The Legend of Zelda: Majora’s Mask. Una oda a lo bizarro

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Faltan pocos días para que se cumplan 13 años desde el lanzamiento en Europa de uno de los videojuegos más extraños, imaginativos y melancólicos jamás creados: The Legend of Zelda: Majora’s Mask. Como fan incondicional de la serie no he podido resistirme a dedicarle unas líneas, puesto que la sexta entrega de la saga merece no sólo una mención de honor, sino un tomo entero para ella sola en la ya dilatada historia del videojuego.

Majora’s Mask es un juego raro. Muy raro. De hecho, es tan raro que no existe término medio en las opiniones que circulan respecto a él: o lo amas o lo odias. Muchos defienden que es el mejor Zelda de todos, otros tantos que es el peor. Yo no me atrevo a posicionarme, pero lo que sí diré es que considero a Majora’s Mask como una pieza única no solo entre los Zelda, sino en toda la industria. La mecánica de juego es compleja y frustrante, la historia es tristísima, el ambiente opresivo y melancólico, y los diálogos crípticos e incluso inquietantes (“you have met with a terrible fate, haven’t you?”).

Pero para entender del todo el carácter único de la entrega hay que conocer primero el contexto en el que fue ideado y posteriormente desarrollado. Nintendo venía de revolucionar la industria en 1998 con el que muchos consideran el mejor videojuego de todos los tiempos: The Legend of Zelda: Ocarina of Time. Fue el primer Zelda en 3D y el primer videojuego de la historia en presentar combates en tiempo real en 3 dimensiones. Todos los videojuegos de acción 3D que existen hoy en día beben directamente de las bases sentadas por Nintendo con Super Mario 64 y Ocarina of Time, dos obras maestras indiscutibles por su carácter pionero en la transición del 2D al 3D. Habiendo tocado el cielo con un Zelda tan cercano a la perfección Shigeru Miyamoto, alma mater de la saga, no tenía en mente arriesgarse con una secuela. Fue entonces cuando Eiji Aonuma, recientemente nombrado director y responsable directo de la serie, decidió mojarse y arriesgarse con una nueva entrega de Zelda para Nintendo 64. Miyamoto le dio luz verde pero con una condición: que el videojuego estuviera listo para la venta en un año. Eso suponía un tiempo de desarrollo cercano a los 6 meses, un auténtico récord. Aonuma aceptó el reto y en abril de 2000 los japoneses vieron salir a la luz la nueva entrega de The Legend of Zelda con este peculiar anuncio televisivo:

La premisa de Aonuma era simple y muy lógica: como es imposible superar a la precuela y tenemos muy poco tiempo, vamos a crear algo que aproveche lo mejor de ésta pero al mismo tiempo sea totalmente diferente. Así los desarrolladores aprovecharon el motor gráfico y la mecánica de Ocarina of Time, que tan buenos resultados habían dado, y con esa sólida base crearon algo nuevo. Un derroche de imaginación, un canto a lo grotescto, un videojuego que no puede ser comparado a nada previo ni posterior.

Majora’s Mask es como un reflejo distorsionado de Ocarina of Time, como la otra cara de una misma moneda. Mientras Ocarina of Time es todo épica y acción, Majora’s Mask es puro sentimiento. Si Ocarina of Time es un cuento de hadas al uso con su princesa, su rey malvado y su héroe en busca de su destino, Majora’s Mask se encuentra mucho más cercano a obras del estilo de El Mago de Oz y Alicia en el Pais de las Maravillas, donde lo importante no es la acción sino el mensaje que trasciende mientras discurre la narrativa. Por otra parte, al reaprovechar recursos gráficos, los personajes, objetos y demás que aparecen en la segunda parte son exactamente los mismos que en la primera (uno de los argumentos que emplean sus mayores críticos para defender su postura). Aunque gráficamente mejorado, el mundo de Termina de Majora’s Mask es tan descaradamente parecido al Hyrule de Ocarina of Time que muchas personas no pueden evitar sentirse algo engañadas cuando juegan a la secuela. Pero la verdad es que los gráficos son sólo un trámite que los desarrolladores tuvieron que subsanar de la mejor manera posible con el poco tiempo que tenían. Lo interesante es el fondo, la humanidad y complejidad de todos sus personajes, incluido el antagonista Skull Kid. Sin contar la dirección artística que es del todo sobresaliente, empezando por el diseño de la propia Máscara de Majora hasta las texturas y motivos que decoran el exterior de Termina.

