Jane Eyre

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Tengo que reconocer que no soy una persona de favoritos. Quiero decir que normalmente, cuando alguien me pregunta cuál es mi esto o aquello favorito, me veo obligada a recitar una retahíla de títulos o a iniciar una aburrida argumentación sobre por qué no puedo decantarme por una cosa ni la otra. La verdad es que tiendo a pensar que en cuestión de gustos no hay valores absolutos, y que mi canción favorita puede ser hoy una y mañana otra, en función de las experiencias que viva y los conocimientos que vaya adquiriendo. De hecho, eso es lo que me pasa con casi todo.

Con casi todo, porque si me preguntan cuál es mi libro favorito respondo sin dudar: Jane Eyre. Llevo haciéndolo desde que lo leí la primera vez, hace seis años, por recomendación de una amiga. Desde entonces había olvidado por qué me gusta tanto, aunque recordaba tener una vaga idea, una explicación bien argumentada en mi cabeza que esgrimir si alguien me preguntaba. Sin embargo había olvidado del todo los sentimientos en los que se apoya esa explicación hasta que, a raíz de ver la película de 2011, decidí releer el libro. De esto hará poco más de una semana, y desde entonces no puedo sacarme este maravilloso libro de la cabeza. He recordado por qué me gusta tanto, y aunque ni a mí misma deje de sorprenderme esta pasión que siento por una novela que escribió una joven victoriana hace casi dos siglos, os voy a contar por qué. Además, he pensado que ya que en un post anterior me dediqué a poner a parir un libro, qué mejor que equilibrar la balanza del universo y del karma alabando hoy otro título que, si bien es totalmente diferente, no deja de tener muchas similitudes argumentales con 50 Sombras de Grey.

1. El estilo

Partiendo de la mismísima base, lo primero que diré es que este libro está maravillosamente bien escrito. La prosa es fluida y evocadora, los personajes consiguen vivir fuera de las páginas y hacerse reales y el ritmo narrativo es particularmente ameno para la época. Los clásicos no son clásicos por nada, y lo cierto es que Jane Eyre fue un éxito de crítica y público ya desde el mismo momento de su publicación (estamos hablando de 1847, ahí es nada). Fue la primera novela que consiguió publicar Charlotte Brontë, y lo hizo bajo el seudónimo de Currer Bell. Brontë llevaba tiempo intentando publicar otra novela, The Professor, que como Jane Eyre tenía una fuerte carga autobiográfica pero era realista y, para la opinión de algunos, demasiado controvertida. Con Jane Eyre sin embargo, la autora encontró el equilibrio perfecto entre realismo y romanticismo, rozando los límites de la fantasía a veces y la crudeza de la realidad otras tantas. De hecho el libro empieza siendo casi dickensiano (y no me refiero al Dickens de Cuento de Navidad, sino al de Oliver Twist), pero acaba recordando a autores como Poe o Becquer en muchos fragmentos y sobre todo en el tramo final.

2. La historia

La historia de Jane Eyre no tiene nada de original en primera instancia. Una joven huérfana, pobre y poco agraciada aunque muy inteligente, supera una vicisitud tras otra hasta encontrar su lugar en el mundo al lado del hombre al que ama. En su aspecto más básico, Jane Eyre es el cuento de la Cenicienta reintrepretado y elevado a la máxima potencia de la literatura. Sin embargo el hecho de que la premisa sea sencilla a mí no me parece nunca una desventaja, sino más bien todo lo contrario. Como he dicho ya en otras ocasiones, lo que a mí me interesa no suele ser lo que me cuentan, sino cómo me lo cuentan. En este sentido Charlotte Brontë fue inteligente, porque escogió un formato que sabía que funcionaba y lo utilizó como recipiente para cocinar un libro que aún hoy resulta revelador, que fue pionero en muchos aspectos y que derrocha sensibilidad.

