Los ofendidos

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He oído decir y he leído a menudo, últimamente cada vez más, que vivimos en la cultura de “los ofendidos”. Seguro que sabéis a qué me refiero porque por fuerza lo habéis tenido que escuchar vosotros también. Humoristas, periodistas, escritores, creadores de opinión, tendencia y discurso de todos los colores bromean con esto a menudo en redes sociales y medios de comunicación. Que ya no se puede decir nada, que es imposibe manifestar una opinión inocente sin que se te llene el Twitter o el Facebook de radicales enfadados y que estamos perdiendo la perspectiva porque no se le pueden poner límites al humor.

Bueno. La verdad es que podría ponerme a reproducir este discurso convencional y ahorrarme muchos caracteres, porque para qué insistir en lo que ya han dicho otros antes que yo, pero no lo voy a hacer. No puedo hacerlo porque hace ya bastante tiempo que reflexiono sobre este tema y creo que desde un análisis algo más profundo podríamos aprender todos mucho más, tanto “ofendidos” como “políticamente incorrectos”.

A la cuestión de la incorrección política ya volveré luego, que trae cola. De momento voy a intentar desarrollar una idea que creo que es central cuando hablamos de los ofendidos y que nadie menciona nunca: la idea de contexto. No se puede intentar entender una tendencia social sin fijarnos en la realidad que nos rodea. A día de hoy, mediados de 2018, vivimos en un mundo donde todos estamos mucho más expuestos porque, de hecho, nos exponemos voluntariamente en las redes sociales. Compartimos vivencias, ideas, bromas, opiniones. Lo hacemos porque sabemos que hay alguien al otro lado, alguien que escuchará, y porque esperamos un feedback.

En una era donde todos estamos conectados lanzar mensajes al vacío ya no es una opción. Pero muchas de las personas que se sorprenden de que sus mensajes no sean siempre bien recibidos por todo tipo de gente parecen no darse cuenta de que las redes sociales funcionan en dos direcciones. Esto añade a la comunicación de masas un factor revolucionario: nuestros receptores ahora son interlocutores. También tienen la posibilidad de hacerse oír.

Si nos detenemos un momento a pensar nos daremos cuenta inmediatamente de que esto nunca antes había pasado. Los espacios mediáticos eran, hasta hace apenas dos décadas, bienes escasos y muy codiciados. Solo los elegidos podían acceder a un altavoz desde el que lanzar sus mensajes. Académicos, periodistas, estrellas, todos ellos tenían asegurado su micrófono por encima del resto de nosotros, pobres mortales, que solo podíamos limitarnos a escuchar y a reproducir o descartar sus puntos de vista en el ámbito privado. Pero ahora resulta que no solo ellos pueden acceder a una vía de comunicación de masas, ahora también tú puedes hacerlo. Y contigo puede acceder tu vecino Juan, su hermana Carlota y la abuela de tu amigo el de Cantavieja.

¿De verdad creíamos que este nuevo modelo, revolucionario en todos los sentidos, no iba a acabar por influir en los mensajes y en cómo se reciben? La idea de que podemos seguir funcionando como antes, lanzando mensajes a un hipotético vacío donde siempre van a ser bien recibidos y nos va a llegar un feedback filtrado y seleccionado es bastante ridícula. Toda opinión suele venir acompañada de una réplica. Si te pones a opinar delante de miles de personas, ¿qué esperas, sino miles de réplicas? Y si ya habías contemplado esto, ¿por qué das por sentado que todo lo que te digan debe ser, no solo ya bienintencionado, sino acorde a tu modo de pensamiento?

A menudo veo quejas de que “la gente ya no aguanta nada” pero sinceramente, creo que es una manera totalmente equivocada de enfocar esta cuestión. La gente aguanta exactamente lo mismo que aguantaba antes solo que ahora, si no está de acuerdo contigo o directamente le irrita tu postura, tiene medios para hacértelo saber. ¿Quiere esto decir que toda réplica, por mala que sea, es válida y por tanto deberíamos darle crédito? Por supuesto que no. De hecho, esta pregunta nos lleva al siguiente punto que quería tratar: el del mensaje y la responsabilidad social.

