Me fascinan los tarados (I)

De acuerdo, lo admito. Tengo dos cosas que confesar. La primera, que tenía unas ganas locas de hacer esto. La segunda, quizá poco sorpresiva para algunos, es que siento una atracción irrefrenable y en ciertos aspectos incluso malsana hacia los inadaptados de la literatura. Sí, me refiero a esos personajes ficticios que se balancean entre la luz y la sombra, que rozan los extremos con el mismo desparpajo con el que se regodean en su mediocridad, que resultan imprevisibles a veces, misteriosos otras, profundamente queribles siempre porque, en su evidente imperfección, nos identificamos con ellos y acaban por resultarnos simpáticos. Es el caso de los locos, los miserables, los redimidos, los perdedores, los melancólicos, los patéticos, los genios, los caídos. En definitiva, los tarados.

Quiero mucho a los tarados porque me han proporcionado algunos de los momentos más álgidos de la literatura y me han catapultado al éxtasis puro con sus devaneos y miserias. Los tarados son interesantes, los tarados siempre tienen escenas que lo molan todo. Los tarados son la literatura y, la mayoría de las veces, la razón de que valga la pena leer. Con sinceridad lo digo, ¿quién quiere tragarse 200, 300, 500 páginas relatando lo estupendo y anodinamente normal que es alguien? No, leemos porque queremos, ansiamos, necesitamos esa dosis de locura políticamente incorrecta que nos libera e incluso nos responde algunas preguntas

Por todo esto y con el fin de darle un poco de vidilla al blog, he decidido iniciar una serie. Tendrá por título me fascinan los tarados y cada post versará sobre un personaje distinto. Héroes, villanos, antihéroes, antivillanos, secundarios de oro, Sancho Panzas entrañables, me da igual con tal de que cumplan una regla inapelable: que en mayor o menor medida tengan su puntito borderline.

Aviso importante: esta serie contendrá muchos spoilers de diferentes obras literarias y puede que otros campos de la ficción, así que fijaos bien en qué pesonaje y obra me centro y ¡no leáis si no queréis destriparos cosas!

Dicho esto doy paso al primer tarado de la lista.

Edmond Dantès
El Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas

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Ah, por supuesto. Cómo no empezar esta lista con uno de los inadaptados más intensos, magnéticos y célebres de la literatura. El misterioso y amargo protagonista de El Conde de Montecristo ya encandiló a mi yo de 14 años la primera vez que leí el libro (he leído esas malditas 1145 páginas varias veces, sí, estoy enferma) y me sigue encandilando porque, ¿cómo no quererlo? ¿Cómo no sentir magnetismo por ese hombre sombrío e indescifrable que decide, desde la posición de superioridad moral que él mismo se otorga, tomarse la justicia por su mano y vengarse cruelmente de los que le hirieron en el pasado? Joder, la mera premisa de la historia te obliga a quererlo, no hay vuelta atrás. Pero vamos a empezar por el principio que me voy por las ramas.

Edmond Dantès es probablemente el arquetipo más famoso de antihéroe que existe. Es el protagonista de la historia y como tal, es el encargado de hacerla avanzar. Lo interesante sin embargo no es tanto lo que le ocurre a él si no su evolución a lo largo del libro. Edmond pasa de ser un jovenzuelo ingenuo a convertirse en un millonario cruel y amargado por el pasado con delirios de grandeza para finalmente arrepentirse y, de manera un tanto torpe y atolondrada, buscar la redención. Edmond tiene por tanto tres ingredientes básicos para ser un buen tarado literario: es complejo, se mueve en la gama de los grises morales rozando apenas el blanco y el negro y está obsesionado con una meta que, según su sesgadísimo punto de vista, está por encima del bien y del mal. Vamos, un cóctel ganador para mis caprichosas papilas gustativas de lo estético, extremo e innecesario.

La historia de El Conde de Montecristo es emocionante y novelesca en el más puro sentido de la palabra, pero está increíblemente bien contada y, a medida que avanza, se convierte en un libro poderosamente absorbente. El argumento empieza con Edmond Dantès, un brillante aunque algo ingenuo jovenzuelo que trabaja en los astilleros de Marsella, a punto de sellar su felicidad eterna casándose con Mercedes, una joven catalana de tan humilde procedencia como él. Edmond tiene un futuro brillante a ojos vista: va a casarse con la mujer que ama, tiene numerosos amigos y bienhechores y, para colmo, está a punto de conseguir una merecida promoción a capitán de barco. Como muchos ya sabéis el hecho de que el protagonista sea feliz es algo que relaja pero que propicia historias de mierda, así que la adversidad no tarda en ceñirse sobre él. Una serie de conocidos que, ya sea por envidia, desamor o miedo están interesados en que Edmond desaparezca, conspiran contra él de tal manera que, en el colmo de las desgracias, el alegre chavalín acaba dando con sus huesos en la prisión política más fría e inexpuignable de toda Francia: El Castillo de If.