3. El mensaje

Jane Eyre es mundialmente conocida por ser abogada del protofeminismo. Más allá del argumento, la idea que trasciende de esta novela me cala muy hondo no sólo por la importancia que creo que tiene, sino por el valor añadido de haber sido planteada en el momento en que fue planteada. Cuando una lee esta novela lo que percibe sobre todo es la convicción de que la autodeterminación y los propios principios son lo más valioso que tiene el ser humano, sin importar su sexo y su posición social. De esta manera, siempre fiel a sus convicciones, Jane nos guía a través de las páginas siendo siempre, con sus propias decisiones, el motor de la historia, sin que otra fuerza humana la doblegue o la desvíe del camino que ella misma se ha marcado. Un ejemplo de la filosofía de esta novela queda perfectamente clarificado en este maravilloso párrafo que nunca deja de asombrarme cada vez que lo leo:

Es inútil decir que los seres humanos deberíamos sentirnos satisfechos de tener tranquilidad; necesitamos acción, y, si no la encontramos, la creamos. Hay millones de personas condenadas a una sentencia más tediosa que la mía, y hay millones que se rebelan en silencio contra su suerte. Nadie sabe cuántas rebeliones, además de políticas, se fermentan entre los seres que pueblan la tierra. Se supone que las mujeres hemos de ser serenas por lo general, pero nosotras tenemos sentimientos igual que los hombres. Necesitamos ejercitar nuestras facultades y necesitamos espacio para nuestros esfuerzos tanto como ellos. Sufrimos de las restricciones demasiado severas y de un estancamiento demasiado total igual que los hombres. Demuestra estrechez de miras por parte de nuestros más afortunados congéneres decir que deberíamos limitarnos a preparar postres y tejer medias, a tocar el piano y bordar bolsos. Es imprudente condenarnos, o reírse de nosotras, si pretendemos elevarnos por encima de lo que dictan las costumbres de nuestro sexo.

Con estas palabras Jane expresa su desazón por verse obligada a permanecer de institutriz en Thornfield Hall sin poder salir a ver mundo, mientras los hombres viajan a su antojo. Y aunque se siente culpable porque sabe que muchos la considerarían privilegiada al haber alcanzado esa posición, no puede evitar que su naturaleza hable por ella. En este sentido Brontë plantea ideas muy interesantes, porque no se limita a presentar a Jane como una beata convencida o como una rebelde empedernida, algo muy común a la hora de plantear personajes femeninos incluso hoy en día. Bajo mi punto de vista va mucho más allá, porque ante todo presenta a Jane como un ser humano. Una persona que busca hallar, como hacemos todos, ese difícil equilibrio entre el placer terrenal y los propios principios, entre la felicidad y la ética, los sentidos y la razón. Y creo que el feminismo de esta novela (si es que se le puede llamar feminismo; no me gusta nada esa palabra) es muchísimo más poderoso que el de muchos movimientos actuales, porque nos traslada a la mente de una mujer real, de su época, maravillosamente bien construida, y nos muestra cómo en realidad no hay más que un solo tipo de personas: las humanas.

4. Los personajes

Ya lo he dicho en alguna otra ocasión, los personajes suele ser lo que más me interesa de una novela. Y aunque Jane Eyre me gusta por muchos motivos, tengo que decir que sus personajes me conquistan. En su gran mayoría son poderosamente novelescos al tiempo que humanos e imperfectos. Empatizas con ellos, incluso con los que te repugnan, porque entiendes qué clase de personas son. Lo que quieren, lo que buscan. El lenguaje de Brontë a través de los ojos de Jane ayuda mucho, puesto que pone gran cuidado en elaborar sus personalidades y hacerlos memorables, pero llega un punto en que cobran vida propia y sus son sus acciones las que hablan por ellos. De todos, sin embargo, los que más se recuerdan son la propia Jane Eyre, sus dos contrapartes masculinas (el señor Rochester y el clérigo St John Rivers) y la demente Bertha Mason.

Jane es el personaje principal y la narradora de la historia. Es una joven inconformista, aunque no rebelde por naturaleza, con una gran personalidad y curiosidad por el mundo. Ansía conocer gente y lugares nuevos, y siente que su vida de confinamiento por culpa de ser mujer y encima huérfana es una condena injusta. Lo más interesante de ella es que no se rebela contra su situación de manera manifiesta, sino que lo hace a través de su autodeterminación, y no dejándose nunca manejar por los demás. Aun teniendo que conformarse con lo que la vida le ha dado, es ella la que elige la manera de vivirlo. La opinión de Jane respecto a la posición de cada uno en el mundo queda muy clara en una conversación que tiene con el señor Rochester, su patrón en Thornfield Hall, cuando él la sorprende al disculparse por el tono autoritario y a veces hasta impertinente de sus órdenes.