Puede que a algunas personas les sorprenda lo que voy a decir a continuación pero creo firmemente que, en función de dónde procedan las quejas, se les debería otorgar más o menos crédito. Y cuando digo dónde también quiero decir quién. Voy a poner un ejemplo manido pero fácil de entender: no es lo mismo que un montón de gente negra, que ha tenido que sufrir lo inimaginable solo por el mero hecho de existir en una sociedad que las racializa y margina, proteste ante el chiste racista de un nazi que que ese mismo nazi se queje de la opinión de una persona negra que reclama derechos que le son sistemáticamente negados. No es lo mismo, no puede serlo y no lo será nunca.

Equiparar al nazi, cuya ideología es activamente dañina y resulta en asesinatos, con las víctimas de esa misma ideología bajo un término paraguas como “ofendidos” es tremendamente reduccionista e irresponsable. Y lo peor es que lo hacemos a todas horas, muchas veces sin darnos cuenta.

El ejemplo que he puesto es muy extremo porque en el momento que leemos la palabra “nazi” se nos encienden todas las alarmas. Pero la realidad es mucho más sutil y engañosa. A veces nos encontramos con un montón de opiniones negativas por un chiste que nos parece aparentemente inocuo y, por mucho que nos expliquen por qué no es tan inocente, no podemos comprenderlo. En estas ocasiones es cuando hay que mirar a nuestros interlocutores: si la gente que protesta lo hace porque ve vulnerado algún derecho propio o ajeno, lo menos que podemos hacer es escuchar y pararnos a pensar. Puede que no lo entendamos en ese momento, incluso que no lleguemos a entenderlo nunca, pero siempre será mejor que quejarse de “lo mucho que se ofende la gente”. Porque por mi experiencia, las personas que te piden más considertación y empatía a la hora de manifestar tus opiniones suelen tener razón.

Personalmente, tengo mucho  que agradecer a gente que, cuando dije algo problemático o defendí una postura equivocada, tuvieron la paciencia y los arrestos de llevarme la contraria y explicarme por qué no podían estar de acuerdo con mi postura. Gracias a eso he crecido como persona y he aprendido a distanciarme de mis propios prejuicios a la hora de comunicarme con otras personas. Y de verdad os lo digo, esto me ha hecho más libre y más feliz.

Sin prejuicios se vive mejor, de verdad os lo digo. Los prejuicios son lo que generalmente te va a llevar a enrocarte en tu postura y a descartar cualquier opinión que choque frontalmente con ellos. Es más, los prejuicios que tenemos sobre otras personas distorsionan también la imagen que tenemos de nosotros mismos y nos llenan de miedos. De hecho, son muy peligrosos porque normalemente son invisibles para el que los esgrime. Solo una postura firme y desafiante de otra persona puede volverlos visibles para ti, y te hace capaz de derribarlos. Por eso ya no me molesta que la gente se ofenda. En todo caso me preocupa y me hace pensar.

Podría acabar el texto aquí, con esta nota buenrollista y casi de autoayuda, pero voy a seguir un poco más porque tengo alguna que otra cosa que decir sobre los límites del humor. Os voy a decir una cosa: el humor tiene límites, por supuesto que sí. Pero es que todo derecho tiene sus límites donde empiezan los derechos y libertades del otro, y la libertad de expresión no es una excepción a esta regla. Si haces una broma de mierda (perdón por la expresión) sobre gente en silla de ruedas y alguien en silla de ruedas te dice que te calles, pues gual te has extralimitado ejerciendo tu derecho a expresarte. Aunque no fuera tu intención ofender, en serio. No vale decir “era broma” y convertir tu metedura de pata en un problema ajeno. Los derechos vienen con responsabilidades, y en la vida cuando uno la caga tiene que pedir perdón. Y no hay más.

A lo mejor algunas personas al leer esto pensarán que es imposible hacer humor sin ofender y molestar a alguien, pero no es así. ¿Qué es difícil? Claro. El humor es una herramienta poderosísima, pero nadie dijo que fuera fácil de usar. Si tu humor consiste en hacer chistes de negros y gays el 80% de veces que abres la boca para decir algo “gracioso” pues tengo una mala noticia: lo que haces no es humor.

El humor requiere empatía. Si te ríes de otros, lo que haces es ser irrespetuoso y hacerte gracia a ti mismo o a ti misma. Y no, no es humor negro: el humor negro se ríe de tragedias universales, que incluyen a muchos de los interlocutores y siempre a la persona que hace la broma. Hacer un chiste sobre funerales, porque a todos nos va a tocar algún día esa movida, es humor negro. Hacer un chiste sobre cojos cuando tú no eres cojo ni vas a experimentar nunca ese impedimento no es hacer humor negro: es reírte de los cojos desde una posición privilegiada. Lo cual tiene sus problemas y está feo en general, así que sí, probablemente ofendas a mucha gente. Pero es que lo buscabas un poquito, ¿no? No lo niegues.