Majora’s Mask ya se presenta desde su inicio como un Zelda único en su especie. Para empezar es uno de los pocos Zelda que no transcurre en Hyrule, el reino donde se desarrolla casi toda la saga, y en el que ni la propia Zelda ni Ganon (o Ganondorf) tienen un papel destacado. Zelda apenas aparece en una escena de flashback, y Ganon ni siquiera es mencionado. Tampoco aparecen otros elementos propios de la saga como la Trifuerza o los Siete Sabios. De hecho, el único elemento principal que esta entrega tiene en común con su predecesor es precisamente la Ocarina del Tiempo.

En Majora’s Mask Link, embarcado en una aventura personal en busca de un amigo, llega por accidente a lo que parece ser un mundo alternativo a Hyrule llamado Termina. Termina es aparentemente un lugar pacífico, sin embargo Link descubre pronto que como su propio nombre indica el lugar está destinado a la fatalidad: en el plazo de tres días la Luna se desplomará sobre el mundo, devastando todo a su paso, y todos morirán a no ser que él (es decir, tú) sea capaz de impedirlo. Como jugador tienes entonces tres días, cada uno de los cuales dura 24 minutos en tiempo real, para llegar al fondo del asunto e impedir la destrucción de Termina. Por supuesto esos tres días no son suficiente ni por asomo, así que el juego da la oportunidad al jugador de volver una y otra vez al amanecer del primer día para volver a empezar el ciclo temporal y seguir avanzando en las pesquisas. Una especie de Día de la Marmota voluntario y algo perverso. Para colmo, cada vez que reinicias el ciclo o empieza un nuevo día el juego se encarga de recordarte amablemente lo jodido que estás:

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El ciclo de tres días de Majora’s Mask es lo que hace que este juego sea único y lo que lo hace tan especial y a la vez tan frustrante. Cada vez que quieres guardar la partida de forma definitiva tienes que regresar al amanecer del primer día, no hay otra. Encima cuando esto ocurre todos tus logros en el mapa se reinician: la gente a la que has ayudado, las zonas que has despejado de monstruos… todo vuelve a ser igual que antes. Lo único que se guardan son los objetos y habilidades especiales que consigues, y que te permiten seguir avanzando en el juego al darte acceso a nuevas zonas del mapa. Sin embargo compartir las frustraciones de Link no es algo que todo el mundo lleve bien, y muchos se cansan de esta mecánica tan demandante.

Por otra parte, si bien resiente la jugabilidad, el ciclo temporal también aporta algo fantástico a Majora’s Mask: crea un mundo rico en eventos e historias con el que es imposible no empatizar. Al revivir esos tres días una y otra vez tú, como jugador, acabas conociendo los miedos y motivaciones de los personajes que lo pueblan, y puedes verte en la tesitura de ser capaz de ayudarlos al saber lo que van a hacer incluso antes de que ellos lo sepan. Así, acabas trazando planes de acción que incluyen un elaborado horario similar al de un dia real, donde a las 11 del segundo día tienes que estar en tal sitio para hablar con tal personaje antes de que se encuentre con cual, o a las 10 de la primera noche correr a la zona norte de la ciudad para salvar a una abuelita de un ladrón, etc. Todo ello a contrarreloj y con el constante recordatorio de que todos tienen las horas contadas. Claro que si te olvidas siempre puedes mirar al cielo para encontrarte cara a cara con este jodido engendro del infierno que no para de hacerse más y más grande conforme pasan las horas:

majoras-mask-moon Gracias al ciclo de tres días Majora’s Mask ofrece algunas de las sidequest más bellas, bizarras y elaboradas del mundo de los videojuegos, entre las que se cuentan una abducción alienígena, un irritante juego del escondite, y el que es para muchos uno de los mejores romances escritos para una consola: el de Anju y Kafei.

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Todo en el juego está lleno de simbolismo, y si bien a primera vista los motivos centrales de la historia parecen ser el miedo y la muerte, lo cierto es que va mucho más allá explorando de manera muy efectiva conceptos como la amistad, la soledad y la fe, entre muchos otros. Y lo hace no solo a través de la acción y los diálogos, sino también a través de la ambientación, las animaciones y la música. Pocos temas hay tan tristes y evocadores como la Oda al Orden que Link aprende al final del juego y que le permite invocar a las cuatro deidades protectoras de Termina para detener la Luna.

O la Canción de Curación, que sana las almas turbadas de los espíritus y les permite seguir su rumbo al más allá (y que además, como curiosidad, es la Canción de Saria de Ocarina of Time invertida):

También cabe destacar que en este juego es tan importante lo establecido como lo sugerido. Gran parte del bagaje emocional de los personajes queda implícito, siendo especialmente perturbador el caso del Mayordomo Deku, que constantemente manifiesta la preocupación que siente por su hijo del cual no sabe nada desde hace tiempo. El susodicho hijo no aparece en ningún momento presentándose como tal, pero en el ending del juego aparece una escena del Mayordomo Deku llorando y lamentándose frente a un arbolito de aspecto tristísimo que se parece de manera sospechosa a la máscara Deku que Link utiliza para transformarse. Teniendo en cuenta que esas máscaras se crean a paritr de los espíritus de gente muerta… poco más que añadir. Un puñetazo directo al estómago de tu felicidad por terminar el juego y salvar Termina. Gracias, Nintendo.