―Entonces, en primer lugar, ¿está usted de acuerdo conmigo en que tengo que ser un poco dominante y brusco, exigente, incluso, por los motivos que he nombrado? Es decir, que tengo edad para ser su padre y he experimentado muchas luchas con muchos hombres de muchos países y he deambulado por medio mundo, mientras que usted ha vivido tranquila con el mismo grupo de personas en la misma casa.
―Haga lo que quiera, señor.
―Esa no es una respuesta: o, mejor dicho, es una respuesta muy irritante por lo evasiva; conteste claramente.
―No creo, señor, que tenga usted derecho a darme órdenes simplemente porque es mayor que yo o porque ha visto más mundo que yo; su pretensión de superioridad se basa en el uso que ha hecho de su tiempo y su experiencia.

Acto seguido Jane le recuerda que él le paga treinta libras al año por acatar sus órdenes y que es solo bajo esa premisa, y no otra, que ella está dispuesta a hacerlo. Y que ni siquiera por el salario estaría dispuesta a tolerar una humillación. Con esto Jane deja claro de manera implícita que en su opinión la libertad de elegir y la dignidad están por delante de cualquier otra cosa, ya sea el dinero o las convenciones sociales. En el libro Jane es el personaje que mejor equilibra juicio y pasión, porque aunque llega a enamorarse febrilmente nunca pierde de vista sus prioridades. También se nos presenta como una cristiana convencida, una mujer de su tiempo, que considera aceptable desafiar las leyes humanas y de Dios cuando las cree injustas, pero no está dispuesta a negar sus creencias. Esto queda patente cuando, a pesar del amor que siente, decide abandonar al señor Rochester antes que vivir con él sin estar casada.

El señor Rochester, por su parte, representa los placeres y vanidades terrenales. Es un hombre inteligente, culto y apasionado, pero que se deja llevar demasiado por sus sentimientos y, por despecho hacia una vida que cree que le ha traicionado, peca con frecuencia. De hecho, en su relación con Jane, es el que más inseguro y contradictorio se muestra, el que urde artimañas de seducción para ponerla celosa y el que busca más la compañía y el contacto humano. Jane intenta siempre mantener la calma con él, porque es prudente por naturaleza y porque es evidente que es la que más tiene que perder por su condición de asalariada y, sobre todo, por su condición de mujer. Él, sin embargo, desde el mismo momento en que se confiesan sus sentimientos, deja toda discreción y toda prudencia a un lado y se lanza sin pensar a sus pasiones. Jane entonces se ve obligada a pararle los pies, no porque no sienta lo mismo, sino porque no quiere que el amor le cambie ni dejar de ser ella misma. En este fragmento, por ejemplo, Jane se siente avergonzada ante la efusividad del señor Rochester y sus palabras de amor, que la ponen nerviosa, e intenta hacerle entrar en razón:

―Haré que el mundo también te reconozca como una belleza ―prosiguió, causándome gran inquietud por su tono, ya que me parecía que o se engañaba a sí mismo o me quería engañar a mí―. Vestiré de raso y encaje a mi Jane, y le pondré rosas en el pelo, y cubriré la cabeza que más amo con un velo que no tiene precio.
―Y entonces no me conocerá, señor, y ya no seré su Jane Eyre, sino un simio vestido de arlequín, o un arrendajo con plumaje prestado. Casi me gustaría más verlo a usted, señor Rochester, ataviado de cómico que a mí misma vestida de dama de la corte, y no le llamo guapo a usted, señor, aunque lo quiero muchísimo: demasiado para halagarlo. ¡No me halague usted a mí!

El señor Rochester es también, desde mi punto de vista, el personaje más divertido. Es un héroe byroniano: poco atractivo físicamente pero magnético, imperfecto y misterioso. Desprecia las convenciones sociales y busca su satisfacción personal incurriendo más de una vez en tendencias autodestructivas más que cuestionables. Sin embargo es también un hombre original, con ocurrencias que a veces rayan en lo ridículo. Se podría decir que tiene ideas de bombero. Y aunque en un principio se presenta como alguien voluble, cínico y mordaz, cuando se enamora demuestra ser un tipo sentimental, soñador e idealista. Una de mis conversaciones favoritas de Rochester es la que mantiene con Adèle, su pupila de ocho años, a raíz de la relación que mantiene con Jane.