Que sí, que a todos nos tienta a menudo subirnos a nuestro pedestal de superioridad moral y decirles a los demás que tienen que respetar la libertad de expresión y que no aguantan nada, que total era una broma sin mala intención. Pero el humor no va de ser superior ni de disfrutar con la irritabilidad ajena. Eso es sociopatía, Manolo. El humor va de coger lo injusto, lo mundano, lo tedioso, lo universal, lo concreto, lo bueno, lo malo, lo propio, lo ajeno y hacerlo un bien compartido. El humor es una herramienta crítica y donde mejor funciona es ejercido contra el sistema y contra las ideas. Por eso se ejerce siempre con las personas y nunca contra ellas.

De hecho, alguien me dijo hace tiempo que las personas son las que tienen derechos, no las ideas. Por eso reírse de una religión o de un sistema pollítico, o de una economía o de un orden social o de una película o un libro no es problemático. Ofenderás a mucha gente, sí, porque la gente defiende sus esquemas mentales a muerte. Pero no tendrán razón.

De hecho, suele haber polémica cuando se hace humor con figuras religiosas por esto mismo. Pero es que aquí sí que voy a romper una lanza por los humoristas: si te ofendes porque alguien se mete con tu libro favorito, no tienes razón. De verdad que no. La tendrás cuando alguien se meta contigo por leer ese libro concreto, o si se meten contigo por profesar una fe determinada. Pero si yo digo “me cago en Dios” y eres creyente no puedes reprocharme nada, porque “Dios” es una idea y no tiene derechos. Y no estoy vulnerando ningún derecho tuyo por no compartir tus ideales. Así que si eres de los que se ofenden cuando alguien critica su videojuego favorito pero te hace gracia reírte de las personas trans, tengo una mala noticia para ti: no tienes razón y en algún momento de tu vida te hiciste la picha un lío. Revisa tus prioridades, Catalina.

Por último, la incorrección política: no sé por qué motivo ni razón esta expresión se ha vuelto cada vez más popular para describir a gente que, directamente, se comporta mal con los demás. Ser políticamente incorrecto solía tener un sentido subversivo. Se usaba para hacer referencia a actos y corrientes de opinión que desafiaban el orden establecido y buscaban disrupción en el pensamiento imperante. Hoy en día la gente la usa para describirse a si misma cuando una de sus actividades cotidianas es insultar a los demás. De verdad, no habéis entendido nada.

Os voy a explicar por qué cuando te ríes de los colectivos mal llamados minoritarios como mujeres, homosexuales o personas trans no estás siendo políticamente incorrecto. Mira, el sistema ya se encarga de machacar a estos colectivos continuamente desde las instituciones. Se les niegan espacios, visibilidad, voz, trabajo, libertad, todo lo que imagines que se le puede negar a una persona en una sociedad aparentemente organizada. Y lo que tú haces cuando te metes con ellos es dar la razón al sistema. Así que no estás siendo ni subversivo, ni insurrecto, ni interesante siquiera. Estás siendo puñeteramente convencional a costa de comportarte, para colmo, como una mala persona.

De verdad, si quieres meterte con los demás, adelante. Por suerte nadie te va a meter en la cárcel por hacer un par de bromas desafortunadas (a no ser que sean contra el sistema, en cuyo caso te pueden caer seis años por cantar un rap. ¿Ves lo que es incorrección política?), pero no esperes que la gente anule su derecho a réplica porque tú eres especial y políticamente incorrecto y solo unos pocos elegidos entienden tu humor. Lo entendemos todos Ricardo Antonio, no eres tan listo: lo que pasa es que a muchos nos parece deslavazado y dañino y no lo consideramos humor. Y tenemos maneras de hacértelo saber.

Así que la próxima vez que venga alguien a pedirte que reconsideres tus palabras, aunque sea de malos modos y sea una persona maleducada (esto pasa a menudo, la gente que tiene razón también puede ser maleducada), escucha primero. Después defiéndete si es necesario o pregunta si no lo entiendes, pero no te creas más listo o más lista por defecto. Incluso la persona más irritante puede tener razón, y nadie en este mundo súper conectado está libre de meter la pata o de ser el ofendido. Porque aquí los pedestales son de mentirijilla y se los fabrica cada uno al gusto. Piénsalo la próxima vez que te tiente subirte a uno.

