Sing the song, Vern

Pauler cantando

Ultimamente ando muy musical. Los que me conocéis probablemente ya sabréis que la música es una de mis grandes pasiones. Desde pequeña toco el piano, canto en un coro, estudio solfeo y todas esas cosas renacentistas que a los padres les encanta que hagan sus hijos. Hace ya años que no doy clase de nada de esto porque yo en cuanto algo deja de divertirme lo aparco sin contemplaciones. Lo que no quiere decir que deje de hacerlo, simplemente dejo de insistir en mejorar para poder dar cabida en mi cerebro a otras cosas nuevas. Lo cierto es que, a base de ser un culo de mal asiento, he conseguido picotear de aquí y allá hasta convertirme en un estrafalario cóctel de aficiones entre cursis y jactanciosas de las que me gusta hacer gala de vez en cuando. Por ejemplo en este post.

La música es una de esas aficiones. Paradójicamente nunca he tenido la curiosidad suficiente como para ponerme en serio y descubrirla. A ver si nos entendemos, para mí la música ha sido una constante en la vida desde muy pequeña. Me ha gustado siempre, la he estudiado y he vivido rodeada de música, pero no ha sido hasta muy mayor que me he dado cuenta de que en realidad la música es algo excepcional. Algo realmente mágico, con un gran poder, y difícil de hacer bien. Y es entonces cuando he empezado a disfrutarla de verdad, intentando mejorar mis limitadas dotes al piano, buscando grupos y autores nuevos para escuchar (alabado sea Spotify), procurando entender la lógica detrás de cada pieza (¿es mayor? ¿Es menor? ¿Bebe del blues o del folk? ¿De qué década es? Y tal y cual).

Todo esto nos lleva a mi pasión por el canto y al último proyecto absurdo al que me he sumado sin dudar. La cosa es que hacía ya tiempo que estaba un poco picadilla con eso de echar de menos el coro. Lo dejé por agotamiento, pero nunca he dejado de cantar, aunque sea en la ducha. Y en una de estas, una gran amiga mía que se dejó el coro casi a la vez que yo y que ahora ha vuelto por estar también picadilla, supongo, me llamó y me ofreció cantar en una boda por un sueldecillo risible. Ella, otra amiga y yo. Soprano1, soprano 2 y contralto. Así de risas. Y sin pensármelo mucho dije que sí. A ver, es una gran responsabilidad, y siendo solo tres no vale eso de “ya afinará el de al lado las partes chungas”. Pero coño, es que suena tan DIBERTIDO.

Bueno, de esto hace ya un mes. Hemos ensayado unas cuantas veces y la cosa va más o menos, aunque aún no nos sale todo bien. Pero como la boda es en octubre hay tiempo. Ah, y ayer dimos un recital en casa de la novia para que escucharan las canciones y tal y nos amaron. Aunque por supuesto, no tienen ni idea de música. Si la tuvieran nos habrían echado tomates al segundo de perderme en mi voz y no conseguir terminar la primera canción. En nuestra defensa diré que el Ave María de Schubert sale decente, que la solista lo peta y que la compi que hace de pianista lo toca de muerte.

Ah, y me tengo que aprender la marcha nupcial al piano para rockear the party después de eso de “podéis ir en paz”. Al igual me la grabo y hago playback, por si los sudores fríos. No puede una estropearle la marcha nupcial a nadie sin merecer pena de muerte lenta. Es mi modesta opinión.

P.D: como todo tiene un origen, he aquí el del título de mi post.

Semos eléctricos

Pues sí, lo semos. La vida moderna (¿moderna?) es tan tan tan eléctrica que el día que nos saltan los plomos no sabemos qué hacer con ella. Nos quedamos atontados cuales organismos procariotas flotando en la sopa primigenia, preguntándonos en qué momento todo salió mal, qué hicimos para merecernos esto. ¿Dónde se fue internet? (Intenneeeeee). ¿Dónde la tele? ¿Dónde mi querido microondas, mi amada Nespresso, mi fiel condensador de fluzo? Pues yo os lo diré: se fueron al limbo de la vida moderna (moderna, dice), ese vacío espeluznante en el que no funciona la electricidad.  Es que  como tengas una vitro en casa, por no poder no puedes ni cocinar. Vamos, que cuando se va la electricidad perdemos el rumbo del todo y nos entra la “paralís”, como decía una vieja conocida mía tiempo ha.

“Eso no es verdad -dirán algunos trollers con poca vida social-, yo si me quedo sin electricidad aún puedo hacer un montón de cosas. Me pongo a leer, a pintar, salgo por ahí…”

PUES NO, les contestaré yo con teatral vehemencia. No, porque eso está muy bien si se te va la luz a las doce del medio día y tienes plan, pero si te pasa como a mí la última vez (aún me entran escalofríos al recordarlo) y se te va la luz en invierno a las seis de la tarde un sábado en el que estás sola en casa, ya no hay libro que valga. Y sí, lo de las velitas es muy romántico y está estupendo para no irse de morros en medio de la ceguera provisional, pero hasta ahí.

Lo que vengo a decir es que estamos enchufados a tantas cosas que ya no sabemos ni cómo volver a desconectarnos del poderoso flujo de electrones que nos envuelve. Vas a la playa y estás mirando el WatsApp, vas al cine y estás pensando en el twit que escribirás la salir de la peli, vas a casa de tu amigo y lo primero que le preguntas es si te deja ver el YouTube un momentico, que quieres enseñarle una cosa que te partes. And so on.

Así que sí, semos eléctricos, y yo la que más. Por eso estoy aquí escribiendo la primera entrada de este mi ¿cuarto? blog y que, merced a la experiencia, espero sea un poquito más longevo que los anteriores. Por favol señor, dame constansia.

Sin más, me voy a pasear a mi perro, que es una de las pocas cosas sin enchufe que hay en mi casa y es un delicadico, todo hay que decirlo. Qué pereza, ¿cuándo inventarán un perro automático para que se pasee solo?