ella, es todavía la sociedad y mi prójimo quienes me deben agradecimiento.

Lo más curioso que hay en la vida es el espectáculo de la muerte.

Y cuando le preguntan sobre la experiencia de asistir a una tortura: El primer sentimiento fue el de la repugnancia, el segundo fue el de la indiferencia, y el tercero la curiosidad.

En definitiva, que el entrañable a la par que aburridísimo Edmond Dantès sufre una transformación providencial en términos literarios y nace el Conde de Montecristo, ese tarado que, te das cuenta de inmediato, va a hacer las delicias de todo lector desequilibrado desde ese mismo instante hasta el final.

Dumas, por supuesto, no es ajeno al potencial de su personaje y se encarga reiteradamente de incidir en la fascinación que provoca allá donde va. Lo describe como un hombre poderosamente atractivo aunque pálido en exceso (14 años sin ver la luz del Sol habrán tenido algo que ver, nos advierte), con un gusto exquisito, mente insondable, rica cultura y más pasta de la que se podría gastar Rupert Murdoch si viviera tres vidas. Es aparecer el Conde de Montecristo con su origen desconocido y su irritante aunque irresistible mueca de desdén en la decadente sociedad parisina y ponerla del revés. Todos quieren saber quién es, lo que hace, a dónde va, de quién es amigo, etc. etc. etc. Y él se aprovecha de esto alentando solo a medias el misterio, fingiendo que hasta le aburre, mientras entre bastidores planea su cruel venganza con obsesiva dedicación. Un aplauso Dumas, me quito el sombrero ante la maestría con la que construyes a tu perfecto tarado y el mimo con el que lo presentas, que hasta una se olvida de que el tío va por la vida soltando cosas como que es la mano de Dios y acaba enamoradica perdía.

Por supuesto, Edmond se venga. Se venga en plan destructivo e implacable, arruinando a uno, llevando a otro al suicidio y provocando la locura de un tercero. Ni siquiera las suplicas de su viejo amor Mercedes consiguen aplacar su ira. Sin embargo el propio destino es el que se encarga de poner a Edmond en su sitio porque al final se le va la mano. Se le va mucho la mano. Se le va tantísimo la mano que se carga a un crío inocente de manera tangencial porque vaya, eso de jugar a ser Dios como que no era tan fácil como parecía. Es entonces cuando se da cuenta de que incluso cuando uno tiene la balanza moral de su lado, existen límites. Y al traspasarlos Edmond se acojona. Se le ponen tan por corbata que dedica las últimas fases de su plan a frenar lo que ya ha puesto en marcha y así evitar llevarse a más incautos por delante. Al final consigue hacer un par de buenas obras, medio perdonarse a sí mismo y, al menos a ojos de Dumas que le otorga la concesión de volver a enamorarse, quedar redimido.

Edmond es humano, Edmond es falible, Edmond reconoce su pequeñez infinita ante la Divina Providencia y por lo tanto, Edmond se redime y obtiene su final feliz. Esto es una cosa muy decimonónica sobre la que no me voy a detener demasiado pero que los novelistas usaban mucho para justificar los actos de sus personajes. Vamos, el viejo rollo de “quiero escribir un personaje que sea interesante pero sin que me quemen por hereje”. Puede resultar un tanto ingenuo hoy en día pero alabado sea este tropo que nos ha permitido disfrutar de tantos y tantos personajes que valen la pena.

En definitiva Edmond Dantès es uno de esos tarados sobre los que quieres volver una y otra vez. Releer sus frases célebres, revivir sus alegrías y sus miserias y sobre todo fascinarte una y otra vez con él y su forma nada sana de lidiar con el dolor y la ofensa. Pero seamos honestos, ¿a quién le interesa lo sano?

¡Que vivan los tarados!