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50 Sombras de Grey. Mil maneras de juzgarnos.

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Hace aproximadamente un año que escribí un post en este mismo blog en el que hablaba de lo frustrante que me resulta enfrentarme al enaltecimiento de los best-sellers, especialmente si son malos, y citaba como ejemplo el caso paradigmático de 50 Sombras de Grey. En realidad hablaba de varias cosas diferentes en mi artículo, pero creo que es importante recordar y hacer hincapié en el hecho de que 50 Sombras no sólo no me gusta, sino que me parece una obra de pésima calidad, vacua, manida, poco orgininal y bastante reaccionaria. Dicho esto voy a entrar en materia sobre lo innecesarios que me parecen, aun sabiendo lo malo que es el libro, determinados juicios de valor que he visto en medios y redes sociales.

El enfado me viene a raíz de leer este artículo de La Página Definitiva donde el autor no sólo arremete de manera despiadada contra el libro (cosa que me parece por otra parte bastante natural) sino que también reparte de manera no totalmente exenta de un cierto tufillo si no machista al menos condescendiente, chanzas de lo más variopintas contra todas las lectoras que afirman haber leído el libro y haber disfrutado con él. El autor justifica su aparente irritación y perplejidad afirmando que no entiende cómo tantas mujeres (¡algunas hasta con carrera, adónde iremos a parar!) se empeñan en convencerle de que es un buen libro y “una historia de amor preciosa”, cuando es evidente que no es ni una cosa ni la otra. Al final llega a la conclusión de que, sencillamente, las mujeres es que no nos aclaramos y no sólo no somos honestas con los hombres sino que no somos honestas con nosotras mismas. Pobres hombres, cuánto tienen que aguantarnos. Las mujeres somos tan volubles e inconstantes con nuestros deseos y sentimientos y tan ignorantes de nuestra propia psique que no sabemos ni lo que queremos, ¿cómo, pues, lo van a saber ellos?

Bien, podría ponerme diplomática y pasivo-agresiva (porque claro, soy una mujer, es lo nuestro), pero dado que este tipo está tan preocupado por la aparente deshonestidad femenina, voy a ser sincera, directa y clara: su análisis me parece vacuo y superficial y su artículo un pedazo de cagarro. Perdón. Quiero decir que me parece una soberana mierda.

Y dicho esto voy a argumentar mi opinión, para que nadie se crea que esto lo digo fruto de la rabia o el escarnio. En realidad lo digo en base al frío y calmo análisis y con toda la tranquilidad del mundo porque en serio, hace mucho tiempo que superé eso de obnubilarme ante la prosa decente y la pluma afilada y si veo prejuicios disfrazados de intelectualismo y sofisticación, lo digo. Y este artículo es todo sorna y poca miga.

El artículo de nuestro autor de La Página Definitiva no sólo me parece sesgado, desacertado y en algunos puntos hasta ofensivo para las fans de 50 Sombras (entre las cuales, repito, no me cuento), sino que me parece escaso de imaginación y totalmente falto de empatía. Entiendo que el libro le haya parecido una basura, porque lo es. Enmtiendo la sorna, porque hay mucho de lo que burlarse cuando tratamos con una historia tan vacua y tonta como la de 50 Sombras. Entiendo que pueda irritarse de que algo de tan ínfima calidad haya alcanzado las ventas que ha alcanzado este insípido best-seller. Lo que no entiendo es por qué se empeña en culpar de todo ello al género femenino, como si ser hembra humana  y no estar por encima de tu biología fuera algo digno de penalización y escarnio.

En realidad entiendo su frustración: pero si somos mujeres modernas, si pedimos la igualdad, si hablamos de feminismo todos los días, si tenemos estudios y carrera… ¿cómo puede ser que nos sigan poniendo cachondas cosas tan tontas como un chico malo, sus preciosos ojos grises y la forma tan estupenda en la que le caen los pantalones sobre su prieto y estilizado culito de macho alfa? ¿Cómo puede ser que todas nos hagamos pipí con la idea de ser dominadas por un machote buenorro que encima es millonario, que encima dona dinero a ONGs, que encima vive torturado por su pasado y presa de una despiadada tormenta interior? ¿Es que no vemos lo tonto que es? ¿Es que no nos damos cuenta de lo tontas que parecemos?