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Esta inusitada mezcla de sensibilidad, acción y drama en un videojuego da como resultado una experiencia cuando menos, única. Algo que sólo este género narrativo puede ofrecer, alejado del cine y de la literatura por su carácter interactivo, pero al mismo tiempo directamente relacionado con ellos a través de la narrativa. Todo lo que, en mi modesta opinión, un buen videojuego debería ser.

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El momento creativo

img_blog2Hace tiempo que quería escribir algo relacionado con la creatividad y lo extraño que resulta, si se analiza objetivamente, ese impulso que sienten algunas personas y que les impele a materializar, de una manera o de otra, el mundo que llevan dentro. Me refiero a las personas creativas, un grupo heterogéneo entre el que humildemente me incluyo, compuesto de seres que si bien pueden ser totalmente dispares entre sí, comparten un rasgo fundamental: la necesidad de dar forma a aquello que imaginan para convertirlo en algo accesible a otros seres humanos.

Hace poco leí un artículo relacionado con el tema, específicamente sobre la fiebre del escritor. Como soy muy fan de los por qués y de los cómos pero del todo indiferente hacia los quiénes, los cuándos y los dóndes, no recuerdo ni de quién era el artículo, ni de cuándo era, ni dónde lo leí. De nada. Pero sí que recuerdo perfectamente la idea que transmitía y que, por cierto, era muy interesante: el autor defendía que un escritor de pura cepa no escribe porque le guste escribir, sino porque necesita hacerlo. Igual que los antiguos griegos definían ese momento especial en que la mente se abre y necesita vomitar lo que lleva dentro como “el rapto de las musas”, nosotros, en al actualidad, no podemos dejar de asombrarnos ante la elección que hacen algunas personas de dedicar horas y horas de un tiempo valioso e irrepetible, a la pura e incluso dramática soledad de la creación.

Yo misma no puedo responder nada coherente cuando la gente me pregunta que por qué me gusta escribir. O dibujar. O tocar el piano. O todas las cosas absurdas que hago sin órdenes ni metas, que consumen gran parte de mi día y que están únicamente orientadas a saciar la necesidad de sacarme ideas de la cabeza. Es como cuando alguien se asombra de que te guste leer. Es imposible explicarle qué tiene de bueno pasar horas en soledad, embebido en el mundo de otra persona, en algo que a priori debería parecernos del todo ajeno y resultarnos indiferente. Pero resulta que no lo es. Y es ahí, precisamente, donde se halla el quid de la cuestión.

El ser humano es un ser social, eso es algo que sabe todo el mundo. Desde sus primeros y torpes pasos bípedos, nuestra especie ha buscado maneras cada vez más sofisticadas de comunicarse ocn el otro. Al principio con un fin meramente utilitario: la supervivencia. Con el tiempo, con un objeto mucho más vano e insignificante que, sin embargo, motiva prácticamente todo lo que hacemos y decimos: el de hacernos oír. La naturaleza nos ha dotado con la capacidad de inventar, de tomar cosas del mundo que nos rodea, pasarlas por la conctelera de nuestro cerebro y sacar nuevas conclusiones. Nos ha dado algo que es inherente a nosotros y probablemente único entre los seres vivos: la imaginación. Tenemos pues ya los dos ingredientes principales que propician el momento creativo: la capacidad de imaginar y la necesidad de contarlo. Y añadiría incluso un tercer factor que no es para nada desestimable: la sed de información del que está destinado a escuchar (o leer) lo que decimos.

Las personas creativas, desde mi punto de vista, tienen hiperdesarrolladas las dos primeras cualidades. Su inquieta imaginación no les da tregua, y a menudo viven más embebidas en su propio mundo interior que en el exterior, porque su mente no puede evitar fantasear con la información que obtiene del entorno. Al mismo tiempo, todo lo que imaginan les quema dentro, y necesitan sacarlo porque de lo contrario tienen la sensación de no terminar lo empezado, de estar desaprovechando un tremendo potencial. Así se produce el momento creativo: el instante en que una persona se lanza a escribir, pintar, componer, esquematizar o esbozar, no porque le apetezca o quiera o le guste, sino porque lo necesita de la misma manera que necesita comer, dormir o tener sexo.

Así que la próxima vez que alguien me pregunte “¿pero como te puede gustar escribir?” le responderé que para mí lo sorprendente no es que yo lo haga, sino que los demás puedan vivir sin hacerlo.