El Castillo de If es básicamente la crisálida de Edmond Dantès. Si bien Edmond entra en la cárcel siendo joven y confiado, cuando consigue escapar tras 14 años entre sus muros sale convertido en un hombre sombrío, misántropo y obsesionado con la venganza. Al principio de la historia Edmond representa al bien y sus enemigos al mal, pero una vez pasa por el Castillo de If, nuestro protagonista toma el nombre de Conde de Montecristo y se convierte en la representación viva de la justicia. O eso insiste en afirmar él mismo en repetidas ocasiones. En cualquier caso Edmond sale de la prisión más sabio, más decidido e infinitamente más rico gracias a la ayuda de su compañero de encierro y mentor el ábate Faria, que le desvela el emplazamiento de un tesoro oculto. Pero sobre todo, sale dispuesto a liarla muy parda. Algunas de sus perlas:

Y ahora adiós bondad, humanidad, reconocimiento… ¡Adiós todos los sentimientos que ensanchan el corazón! Me he sustituido a la Providencia para recomensar a los buenos… ¡Que el Dios vengador me ceda su puesto para castigar a los malvados!

(…)yo no me ocupo jamás de mi prójimo, no procuro proteger nunca a la sociedad que no me protege, y diré aún más, que no se ocupa generalmente de mí sino para perjudicarme, y retirándole mi estimación, y guardando la neutralidad frente a frente de ella, es todavía la sociedad y mi prójimo quienes me deben agradecimiento.

Lo más curioso que hay en la vida es el espectáculo de la muerte.

Y cuando le preguntan sobre la experiencia de asistir a una tortura: El primer sentimiento fue el de la repugnancia, el segundo fue el de la indiferencia, y el tercero la curiosidad.

En definitiva, que el entrañable a la par que aburridísimo Edmond Dantès sufre una transformación providencial en términos literarios y nace el Conde de Montecristo, ese tarado que, te das cuenta de inmediato, va a hacer las delicias de todo lector desequilibrado desde ese mismo instante hasta el final.

Dumas, por supuesto, no es ajeno al potencial de su personaje y se encarga reiteradamente de incidir en la fascinación que provoca allá donde va. Lo describe como un hombre poderosamente atractivo aunque pálido en exceso (14 años sin ver la luz del Sol habrán tenido algo que ver, nos advierte), con un gusto exquisito, mente insondable, rica cultura y más pasta de la que se podría gastar Rupert Murdoch si viviera tres vidas. Es aparecer el Conde de Montecristo con su origen desconocido y su irritante aunque irresistible mueca de desdén en la decadente sociedad parisina y ponerla del revés. Todos quieren saber quién es, lo que hace, a dónde va, de quién es amigo, etc. etc. etc. Y él se aprovecha de esto alentando solo a medias el misterio, fingiendo que hasta le aburre, mientras entre bastidores planea su cruel venganza con obsesiva dedicación. Un aplauso Dumas, me quito el sombrero ante la maestría con la que construyes a tu perfecto tarado y el mimo con el que lo presentas, que hasta una se olvida de que el tío va por la vida soltando cosas como que es la mano de Dios y acaba enamoradica perdía.

Por supuesto, Edmond se venga. Se venga en plan destructivo e implacable, arruinando a uno, llevando a otro al suicidio y provocando la locura de un tercero. Ni siquiera las suplicas de su viejo amor Mercedes consiguen aplacar su ira. Sin embargo el propio destino es el que se encarga de poner a Edmond en su sitio porque al final se le va la mano. Se le va mucho la mano. Se le va tantísimo la mano que se carga a un crío inocente de manera tangencial porque vaya, eso de jugar a ser Dios como que no era tan fácil como parecía. Es entonces cuando se da cuenta de que incluso cuando uno tiene la balanza moral de su lado, existen límites. Y al traspasarlos Edmond se acojona. Se le ponen tan por corbata que dedica las últimas fases de su plan a frenar lo que ya ha puesto en marcha y así evitar llevarse a más incautos por delante. Al final consigue hacer un par de buenas obras, medio perdonarse a sí mismo y, al menos a ojos de Dumas que le otorga la concesión de volver a enamorarse, quedar redimido.

Edmond es humano, Edmond es falible, Edmond reconoce su pequeñez infinita ante la Divina Providencia y por lo tanto, Edmond se redime y obtiene su final feliz. Esto es una cosa muy decimonónica sobre la que no me voy a detener demasiado pero que los novelistas usaban mucho para justificar los actos de sus personajes. Vamos, el viejo rollo de “quiero escribir un personaje que sea interesante pero sin que me quemen por hereje”. Puede resultar un tanto ingenuo hoy en día pero alabado sea este tropo que nos ha permitido disfrutar de tantos y tantos personajes que valen la pena.

En definitiva Edmond Dantès es uno de esos tarados sobre los que quieres volver una y otra vez. Releer sus frases célebres, revivir sus alegrías y sus miserias y sobre todo fascinarte una y otra vez con él y su forma nada sana de lidiar con el dolor y la ofensa. Pero seamos honestos, ¿a quién le interesa lo sano?

¡Que vivan los tarados!