De acuerdo, entiendo sus preguntas, son totalmente lícitas. Lo que no entiendo es la conclusión precipitada a la que llega afirmando que “será que somos todas unas putas”, o “que no sabemos ni lo que queremos” o “que en el fondo no estamos tan liberadas”. Si el autor tuviera un poquito de imaginación o por lo menos una pizca de interés por conocer el punto de vista femenino (ah, ahí he pinchado en hueso, ¿verdad? ¿porque desde cuándo es interesante conocer el punto de vista femenino si puedo escribir un puñado de líneas ingeniosas poniendo a caldo a unas cuantas solteronas?) se habría abstenido de contestar de manera tan pobre y habría dejado que nosotras le resolviéramos algunas de sus dudas. Eso habría demostrado un genuino interés por saber y no lo que de verdad supone su artículo, que es básicamente un canto al onanismo impregnado de autosatisfacción.

Pero resulta que yo soy mujer y puedo contestarle. A él y a todos los que al leer su artículo se hayan podido hacer las mismas preguntas. Y la respuesta es tan simple como definitiva: es que las mujeres también tenemos genitales que piensan por nosotras y joder, no encanta estimularlos porque, por razones evolutivas, de no ser así nos habríamos extinguido como especie. Igual que un hombre (por muchos premios Nobel que acumule en su cartera) no puede evitar que se le ponga como un mango de mortero al ver un par de tetas tersas, nosotras no podemos evitar que nos pongan cachondas determinadas absurdeces que no tienen explicación racional, y la dominación es una de ellas. Lo que pasa es que sí, somos diferentes, y mientras par los hombres la estimulación visual es fundamental, para nosotras lo que mejor funciona es la imaginación. De ahí que muchas mujeres, algunas en mayor medida que otras, cubran de un aura de romanticismo sus relaciones y sus fantasías sexuales, puesto que eso nos ayuda a estimular nuestro deseo sexual. De ahí que muchas mujeres hayan leído esta mierda de libro que es 50 Sombras y, aún sabiendo que es una mierda de libro, les haya gustado. De ahí que muchas mujeres hayan llegado incluso a afirmar que el libro es “una historia de amor preciosa”, porque rodearlo de un encanto que no tiene es su manera de idealizar sus propios deseos y fantasías. ¿Afirmar que es un buen libro? Es obviamente un autoengaño, pero eso no tiene nada que ver con el hecho de ser mujer. Tiene que ver con la propia condición humana y nuestra necesidad de encumbrar todo aquéllo que nos gusta, en contra de la pura evidencia terrenal. Es exactamente lo mismo que hacen los hombres cuando utilizan palabras como “honor”, “sacrificio” o “nobleza” para describir algo que no deja de ser un juego como es el fútbol. La diferencia es que nosotras tenemos que soportar la sorna y las pullitas de “intelectuales” masculinos diciéndonos lo incoherentes e infantiles que somos y no sólo eso, sino a otras mujeres dándoles la razón porque claro “es que hay tanta tipa tonta por ahí”

Pensadores masculinos de este mundo: si van a referirse a mi género con el único fin de demostrar el buen ejemplo que podriamos tomar de ustedes para corregir nuestros defectos derivados del estrógeno y la progesterona, pueden irse a cagar a la vía. Si por el contrario tienen intención de analizar nuestro comportamiento ante determinadas situaciones con la intención real de aprender sobre nosotras y conocernos mejor, estaremos siempre dispuestas a dialogar y a contestar a sus preguntas con toda la honestidad de la que seamos capaces.

Mientras tanto sólo me queda esperar que algún día podamos hablar del comportamiento sexual de hombres y mujeres sin caer en prejuicios ni juicios de valor injustos donde, tristemente, nosotras siempre llevaremos todas las de perder.

 

 

Be woman, my friend

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Llevo unos días que no paro de encontrarme gente escribiendo y opinando en Internet (hombres, mujeres, indefinidos) sobre temas de género. Ya sabéis, que si las chicas sois tal, que si los chicos cual, que si esta serie está sobrevalorada porque no representa la feminidad como pretende, que si la ficción es sexista y poco realista en los roles que plantea y blablabla. Me resulta difícil especificar un tema, autor o artículo concreto porque creo que se trata más de una nube de información en mi cabeza que de un algo determinado, pero lo cierto es que de tanto leer las opiniones de unos y de otros y ver que, en general, están tan alejadas de mi manera general de percibir, sentir e idear el mundo, he llegado a una conclusion: el género como etiqueta es una herramienta útil a la hora de organizar el mundo, pero muy mal gestionada.