Adèle le oyó, y le preguntó si había de ir a la escuela “sans mademoiselle”.
―Sí ―contestó―, desde luego “sans mademoiselle”, porque yo voy a llevar a mademoiselle a la luna, y buscaré allí una cueva en uno de los blancos valles en medio de los volcanes, y allí vivirá mademoiselle conmigo y solo conmigo.
―No tendrá nada que comer; la matará de hambre ―comentó Adèle.
―Yo iré a recoger maná para ella mañana y tarde, pues las llanuras y colinas de la luna están cuajadas de maná, Adèle.
―Querrá calentarse; ¿qué utilizará en vez de fuego?
―Hay fuego en las montañas de la luna; cuando tenga frío, la llevaré a una cima y la tumbaré en el borde de un cráter.
―”Oh, qu’elle y será mal… peu confortable!”. Y sus ropas se desgastarán. ¿Dónde encontrará ropas nuevas?
El señor Rochester se confesó perplejo.
―¡Mm! ―dijo―. ¿Qué harías tú, Adèle? Hurga en tu cerebro en busca de una solución. ¿Qué tal te parece una nubecilla blanca y rosada como vestido? Y se podría hacer un bonito echarpe con un arco iris.
―Está mucho mejor tal como está ―concluyó Adèle, después de pensarlo un rato―, además, se cansaría de vivir sola con usted en la luna. Si yo fuera mademoiselle, nunca consentiría en ir con usted.

El tercero en discordia, St John Rivers, es primo hermano de Jane y clérigo en una parroquia modesta en un pueblo industrial. Es exactamente lo opuesto al señor Rochester: un hombre frío, moralista y tremendamente ambicioso, decidido a sacrificar su felicidad y su salud por lo que considera una causa justa, por la obra de Dios. Donde Rochester hace oídos sordos a Dios y sus leyes para encontrar una migaja de felicidad, St John hace precisamente todo lo contrario, negándose cualquier placer por nimio que sea en favor de su causa. Es el personaje que representa la fría razón, que antepone su carrera y sus logros a todo, incluso al amor. Así se describe a sí mismo:

― {…} Soy, sencillamente, en estado natural, desprovisto de la túnica sangrienta con la que la cristiandad cubre las deformidades humanas, un hombre frío, duro y ambicioso. De todos los sentimientos, el único que posee un poder duradero sobre mí es el afectgo natural. La Razón y no el Sentimiento es mi guía, tengo una ambición ilimitada y un deseo insaciable de elevarme por encima de los demás y superarlos. Venero la resistencia, la perseverancia, la industria y el talento porque son los medios con los que los grandes hombres logran grandes fines y consiguen la mayor eminencia.

Por su parte Jane le tiene aprecio, pero cuando él le propone matrimonio tiene que negarse porque no le ama, y sabe que él a ella tampoco. No puede amar a un hombre tan frío y calculador, cree que estar a su lado para siempre la mataría, y así se lo dice. Por supuesto St John se enfurece y nunca se lo perdona, pero una vez más Jane ejerce su poder de decisión. Porque igual que rechaza la excesiva laxitud de Rochester con la moral, refuta el envarado comportamiento de St John y su inexorabilidad. La felicidad terrenal tiene un valor evidente para Jane mucho más allá de los propios deberes y el propio orgullo.

De esta manera Brontë utiliza a Rochester para argumentar que una negación extrema de los valores cristianos y la moral solo puede acarrear desgracia y marginación, y a St John para esclarecer que, si bien ignorar las leyes divinas es peligroso y poco recomendable, tampoco es sensato ni juicioso despreciar los placeres mundanos por su causa.

Por último, Bertha Mason es quizá el personaje que mejor refleja la condición de Charlotte Brontë como una mujer de su época. Bertha es una mujer demente que causa estragos por las noches en Thornfield Hall, y que permanece confinada bajo vigilancia constante por orden del señor Rochester. Aparece muy poco, pero sus breves apariciones son tan contundentes que es imposible olvidarlas. Bertha acarrea tras de sí el drama, la violencia y la muerte. Hija de una criolla y un inglés, es inglesa nacida en Jamaica, aunque su raza no queda del todo clara. Brontë la describe como una mujer “pálida como la luna” y de “larga cabellera negra y enmarañada”. Sin embargo asocia su demencia y su alcoholismo, además de otros vicios carnales, a la rama materna de su familia, es decir, a la rama criolla. Brontë manifiesta en la novela la desconfianza propia de la época hacia todo lo no inglés en repetidas ocasiones a través de las opiniones de Jane, y el hecho de que el personaje más degenerado y triste del libro sea una mujer criolla se ha achacado muchas veces a la visión que se tenía por aquel entonces de los colonos. Sin embargo también es cierto que Brontë tenía un gran conocimiento de las colonias inglesas, y sentía interés por su gente y su forma de vida. El hecho de que Bertha Mason sea una mujer criolla es, en opinión de algunos, una respuesta furibunda de Brontë hacia la comparación que hacían muchos escritos de la época entre las mujeres esclavas de raza negra y las libres de raza blanca para establecer la dominación masculina.