Relax. Esta no va a ser una entrada feminista reivindicando mi mundo interior como mujer ni shit like that porque eso no me interesa (o porque hoy no estoy de ese humor, que también podría). Lo que busco es reflexionar un poco sobre por qué las mujeres de hoy en día tenemos tal cacao mental sobre nosotras mismas que al final ya no sabemos ni dónde catalogarnos y, lo que es peor, creyéndonos rompedoras incurrimos en prácticas abusivas hacia otras mujeres por el mero hecho de que no encajan en nuestro esquema de lo que una mujer moderna debería ser.

Por poner un ejemplo práctico: he aquí una entrada de blog de una supuesta feminista que me dejó anonadada. Básicamente se dedica a poner a caldo a Valèrie Tirerweiler, ex Primera Dama francesa, por no haber mantenido la calma cuando se enteró de que su marido le ponía los cuernos delante de todo el país y permitirse el lujo de sufrir una crisis nerviosa. Según su punto de vista, ese tipo de comportamiento tan sólo refuerza la idea pasada de moda de que las mujeres somos unas “histéricas” y unas “flojas”, cuando en realidad somos fuertes y debemos obligarnos a mantener la calma. Para empezar, resulta bastante irónico que sea ella misma la que cataloga de histérica a Tierweiler, reforzando así ella misma la noción que intenta rebatir. En segundo lugar, sus exigencias hacia esta mujer humillada y emocionalmente maltratada son tan reaccionarias como las ideas que tanto parecen molestarle. La autora se esfuerza mucho en recordarnos que las mujeres no necesitamos para nada a los hombres (osado pero engañoso) y que, si nos ponen los cuernos, tampoco pasa nada porque nos tenemos a nosotras mismas. Lo que parece olvidar esta muchacha (tanto ella como varios de los energúmenos que nos deleitan más abajo con sus comentarios), es que para empezar este nunca fue un asunto de género, sino más bien un problema de confianza. El dolor de una traición, de un compromiso roto, de una decepción, es igual de terrible para hombres y mujeres, tanto más si están enamorados, y poco o nada tiene que ver con la cursi flojera emocional que tanto parece molestarle a la autora. Si alguien te miente te va a doler, sea tu marido, tu amigo o tu casero. Si lo hace delante de todo un país, durante varios años, te duele más. Y si supone la tuptura de tu mundo, de tu ritmo de vida, de lo que eres o creías que eras, pues más todavía. En cuyo caso es normal desfallecer. En cuyo caso, da igual qué tipo de genitales tengas y si tus cromosomas son XX o XY, porque te va a joder igual. Y por lo tanto, juzgar está fuera de lugar.

Pero ahí reside el quid de la cuestión: las personas juzgamos, y las mujeres más. No solo a los hombres, también nos juzgamos unas a otras sin piedad. Es un vicio que tenemos muy arraigado, ya sea de origen social o biológico, y que no me importa admitir porque me parece que es verdad. No es algo que hagamos necesariamente con fines destructivos, pero no podemos evitarlo. Sacamos conclusiones, buenas o malas, mirando cómo viste la gente, cómo anda, lo que dice, cómo lo dice, etc. Quizá porque somos más receptivas al lenguaje en todas sus expresiones, o quizá porque es una manía aprendida, no lo sé, pero ahí está. Y por supuesto, nos juzgamos a nosotras mismas. Nos miramos al espejo y nos preguntamos por qué no tenemos ya un trabajo, un sueldo estable, un novio, una casa, un coche, la cinturita de Audrey Hepburn o los Pómulos de Jennifer Lawrence. Nos preguntamos por qué nunca terminamos ese libro, por qué aún no hemos compuesto esa canción, y si es normal que nos den asco los niños y en especial los bebés. Lo cual nos lleva en cierto modo al fondo del asunto: la palabra “normal”.

¿Y qué es normal? Digo yo que esta debe ser la pregunta más vieja desde que el hombre aprendió a vivir en sociedad. En realidad es una pregunta sin respuesta, porque la gente nunca es normal, solo lo aparenta. Lo que quiero decir es que no hay un solo ser humano vivo que encaje al 100% en la norma que su sociedad ha inventado para él. Porque de ahí viene la palabra “normal”, adjetiivo referido a lo que encaja en la norma. Yo siempre he tenido muy claro que no encajo en la norma, algo que no creo que sea especial, ni siquiera original, puesto que como ya he dicho creo que nadie lo hace. Pero tener conciencia de esas diferencias y, más peculiar aún, aceptarlas y protegerlas desde pequeña, me ha dado siempre más de un problema. Durante mucho tiempo me preocupaba no ser una “chica normal”.

De pequeña no era un tema que me agobiara. Por ejemplo, prefería disfrazarme de héroe a ser la princesa, y como los héroes siempre eran chicos pues nunca iba de chica. No había un motivo detrás de esto más allá de que los héroes eran los que llevaban la espada, el arco y todo eso, que a mí me parecía lo más porque te daba sensación de poder y de estar a punto de embarcarte en una aventura sin igual. Los vestidos de princesa pues no eran más que eso… vestidos. Y esos ya los llevaba todos los días (y me flipaban igual, con muchos lazos). Con los muñecos, jugar a papás y mamás y cosas así tres cuartos de lo mismo. Me parecían un rollo. A mí me gustaba jugar como si estuviera dentro de un libro y todo pudiera pasar. Con un muñeco con forma de bebé sólo podías hacer dos o tres cosas: arroparlo, darle de comer, dormirlo… no había magia y el desarrollo del juego era tan predecible que no me interesaba para nada. Prefería mil veces pasarme la tarde leyendo, jugando a videojuegos o corriendo con una pistola por dentro de casa. Ahora, los peluchas me encantaban porque eran blanditos y supercucos y los quería abrazar.

Me acuerdo que un día, con cinco años o así, pensé que prefería ser un chico a una chica. Supongo que miré a mi alrededor y vi a los chicos divirtiéndose con gamberradas y haciendo el bruto y a las chicas con sus vestiditos jugando a papás y a mamás y pensé que me había tocado el bando aburrido. Al año siguiente los chicos descubrieron el fútbol, que me parecía lo peor de coñazo, y no hacían otra cosa. Entonces pensé que ser chico era igual o más aburrido que ser chica y se me reequilibró el karma. Aunque me di cuenta de una cosa: no encajaba en ninguno de los dos lados tal y como me los estaban presentando. Como era pequeña, lejos de agobiarme, esto me hizo pensar: soy superguay. Y me reafirmé en mi cabezonería de llevar la contraria.

Fue en la adolescencia cuando empezaron los problemas que he venido arrastrando hasta hoy. Como para cualquier otro ser humano, encajar es algo importante para mí. Yo era una adolescente inencajable, y la gente no ayudaba. Estuvieron muchos años empeñados en hacerme “entrar en razón”, que debía interesarme más por ir guapa, por los chicos, las compras, ser femenina y esas mierdas. Yo estaba firmemente convencida que tocar el piano, leer a Tolkien y a Dumas y saber un montón de manga y videojuegos era muchísimo más cool que comprar trapitos, pero al parecer la sociedad opinaba lo contrario. Un adulto llegó a decirme con todas sus letras “mira que eres rara”, algo que entonces me desubicó muchísimo y que agradecería que se hubiera ahorrado. Porque la idea de destacar y llamar la atención por mis rarezas me aterraba.

Lo curioso es que con el tiempo dejaron de darme la brasa y entonces descubrí por mí misma que hay muchas “cosas de chicas” que me encantan, comprar trapitos inclusive. Se ve que conforme te haces adulto adquieres la capacidad de mirarte a ti mismo con un filtro de realidad, aceptarte e incluso reírte de tus flaquezas. He aprendido que conocerse a uno mismo es la herramienta más poderosa que tenemos las personas para evitarnos este sufrimiento normalizador que no nos aporta nada más allá de simplificar nuestros juicios de valor hasta la imbecilidad.