Bertha Mason es el personaje más extraño y misterioso del libro, y sale indudablemente malparado ya que, al ser una enferma mental, nos es imposible conocer su punto de vista y tenemos que conformarnos con el perfil distorsionado que Rochester hace de ella. Quizá es por esto mismo que Jean Rhys escribió en 1939 la novela Wide Sargasso Sea, que relata la vida de Bertha desde que es una niña en Jamaica hasta los últimos acontecimientos de Jane Eyre en Thornfield Hall. En este libro Rhys plantea una interesante versión de los hechos, en la que Bertha aparece como una víctima de la intolerancia, la tiranía y los prejuicios hasta el punto de llegar a caer en la locura.

5. Sexualidad

Cuando leí Jane Eyre me sorprendió la naturalidad con la que trata las relaciones entre hombres y mujeres y la cantidad de contacto humano que buscan sus protagonistas. Aunque como cualquier novela del momento no es explícita en cuanto al sexo, los personajes se besan y acarician con frecuencia, se hablan apasionadamente y sucumben a veces ante la intensidad de sus sentimientos. También se mencionan repetidas veces los vacuos escarceos amorosos del señor Rochester por Europa, e incluso él mismo llega a dar un perfil bastante cumplido de cada una de sus amantes en un momento dado. Precisamente las relaciones entre los diferentes personajes es una de las cosas que más me gustan de este libro. La sensibilidad con la que Brontë describe los sentimientos humanos y la intensidad con la que plasma esa lucha interna entre cuerpo y mente me fascinan. Uno de mis soliloquios favoritos es el siguiente, en el que el señor Rochester, roto por la desesperación, se debate entre dejar marchar a Jane o forzarla contra su voluntad:

―Nunca ―dijo, apretando los dientes―, nunca ha habido nada tan frágil e indomable al mismo tiempo. ¡Si parece un junco en mi mano! ―y me sacudió con la fuerza de sus brazos―. Podría doblarla con el dedo y el pulgar, ¿pero de qué me serviría doblarla, romperla, aplastarla? Piensa en esos ojos, en el ser resuelto, feroz y libre que mira por ellos, desafiándome con algo más que valor: con un triunfo inflexible. Haga lo que haga con la jaula, ¡no puedo alcanzar a la criatura salvaje y bella de dentro! Si rompo la débil prisión, mi cólera sólo dejará en libertad a la cautiva. Podría conquistar la casa, pero su ocupante se escaparía al cielo antes de poseer yo su morada de barro. Y es a ti, espíritu, con tu voluntad y energía, tu virtud y tu pureza, es a ti a quien quiero, no sólo tu débil cuerpo. Por ti misma, podrías acudir volando contra mi corazón, si quisieras. Tomada contra tu voluntad, te escaparás de mis brazos como una esencia, te esfumarás antes de que aspire tu fragancia.

En resumen Jane Eyre es un libro intenso, lleno de personajes apasionados, de vida y de momentos memorables. Pero si tengo que elegir un solo motivo para explicar por qué disfruto tantísimo leyéndolo quizá diría que es porque Charlotte Brontë tiene la extraña capacidad de hablarme en mi propio idioma. Esta mujer, que vivió hace casi 200 años en otro país, consigue con transmitir mediante palabras todas esas cosas que yo misma he pensado y sentido respecto a la condición humana pero que a menudo no he sabido expresar. Es más, hay muy pocos fragmentos en el libro que no me interesen o me aburran, porque a veces siento que la voz de Jane (las cosas en las que se fija, sus valoraciones sobre la gente, sus pequeños placeres banales) es la mía propia. Tan identificada me siento con este personaje imaginario que es terminarme el libro y sentir ganas de volverlo a empezar, aun sabiéndome de memoria todo lo que ocurre.

Y tengo que decir que si me preguntaran cuál es mi entretenimiento favorito no diría que leer, porque sería mentira. No tendría más remedio que confesar que si hay algo que me gusta más que leer un buen libro en esta vida eso es, precisamente, la gran alegría de poder releerlo.