Así que sí, me revienta encontrarme con artículos feministas que insisten en decirle a una mujer lo que debería ser o dejar de ser. Me revienta encontrarme personajes femeninos en la ficción que no sólo no se acercan ni por asomo a una mujer real (lo que yo soy), sino que pretenden hacer creer a la humanidad que eso es a lo que debemos aspirar. Me molesta que llenen los videojuegos de explosiones gratuitas y perazas neumáticas asumiendo que el público objetivo es masculino, cuando yo soy una consumidora habitual. Me irrita encontrarme con mujeres que critican a otras por no ir depiladas o ser sexualmente muy activas. Son prácticas excluyentes que se suman poco a poco y acaban por crearte cacao mental sobre lo que es y lo que no es, lo que está bien y lo que está mal. Y entonces tienes que volver a mirarte de puertas para adentro y pensar: ¿y qué mierdas importa lo que digan estos gilipollas? YO soy una mujer, y sé lo que ES una mujer.

O puedes ver una película como Frances Ha y recordar que ahí fuera, en algún lugar, hay gente que también lo sabe y está dispuesta a contarlo.

Gracias, A. por recomendarme la peli 😉

Mai tailor is rich. Y mi asesor también.

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Vamos a ver. No es que tenga yo nada en contra de las señoras que son alcaldesas y salen a defender candidaturas con discursos millonarios preparados por otros señores per se. Es decir, a mí me gustaría que las señoras que son alcaldesas y salen a dar discursos fueran capaces, en primer lugar, de escribirlos ellas; y en segundo lugar, de darlos con un mínimo de carisma y encanto que para eso les pagan unos sueldazos de ahogue. Pero como sé que en este país eso es pedir demasiado, ya me conformaría con que la señora en cuestión (pongamos a Ana Botella como ejemplo pensado así a bote pronto) al menos hubiera tenido la santa preocupación de aprender a entonar en inglés como Dios manda. Porque en el tema de si sabe o deja de saber el idioma ya ni entro.

La cosa es esta: la señora Botella y todos los que trabajan con ella en el tema este de los juegos deciden pagarle un pastonaco a un señor americano para que les ayude con los preparativos. El señor americano se llama Terrence Burns y cobra la friolera de 25 millones de euros por poner todo a puntico. Entre las muchas tareas encomendadas al señor Burns (insertar chiste ingenioso sobre los Simpson aquí) se encuentra, precisamente, la de preparar el discurso de Ana Botella. Y a este señor tan profesional se le ocurren varias cosas súper de modernos, como por ejemplo meter frases en español en medio para que quede todo como más charming a la par que castizo e inviting. Todos conocemos ya el resultado. “Relaxin’ cup of café con leche” and so on. Ahora el pobre señor Burns tiene que salir en el Vanity Fair disculpándose por la ocurrencia, ya que más que charming e inviting la cosa se quedó más bien en torno a lo patético y carcajeable.

Ahora analicemos la cuestión. Bien podría ser que el señor Burns este de marras no sea más que un charlatán escandalosamente caro que, en sus mejores momentos, ha logrado alguna candidatura que otra. También podría ser que tuviera una mala ocurrencia o que, visto que la pasta se la iba a llevar igual, escribiera lo primero que se le pasara por la cabeza. Yo diría que un poco de todo hay. Pero también me planteo lo siguiente: ¿No habría tenido gracia el discurso si, en vez de ser entonado por Ana Botella encarnando a una estudiante de la E.S.O. con la presentación de inglés aprendida de memoria, hubiera sido leído por alguien con gracia, salero y un buen nivel de inglés? ¿Alguien como, por ejemplo, el príncipe? Ay señor donde vamos a llegar cuando la monarquía se apaña mejor que los políticos en lo que a cultura se refiere, por dioh.

Básicamente, el discurso estaba pensado por un americano que en su mente entonaba el inglés al más puro estilo JFK y visualizaba el triunfo en forma de delicadas consonantes fricativas, líquidas nasales y angostas vocales. En su lugar se encontró con Ana Botella y sus acento made in Calasparra del Cerro que lo siento pero NO. Porque en el contexto de un inglés pronunciado de la manera más amateur posible, con entonación puramente española, las frases en el idioma de Cervantes quedaban metidas con calzador y sonaban a gazapo. Y volvemos a lo de antes: si esta señora se hubiera molestado en aprender a pronunciar su discurso como lo haría un nativo, por mucho que no lo entendiera, no habría quedado como una tarada total delante de nosecientos millones de personas. Que no cuesta tanto, que tu asesor es americano maja, que le has pagado una millonada. Dile que se siente delante de ti y te enseñe a pronunciar el puto discurso COÑO, y practícalo hasta que entones como la puta Queen of England o como Michelle Obama o como quien te salga de los cojones, SÓLO ENTONA BIEN.

Pero se ve que ni para eso le pagamos.